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La iniciativa de Fiorella y de la “Promoción 79” para la Cáritas de Ypacaraí

 

Desde hace algunos años, en la parroquia de Ypacaraí se ha conseguido, por parte de muchos fieles, la costumbre de no olvidar a los más necesitados, de pensar en los más pobres, en ocasiones importantes de la propia vida: las fiestas de aniversario o de cumpleaños, el cierre de un ciclo de estudios o de la catequesis, el recuerdo de los propios difuntos.

Esta sensibilidad se manifiesta, concretamente, en llevar a la iglesia y ofrecer, durante la Misa, canastas de alimentos deCondividere concretamente 1 larga duración para entregarlas al grupo Cáritas, a fin de que sean distribuidas a quien las necesite.

La donación puede ser ocasional, como la de Aracely, una muchacha que, desde niña, ha frecuentado la parroquia comprometiéndose también con el grupo de las niñas liturgistas y luego como catequista, y que hoy, una vez acabado, con mención de honor, su ciclo de estudios secundarios, ha decidido estudiar Medicina. Sin embargo, por ser bastante modestas las posibilidades económicas de su familia, Aracely ha participado en el examen por medio de una beca y ha resultado entre las mejores. En su gran felicidad de poder frecuentar la Universidad, no se ha olvidado de la ayuda que la parroquia le había dado, en algunos momentos económicamente difíciles de su familia, y, como agradecimiento por todo esto, ha venido a la parroquia, muy feliz, junto con su madre, y ha entregado una canasta de alimentos para los más pobres.

Hay otras historias semejantes: la de Guillermina, por ejemplo. Contamos su historia en un artículo anterior publicado en este sitio web. Guillermina recibe constantemente ayuda de la Cáritas parroquial para la asistencia a la hija Yoana Raquel, que se encuentra en estado vegetativo, desde hace cuatro años. Sin embargo, ella, sabiendo que hay también otros que están necesitados, cada vez que tiene la posibilidad, viene a la parroquia con una linda canasta de alimentos que entrega a la Cáritas, para que pueda ser de ayuda a otra familia indigente.

Con el pasar del tiempo, a través de la predicación y del ejemplo de tantas personas buenas, la que era una donación ocasional para sostener el amor de la parroquia hacia los más pobres, para algunos se ha vuelto una preocupación propia y un compromiso constante, para buscar iniciativas que tengan esta finalidad.

Entre estas iniciativas, queremos contar, en particular, dos: la de Fiorella y la del grupo “Promoción 79”.

La alcancía de Fiorella

Fiorella es una muchachita de diez años, primogénita de su hermosa familia formada por el papá Gustavo y la mamá Carolina, la hermana Alma y los dos últimos llegados, Lía y José, que son gemelos. Le pedimos a Fiorella que nos contara algo de su iniciativa a favor de los pobres y nos dijo lo siguiente

En familia, he aprendido a ver también las necesidades de los demás y, junto con mis padres, siempre he frecuentado la parroquia: antes de la pandemia, siempre íbamos el sábado para la Misa vespertina. Luego, cuando crecí y tenía 8 años, comencé a participar en el grupo de las niñas liturgistas donde escuché muchas veces hablar de los más pobres, de cómo tenemos que pensar también en ellos y ayudarlos como podamos.

Así, dos años atrás, cuando me regalaron una alcancía, empecé a poner en ella los ahorros que ganaba con mi ayuda en las tareas de la casa. Si cada día cumplía bien los trabajos que se me encomendaban, el papá, al final de la semana, me daba una pequeña paga. Pero, si me comportaba mal un solo día, no recibía nada para toda la semana. Esto me ha ayudado a cumplir bien las tareas, de lo contrario, no habría recibido nada y no habría podido aumentar mis ahorros.

Al final del año, cuando llegó el momento de abrir la alcancía, en vez de romperla, decidí llevarla a la parroquia, así como estaba, con todos mis ahorros, para que lo que estaba dentro pudiera servir al grupo Cáritas. Me pregunté: “¿Cómo habría podido comprarme un juguete más, cuando había tantas personas, tantos niños sin comida, sin techo, sin las cosas más necesarias, mientras que yo lo tenía todo?”. Además, frecuento también una escuela de danza y me gusta mucho. No deseo otro y no necesito otras cosas, porque pienso también que, mientras que yo puedo bailar, hay niños que, por motivos de salud, no pueden ni siquiera caminar.

