SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18
“Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por Él”

Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.
Es una gran alegría para mí encontrarme en medio de vosotros y celebrar para vosotros la Eucaristía, en la fiesta solemne de la Santísima Trinidad… En esta solemnidad, la liturgia nos invita a alabar a Dios no solo por una maravilla realizada por Él, sino sobre todo por cómo es Él; por la belleza y la bondad de su ser, del que deriva su obrar. Se nos invita a contemplar, por decirlo así, el Corazón de Dios, su realidad más profunda, que es la de ser Unidad en la Trinidad, suma y profunda comunión de amor y de vida.
Toda la sagrada Escritura nos habla de Él. Más aún, es Él mismo quien nos habla de sí en las Escrituras y se revela como Creador del universo y Señor de la historia. Hoy hemos escuchado un pasaje del libro del Éxodo en el que —algo del todo excepcional— Dios proclama incluso su propio nombre. Lo hace en presencia de Moisés, con el que hablaba cara a cara, como con un amigo. ¿Y cuál es este nombre de Dios? Es siempre conmovedor escucharlo: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad” (Ex 34, 6). Son palabras humanas, pero sugeridas y casi pronunciadas por el Espíritu Santo. Nos dicen la verdad sobre Dios: eran verdaderas ayer, son verdaderas hoy y serán verdaderas siempre; nos permiten ver con los ojos de la mente el rostro de lo Invisible, nos dicen el nombre de lo Inefable. Este nombre es Misericordia, Gracia, Fidelidad…
Aquí radica toda la esencia del cristianismo, porque es la esencia de Dios mismo. Dios es Uno en cuanto que es todo y solo Amor, pero, precisamente por ser Amor es apertura, acogida, diálogo; y en su relación con nosotros, hombres pecadores, es misericordia, compasión, gracia, perdón. Dios ha creado todo para la existencia, y su voluntad es siempre y solamente vida.
Para quien se encuentra en peligro, es salvación. Acabamos de escucharlo en el Evangelio de san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16). En este entregarse de Dios en la persona del Hijo actúa toda la Trinidad: el Padre, que pone a nuestra disposición lo que más ama; el Hijo que, de acuerdo con el Padre, se despoja de su gloria para entregarse a nosotros; y el Espíritu, que sale del sereno abrazo divino para inundar los desiertos de la humanidad.
Para esta obra de su misericordia, Dios, disponiéndose a tomar nuestra carne, quiso necesitar un “sí” humano, el “sí” de una mujer que se convirtiera en la Madre de su Verbo encarnado, Jesús, el Rostro humano de la Misericordia divina. Así, María llegó a ser, y es para siempre, la “Madre de la Misericordia”.
(Benedicto XVI, Homilía, 17 de mayo de 2008)