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Una oportunidad para crecer en la fe y en la razón, en la experiencia de los fieles de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí

 

Una homilía que explicaba la diferencia entre fe y fideísmo, racionalidad y racionalismo ha tenido numerosos comentarios positivos, como también otra que invitaba a considerar a Dios no como un tapagujeros, sino como centro de nuestra vida que guía a cada uno de nosotros a asumir la propia responsabilidad.

Ha escrito Eduvigis: “Pensar que Dios se hace cargo de todo y que el hombre es solo un sujeto pasivo en los acontecimientos cotidianos, así como excluir a Dios de la vida del hombre, es totalmente erróneo. No tenemos que limitarnos a la oración o a las prácticas de devoción, dejando de lado nuestras responsabilidades humanas frente a la situación de la pandemia. El Dios de la responsabilidad que, como dice Emilio, ha salido al descubierto, llama a cada uno a hacer un análisis de cómo estamos asumiendo las responsabilidades hacia nosotros mismos, nuestra familia, la comunidad y el país. ¿Qué estoy haciendo para cambiar? ¿Cómo lo estoy haciendo?”.

Marta, empleada, añade: “Nosotros los paraguayos estamos llenos de superstición, creemos en la brujería y hay ‘carismáticos’ que piensan revelar más de lo que está en la Biblia… Pedimos el milagro, rezamos, pero luego no respetamos las reglas, no usamos la memoria, la inteligencia, la voluntad que Dios nos ha dado, porque tanto… Dios nos salva”.

Gloria afirma que “muchos son los ‘católicos’ que buscan el milagro sin esfuerzo, poniendo a Dios no como el centro de la vida, sino usándolo cuando sea necesario”.

Sobre este punto, Antonia, notaria en Ypacaraí, especifica: “Este es un discurso sobre el cual se debería hacer una catequesis profundizada. Nosotros los paraguayos hemos permanecido con una fe infantil, del tiempo de la Conquista, no la hemos hecho madurar, no la hemos hecho crecer”.

Hay quien reconoce que la justa actitud del verdadero cristiano ciertamente no es la de atribuir a Dios la responsabilidad de cada mal (por ejemplo, de esta pandemia) y esperar, por eso, que Dios mismo resuelva todos los problemas.

Escriben Jesús y Rilcy que “Dios nos creó libres y seguimos viviendo libres, y con esta libertad hacemos el bien y el mal. Ahora, con toda nuestra libertad, debemos hablar, gritar, explicar que se tiene que quedar en casa, respetando todos los protocolos de seguridad que, poco a poco, el Ministerio de Salud nos indica”.

La cuarentena ha empeorado las condiciones económicas del país, sobre todo, las de muchas familias ya en estrecheces económicas, como dice Daihana: “La falta de trabajo nos está golpeando, instando a reacciones hostiles, por el nerviosismo que ocasiona. Pero no debemos desalentarnos. Estamos llevando la fidelidad en el corazón, pero estamos ‘en guerra’ y debemos tomar las medidas necesarias”.

El Gobierno ha intervenido con la distribución de paquetes alimenticios y subsidios, mientras que, a nivel popular, han sido organizadas las así llamadas “ollas populares”; a menudo, sin embargo, ha faltado el respeto de las normas higiénicas, con el riesgo de transformar las ollas en un instrumento de dependencia, parasitismo y muerte.

Por eso, Eduvigis nos ha escrito que “proliferan las ollas populares, pero no vemos, en los grupos de ayuda, el esfuerzo de recuperar también la dignidad y de realizar un verdadero cambio. El Coronavirus requiere muchos cambios también a nivel de nuestras costumbres”.

“Lo que veo –añade Francisco– es que no queremos aceptar la realidad de esta situación, ¡hasta la negamos! Por eso, se continúa, por ejemplo, con la práctica de la ronda del tereré”.

También Marta comenta que “es muy difícil cambiar ciertas costumbres, como la de beber el tereré en círculo pasándose la misma bombilla. No es imposible, pero difícil, porque somos dependientes psicológicamente de lo que puede pensar Fulano o Mengano. Nuestros padres nos han enseñado que la cosa más importante es lo que los demás piensan de nosotros, a prescindir de si es correcto o no. Y, respecto a la olla popular, ocurre que se transforman en una propaganda política de parte de quien ha regalado los alimentos (a lo mejor, adonde ir para sacarse una foto), mientras que, para la gente, se vuelve un momento para salir y evadirse de la cuarentena en forma legal y socialmente permitida”.