Conozco a las personas que trabajan en la parroquia, sé que piensan en los demás, en los más pobres. Mis ahorros podían servir mejor a ellas, y estaba muy contenta de que pudieran ayudar a algunas personas que los necesitaban más que yo. Son ya dos años que hago así, he empezado también este año y espero hacer mejor. Por eso, querría decir a otros niños como yo: “Si ya tenemos lo necesario, detengámonos a pensar un momento en los demás, en tantos niños pobres, y empecemos a renunciar a comprarnos tantas cosas que no son necesarias, para ofrecer nuestros ahorros que, aunque sean mínimos, pueden ser útiles y, si son fruto de un pequeño sacrificio, tienen más valor y pueden ayudar a los demás”.

Las canastas de la “Promoción 79”

Gloria es una madre de familia. Durante muchos años, fue maestra de niños discapacitados, vivió y superó tantos momentos difíciles, en su vida. Desde hace algunos años, está jubilada y nos ha contado la iniciativa y el ejemplo de la “Promoción 79”.

Hace cuarenta y un años, éramos un grupo de treinta y tres jóvenes soñadores, y recibíamos la certificación del Bachillerato en Ciencias y Humanidades por el “Colegio Delfín Chamorro” de Ypacaraí, en el año 1979; por eso, el grupo se llama “Promoción 79”.

Después de graduarnos, siempre mantuvimos los contactos entre nosotros y tratamos de reunirnos todos los años el 8 de diciembre, día de nuestra fiesta de promoción. Una de nuestras compañeras, Dora, hizo posible nuestro encuentro anual, porque era ella quien se encargaba de convocarnos.

Pasaron muchos años. En cierto momento, me aislé un poco del grupo porque, dieciocho años atrás, me convertí en mamá de una niña con el síndrome de Down. Fue un momento un poco difícil, para mí, pero pronto lo superé.

Luego, llegó el tiempo de la jubilación del trabajo: mi hija ya era mayor, y así tuve la oportunidad de acercarme nuevamente a mis compañeros de promoción. Estando en contacto entre nosotros, ejercitábamos una forma de solidaridad cerrada en nuestro círculo, ayudando a quien entre nosotros estaba necesitado.

Después de mi jubilación, un día fui a la Misa en la parroquia, invitada por mi prima Cristina. Me llamó mucho la atención el hecho de que, durante la Misa, frecuentemente se llevaban al altar canastas de alimentos de primera necesidad. Miraba y me preguntaba: “¿Quién sabe dónde van a acabar esos alimentos y para qué sirven?”.

Hasta que, un día encontré en mi camino una situación bastante dramática. Una vecina mía tuvo un accidente y perdió una pierna. Era una señora buena, viuda, que se había quedado sola y, por el accidente, ahora ni siquiera podía seguir trabajando. Cristina, que sabía cómo funcionaba la parroquia, preguntó si era posible que la Cáritas ayudara a esta persona. Fue entonces cuando empecé a preguntar, a informarme sobre la función de la Cáritas. Así me di cuenta de que las canastas que las personas llevaban a la iglesia las entregaban a los más pobres de la parroquia. Me interesó y me gustó mucho cómo trabajaban el grupo Cáritas y la Comunidad Redemptor hominis, que ha traído a nuestra parroquia un cambio decisivo y admirable, desde que está presente aquí.

El año pasado, cuando llegó el momento de organizar la Misa de agradecimiento, con ocasión del 40 aniversario de la “Promoción 79”, propuse celebrarla aquí en nuestra iglesia, tanto más que, cuando nos graduamos, nuestra Misa fue celebrada en esta iglesia, y era lindo volver a hacerlo después de cuarenta años. A todos los compañeros les gustó la idea y así se hizo. Luego, cuando nos encontramos en la casa de una de nuestras compañeras y hablamos entre nosotros, lancé la propuesta de ayudar a nuestra parroquia con el sistema de las canastas de alimentos. Todos aceptaron con entusiasmo. Hemos empezado a llevar cada mes dos o tres canastas de víveres recogidos entre nosotros. Hasta ahora, ya es casi un año, hemos mantenido nuestro compromiso de ayudar a la Cáritas.

A mí y al resto de mis compañeros nos gusta mucho cómo la Caritas cumple este servicio de amor por los más pobres: con seriedad, cuidado, atención y transparencia.

Esta realidad hay que hacerla conocer a todas las personas, para que otros también puedan ayudar y, puesto que aquí en Ypacaraí es una tradición reunirse con los compañeros de su año de graduación, otras “promociones”, como la nuestra, podrían hacer lo mismo, a favor de nuestros conciudadanos y hermanos necesitados.

(A cargo de Emanuela Furlanetto y Mary Beatriz Portillo)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

24/02/2021

 

Categoría: Vida de la parroquia de Ypacaraí (Paraguay)