Imprimir

 

Entrevista a Tito Chamorro

 

 

Guionista y dramaturgo, premiado muchas veces como director, el ypacaraiense Tito Chamorro escribió obras teatrales y trabajó en varias películas, entre las cuales "7 Cajas" que dio visibilidad al cine paraguayo al ganar muchos premios internacionales. Le pedimos que nos hablara, desde su punto de vista, de la cultura en la que estamos sumergidos en el Paraguay.

 

Ante todo, señalaría que vivimos un tiempo muy crítico. El Paraguay, históricamente, tiene su rasgo cultural más identificativo en el bilingüismo: lo que lo distingue de sus grandes vecinos es la raíz guaraní. El guaraní y el español son lenguas oficiales, pero sobre todo debe ser destacada la importancia de la primera, transformada en jopara ('mezcla', en guaraní), símbolo del sincretismo producido por el encuentro de dos culturas.

Hoy, sin embargo, estamos sumergidos en otro tipo de mezcla cultural, la del fenómeno de la homologación. La llegada del Internet y de la globalización ha creado una revolución, o más bien, en mi opinión, una involución, en la que se está produciendo una masificación de las culturas, impulsada también por agencias multinacionales, con influjos poco edificantes que conducen a una crisis cultural. Esto ocurre, en el Paraguay, sobre todo a través del celular, una herramienta al alcance de todos: todo pasa por él y entra directamente en nuestras casas, de manera acelerada, comprimida, sintetizada. Se da poco espacio a la reflexión, todo debe ser dicho por eslóganes, con frases cortas, por títulos. En la cinematografía, por ejemplo, se están produciendo muchos cortometrajes; últimamente me pidieron que realizara uno en el que contara una historia en un minuto, para jóvenes que la habrían difundido en Internet. Todo esto ha cambiado las costumbres, la idiosincrasia del mundo, imponiendo una cultura global, en detrimento de la local, una cultura de mercado. Incluso la música, que todavía caracteriza el Paraguay en el mundo, ya se está mezclando con música tropical que no tiene nada que ver con la cultura paraguaya.

En el ámbito de las producciones audiovisuales, decimos que existe una ley por la cual el país que no emerge en las redes sociales está destinado a desaparecer. Lo mismo vale para las religiones. Los protestantes, por ejemplo, están aprovechando esto como estrategia de penetración. Los predicadores son, más que políticos, showmen, gritan milagros, buscan el efectismo.

Un aspecto que no se debe olvidar se refiere a la familia, que hoy sufre enormemente. Los padres tienen la cabeza y el corazón en otras cosas y no en la educación de los hijos. Y aquí tocamos el nudo del problema: hay que admitir que para la gran mayoría de las personas el sentido de la vida reside en el dinero, el materialismo, el hedonismo, los falsos valores, la frivolidad; podríamos llamarlo "el oscurantismo de nuestra época".

El Paraguay es un país en el que la religiosidad popular está profundamente arraigada: no hay barrio en el que no haya una imagen de santa Rosa, san Miguel..., o en el que no se celebre la fiesta de un santo con un almuerzo popular, la banda musical, los fuegos artificiales. Hay la devoción a santos para los cuales es difícil encontrar un fundamento histórico, y, además, a creaciones sincréticas como San La Muerte. Se exaltan sus milagros, se confía en santos de las causas imposibles... Podemos hablar de una desviación religiosa, pero forma parte de nuestra cultura actual. La misma festividad de la Virgen de Caacupé, la más grande del Paraguay, durante la cual centenares de miles de personas se ponen en camino para llegar al Santuario nacional, es mucho más que querer "pagar una promesa", como se suele decir; se trata de una fiesta popular, e incluso de una manifestación política, con homilías que apuntan a arremeter contra las autoridades de turno y que no tienen mucho que ver con la fe. Incluso la Iglesia se deja influenciar por este clima, cuando, en cambio, debería hablar con más trascendencia, porque el populismo cae bien, pero no cambia nada.

En mi opinión, dentro de cincuenta años, la Iglesia Católica en el Paraguay podría volver a ser como la Iglesia primitiva, una minoría, aunque en muchos no haya esta conciencia. Los cimientos están minados y es muy ambiguo hablar de una sociedad cristiana en el Paraguay. La imagen más apropiada es la de una Iglesia en la tormenta, náufraga como san Pablo a su llegada a Italia.

