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En nuestro trabajo con el grupo Cáritas de la parroquia, entramos en contacto con tantos problemas, tantas personas y tantas historias, algunas de las cuales nos han impresionado de manera particular.

Son ejemplos de vida atormentada, de generosidad, de amor, de solidaridad y de amistad auténticos de quien, de un día al otro, encuentra un drama en casa, pero lo enfrenta con coraje, con gran entrega y también con la ayuda de los demás y de la propia fe en Dios.

Queremos contarles dos historias: la de Yoana Raquel y de su mamá Guillermina y la de Lucas y de su amigo Cristín.

 

 

Guillermina y su hija Yoana Raquel

 

Raquel tenía 30 años. Hija única de Guillermina y Ramón, de humildes condiciones económicas, era casada desde hace dos años y todavía sin hijos. La apasionaba mucho su trabajo de bióloga en un laboratorio farmacéutico; se comprometía para la defensa del ambiente y era también bombera voluntaria.

Hace cuatro años, de repente, tuvo la ruptura de un aneurisma cerebral y permaneció en estado de inconsciencia. Después de los tratamientos en el hospital, sin nada más que hacer que cuidarla día a día, los padres la llevaron a casa. El marido tenía que seguir trabajando para ayudar económicamente, por eso, fueron sus padres quienes se hicieron cargo de ella con gran amor y entrega. Necesitaban ayuda y vinieron a nuestra Cáritas parroquial que, después de conocer el caso, decidió ayudarlos regularmente, sobre todo con los productos higiénicos que necesitaban cotidianamente.

Es Guillermina, en particular, quien sigue a Raquel con gran atención, ayudada siempre por Ramón. En este tiempo de pandemia, a menudo, Guillermina envía mensajes y cuenta cómo su hija ha pasado la noche, y da algunas noticias de persona enfermas, para solicitar una visita o una llamada telefónica nuestra. Es una mujer muy generosa que, además de tener a una hija en estas condiciones, encuentra la manera de ser solidaria con los demás.

Así avisa a la parroquia cuando un vecino está enfermo, reza por los amigos o sus familiares difuntos, comparte sus preocupaciones por los demás con la intención de ayudar. También por eso, el Jueves Santo del año pasado fue elegida como una de los doce a quienes el P. Michele lavó los pies.

“No puedo desanimarme –cuenta– porque Raquel tiene necesitad de mí. Tengo que estar bien de salud para poder estar a su lado y luchar junto con ella. Le hablo como si ella me escuchara y tengo la sensación de que siente mi presencia, mi compañía y mi afecto; su rostro y su mirada me hablan y me comunican cuando algo anda mal”.

Guillermina recuerda que, cuando Raquel estaba en el hospital, los médicos no le habían dado ninguna esperanza de vida.

No se sentía preparada a aceptar que su hija se fuera definitivamente; le pidió ayuda a Dios para llevarla a casa viva, prometiendo al Señor que la cuidaría bien hasta el final, con todo su amor y su fuerza. Nos confía: “No pierdo la fe ni la esperanza de que algún día la ciencia me permita hablar con mi hija”.

Cuenta que Raquel era exigente consigo misma y con los demás. No amaba la hipocresía, reaccionaba y enfrentaba cualquier situación con convicción y firmeza. Esta actitud suya la había llevado a comprometerse como bombera voluntaria de Ypacaraí. Sus compañeros bomberos no se han quedado indiferentes a su actual situación y siguen visitándola.

No faltan las preguntas que Guillermina se hace en su corazón:

“Acepto la fragilidad y la corruptibilidad del cuerpo –dice–, sin embargo, a pesar de todo, a veces me pregunto por qué a Raquel le ha sucedido esto, cuando era tan joven todavía. En el momento en que hacía tantos proyectos, esta enfermedad le ha destrozado la vida, pero la ha destrozado también a mí y a su padre”.

Este drama ha llevado a Guillermina a enfrentar con una actitud diferente las dificultades que se encuentran en la vida. Por eso, dice que le duele mucho ver a personas, especialmente jóvenes, que se sienten insatisfechas con lo que tienen y con la vida misma.

“Querría que vieran cómo está mi hija –nos dice– para darse cuenta de qué significa gozar de buena salud. La vida es una riqueza y, muchas veces, nuestros pequeños problemas no tienen la gravedad que les atribuimos, porque hay otros más graves. Rezo para que nadie desperdicie la propia vida y no se desanime por las dificultades, a veces muy duras, que, como seres humanos, tenemos todos, sino que sepan enfrentarlas con coraje, responsabilidad y fidelidad.