Sobre este tema, Lidia añade que no está en contra de la olla popular o de las personas que la ofrecen, “pero se debe tener cuidado, porque siempre hay quien se aprovecha de esto, y así van a servirse los que no lo necesitan. El ser humano piensa, ante todo, llenarse el estómago y descuida el aspecto espiritual”.

Esta pandemia hace reflexionar a las personas sobre el hecho de que somos seres limitados, mortales, y que de un momento a otro todo puede terminar, como recuerda Enrique: “La vida no está hecha solo para llenarla de actividades. Todo es pasajero y nadie se lleva sus cosas a la tumba, por eso, no debemos apegarnos a las cosas materiales, y este tiempo nos lo recuerda más aún”.

Y Verónica añade que “ha sido suficiente un virus invisible para poner de rodillas al mundo”.

Tobías, un muchachito de 13 años, fiel monaguillo de la parroquia, escribe: “La fe católica es de los fuertes, no de los cobardes que tienen miedo. Estos no son católicos, son cualquier cosa, pero católicos no; nosotros los católicos elegimos la puerta estrecha que es la lucha, el dolor, la fatiga; esto es lo que Jesús nos quiere decir con su resurrección, que, ante esta pandemia, nos mantengamos firmes y fuertes hasta el final”.

Hay quien habla de la pesadez de la cuarentena, de cómo se aburre estando en casa y se queja porque faltan muchas cosas, hay también quien la define un castigo de Dios, una maldición. Gustavo y Carolina, padres de cuatro niños, aunque comprendan tantas difíciles situaciones, no comparten estos puntos de vista, porque “nos sentimos bendecidos, este aislamiento social nos ha servido para volver a encontrarnos con nosotros mismos a través de la oración, y también en el compartir en familia, aprovechando el tiempo para acompañar el crecimiento de nuestros hijos”.

También Ricardo ha expresado una mirada positiva y confiada y se interroga sobre un después del Coronavirus. “Pensar que el COVID-19 es un azote de Dios es pecado, significa poner en la cabeza del Señor un pensamiento que no tenemos el derecho de atribuirle. Se hace cada vez más imprescindible una nueva forma de vida, una nueva forma de ser celosos de la vida de nuestros seres queridos. Si antes el abrazo era una manera para demostrar nuestro afecto, ahora, mantener la distancia prudencial significa amar y respetar a tu prójimo. Significa respetar la vida de tu hermano, de tus hijos, de tu cónyuge y tu propia vida”.

Con la apertura de algunas actividades, ocurrida el 3 de mayo aquí en el Paraguay, se planteó también la solicitud, de parte de algunos grupos de personas, para abrir las iglesias, a pesar de que esto se había programado para la última fase. A tal propósito, nos ha escrito Myrian: “Hemos invitado tantas veces a las personas, también entre nuestros familiares, para que participaran en la Misa, se acercaran a Dios, pero siempre tenían una excusa: el trabajo, el deporte, los amigos, etc. Ahora que han perdido el trabajo, no pueden hacer deporte, no pueden salir, es ridículo que precisamente ellos se quejen de que no se celebra la Misa”.

Cerrar las iglesias y no celebrar la Eucaristía, en este momento significa evitar aglomeración de personas y salvaguardar la vida humana, como ha comentado Marcos, teniendo también en cuenta el riesgo de acostumbrarnos a la Misa virtual. “La iglesia ha sido cerrada no para alejar a las personas, sino para reducir el riesgo de contagiarnos con el virus recíprocamente, cuando nos juntamos. Ahora, a través de la Misa en televisión, podemos escuchar la palabra de Dios, podemos leerla, también conscientes de que la Misa virtual no es la Misa real, donde podemos recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo”.

Y Gissela ha escrito: “Son inconscientes las personas que se quejan porque no se celebra la Misa. No creo que no sepan qué es el COVID-19; la verdad es que no les importa. ¿Cómo no creer en la gravedad de la situación al ver a tanta gente, en muchos países, que sufren y piden ayuda, porque ya no saben dónde enterrar a sus muertos?”.

“Creo que esta situación nos interroga sobre nuestra vida –comenta Tomás–; ha tocado en profundidad nuestra existencia poniendo en tela de juicio las opciones fundamentales hechas anteriormente. Todo esto marcará definitivamente nuestras vidas. Es el momento de reflexionar y de preguntarnos a qué estamos verdaderamente llamados”.

“Este mundo ya es diferente, en ciertos aspectos, y lo será más aún después del Coronavirus, concluye Cynthia. Entramos en una época de grandes cambios y se nos pide, desde ahora, vivir inteligentemente, con una fe cada vez más firme en Jesucristo”.

(A cargo de Emanuela Furlanetto)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

06/08/2020

 

Categoría: Vida de la parroquia de Ypacaraí (Paraguay)