Parto de mi experiencia: crecí en una parroquia donde la formación para los jóvenes se centraba en la palabra de Dios, aplicada a la vida concreta, pero también en otros componentes humanos: el deporte considerado no exclusivamente como una competición, sino como una escuela de vida donde comprendías que la derrota de hoy forjaba el espíritu para la victoria de mañana, como en la vida; y la visión de obras cinematográficas de autores como Pasolini, Bergman... explicadas en debates de los cuales comprendí que una película no es solo una diversión, sino que contiene una lección de vida. Todo esto cambió mi estructura mental. Fue también en esta parroquia donde nació la clase revolucionaria que se rebeló contra la dictadura. Además, en el liceo venían a dar clases sacerdotes que eran profesores de Filosofía o de Ciencias Humanas en la Universidad. Por eso, afirmo que la educación que pueden dar algunos buenos sacerdotes bien formados no puede ser impartida por otras personas. Actualmente, la educación en el Paraguay tiene un nivel ínfimo; incluso en las escuelas católicas, los jóvenes no saben interpretar un texto, ni escribir bien, ni siquiera hablar bien. También en el ámbito artístico, el teatro y la danza se pierden en la elección del peinado y del vestuario y se convierten en frivolidad. Para mí, el arte es, ante todo, leer a los clásicos, aprender a interpretarlos, extraer de ellos orientaciones para toda la vida. Lo mismo vale para la música: viví los años sesenta y setenta, el flower power (cultura hippy, también conocida por la expresión “hijos de las flores”), pero vi detrás de él una revolución cultural con reivindicaciones sociales, mientras que hoy, detrás de cierta música, solo hay un gran vacío cultural y de sentido. La Iglesia puede ayudar mucho acercándose a estos mundos culturales.

Dondequiera que actúe, la Iglesia está llamada a dar las razones de su fe, más allá de la emotividad y de una religiosidad que es solo tradición. Repito la palabra frivolidad: muchos se contentan con la fiesta patronal, con lo superficial, solo una minoría va más allá. Hoy nos enfrentamos a un nuevo paganismo, a los pobres de espíritu, a los cuales debemos hacerles percibir, además de nuestra cercanía, que hay mucho más en la vida.

Ypacaraí fue y es una ciudad rebelde, de histórica resistencia a un régimen totalitario, y este espíritu se percibe todavía. Es fuerte el recuerdo de cuando la dictadura prohibió el Festival del Lago de Ypacaraí –que este año ha llegado a su edición 50 y ha convertido Ypacaraí en la capital folclórica del Paraguay– y se realizó, desafiando al régimen, en el recinto de la parroquia rodeado de los militares.

Hay la conciencia de tener una historia y un presente de cultura, pero faltan los verdaderos maestros.

Estoy dirigiendo un taller con jóvenes que producen música, audiovisuales, cortometrajes. Forman parte de ese sector que no se pierde en el hedonismo vacío, sino que está buscando oportunidades para formarse seriamente.

Soy optimista, a pesar de todo, y me gusta pensar en la Iglesia como animadora, formadora, entre la gente, en la radio, en el Internet. Recibí todas las homilías del padre Emilio durante la pandemia y quiero acceder a otros de sus escritos.

En Ypacaraí existe también un mundo subterráneo, grupos en contacto con la magia negra, el satanismo. Está aumentando el consumo de la droga, los chicos se desgastan el cerebro con el crack, la plaza ciudadana por la noche es toda de ellos y los padres son los últimos en enterarse de esto, porque incluso la paternidad se vive como una mise en scène.

Contra el vacío y la vida sin sentido, es necesario despertar ciertos temas fundamentales entre los jóvenes, ponerlos en crisis preguntándoles cuál es el sentido de la propia existencia: "¿Para qué estás en el mundo?, ¿por qué vives?, ¿qué quieres dejar de ti a las próximas generaciones?".

Son preguntas válidas para cualquier edad: yo mismo sigo escribiendo, hablando, trabajando en el cine, para que mi vida tenga sentido. Y en mis obras hablo de antihéroes que transforman sus vidas, y uso mucho los monólogos para que, como en un espejo, hable la voz de la conciencia, la profundidad del ser humano.

(A cargo de Mariangela Mammi)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

25/02/2023

 

Categoría: Entrevistas