 


Lucas y Cristín

 

Entre las personas a las que la Cáritas parroquial ayuda está Lucas. Él tenía 15 años cuando, mientras que estaba parado con su motocicleta al borde de un camino que debía cruzar, llegó improvisamente un colectivo, completamente fuera de control y a toda velocidad, que lo golpeó y lo arrastró por un largo tramo de camino. El conductor se había quedado dormido al volante. Lucas no falleció, sin embargo, desde hace cuatro años, vive en una cama en su pobre casa en estado vegetativo. Su familia es indigente: el papá falleció cuando Lucas tenía un año, la mamá vende dulces y hamburguesas, los hermanos también se esfuerzan por pagar los tratamientos médicos y por el sustentamiento de la familia. Hacen todo lo que pueden, y también por eso el caso de Lucas ha sido aceptado por nuestra Cáritas.

Ya antes de que ocurriera este accidente, Lucas tenía a un amigo, Cristín. Los dos, desde pequeños, habían crecido juntos como vecinos de casa y se había creado una gran amistad entre ellos. Cristín tenía muchas dificultades en familia a causa de la crisis en la relación de sus padres, buscaba un trabajo y fue Lucas quien lo encontró, en la misma estancia donde él trabajaba después de la escuela, pudiendo ayudar así la economía familiar.

El día del accidente tenían que encontrarse para ir al trabajo juntos. Pero Lucas antes tenía que ir a cargar gasolina para su motocicleta. A Cristín, que habría deseado ir con él, le dijo que podía esperarlo en su casa donde luego iría a buscarlo. Cristín esperó en vano a su amigo: Lucas ese día no llegó.

Más allá de la amistad que ya existía entre ellos, Cristín hoy dice que siempre tendrá una deuda con Lucas y que no lo abandonará nunca, no solo porque lo ayudó en un momento difícil encontrándole un trabajo junto a él, sino porque también le salvó la vida. Lucas ciertamente no podía saber qué le iba a pasar, sin embargo, aquel día no quiso que Cristín fuera con él a cargar gasolina.

Después del accidente y durante todos estos años, Cristín no ha abandonado al amigo; al contrario, la desgracia, el físico destrozado de Lucas, han hecho todavía más fuerte ese lazo de amistad que ni el sufrimiento y el dolor han logrado romper, y que, poco a poco, se ha ido fortaleciendo precisamente porque ha pasado y pasa cada día por la cruz, por la vida destrozada de Lucas y por la ayuda y la proximidad que Cristín le ofrece.

Es él, en efecto, quien ahora ayuda a su amigo, lo acompaña a los controles médicos programados y también a los de urgencia, junto con la madre de Lucas. Cuando Lucas necesita ser hospitalizado, además de su madre Petrona, está Cristín que lo ayuda.

Cristín ahora tiene 18 años, un año menos que Lucas. La amistad de este joven trabajador se transforma en generosidad, amor y dolor por su “amigo de la infancia”, como él mismo lo define para indicar la larga duración de este cariño.

Cristín viene periódicamente a la parroquia, porque es él quien se encarga de recoger los productos que la Cáritas ofrece para Lucas; toma el colectivo, paga el pasaje de su bolsillo y no falta nunca a la cita cuando es su turno, no importa si hay un calor sofocante a 45° o si llueve: “No puedo decepcionar a Lucas –dice–, él me ha salvado la vida”.

Hoy, la de estos dos muchachos no es una amistad hecha de muchas palabras: Cristín ya no puede dialogar más con su amigo. Lucas, quién sabe, tal vez algo perciba. ¿Qué más podrá darle Lucas? Pero Cristín no puede decepcionar a su amigo. Después de todo, Cristín es joven, podría conseguir a muchos otros amigos, podría gastar diferentemente su tiempo, en vez de estar con Lucas. Pero la suya es una verdadera amistad, no de las que existen solo cuando las cosas van bien, cuando todo está lindo y bonito.

Cristín, tal vez sin darse cuenta, muestra con su ejemplo que la amistad, como la fe, si está construida sobre una base sólida, si está alimentada de la verdad, si pasa por la cruz y el sufrimiento, no cede. Incluso si la condición física del amigo cambia, la verdadera amistad no defrauda y nos da la fuerza para no rendirnos.

(A cargo de Mary Beatriz Portillo)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

 

24/11/2020

 

Categoría: Vida de la parroquia de Ypacaraí (Paraguay)