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Para una relectura de la misión desde África y desde América Latina con ocasión del V centenario

 

El 2 de octubre de 2020, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, envió una carta al Santo Padre Papa Francisco sobre la oportunidad de que la Iglesia Católica, la Monarquía española y el Estado mexicano pidan perdón a los pueblos originarios de esa tierra, que sufrieron las más terribles atrocidades desde la conquista de 1521 hasta el pasado reciente.

Esta problemática, sobre la que tanto se ha discutido, nos ha llevado a proponer una carta que Emilio Grasso escribió a un amigo, presente en ese tiempo en Camerún, en 1992, con ocasión del V centenario de la evangelización del continente americano.

Si bien es un texto que presenta una bibliografía fechada, nos ha parecido oportuno presentarlo, precisamente por la actualidad del tema.

M.G.F.

 

Muy querido amigo:

Retomo el discurso que nos hemos hecho muchas veces de corazón a corazón, cada vez que hemos tenido el tiempo y la posibilidad de reflexionar sobre este pueblo africano, en medio del cual hoy nos volvemos a encontrar para nutrir la esperanza en la posibilidad de un mundo nuevo, donde la diferencia enriquece y funda la unidad y la unidad no destruye ni absorbe las diferencias; sino, al contrario, las lleva a su plenitud y les da el sentido profundo de una identidad personal única-original-irrepetible-indestructible.

Aquí en África, y también en América Latina, en medio de estos pueblos tan diferentes de nosotros por raza, por historia, por cultura, por moral, por costumbres, por tradiciones, por categorías de pensamiento, por religión, por condiciones climáticas, económicas y sociales…; aquí, en medio de estos pueblos nosotros somos llamados a hacer creíble y visible, aunque “como en un espejo, en enigma” (1 Cor 13, 12), el resplandor de la revelación del misterio de la Trinidad, misterio al que nos acercamos solo si lo vivimos, misterio en el cual el máximo de la diferencia (irreductibilidad y no confusión ni absorción entre Padre e Hijo) se conjuga con el máximo de la unidad (el mismo Espíritu del Padre es Espíritu del Hijo... el Padre-el Espíritu-el Hijo son el mismo Dios).

Ser cristiano quiere decir volver siempre a la fuente de nuestra vida, quiere decir volver a los dos misterios centrales de nuestra existencia: el misterio Trinitario (unidad de las diferencias y diferencias en la unidad) y al misterio de la Encarnación (en la unidad del amor Trinitario el Hijo se hace hombre para que el hombre entre en el misterio del amor y del diálogo Trinitario).

Aquí está todo el núcleo de nuestra aventura cristiana.

Tú sabes bien, querido amigo, que, para Israel (y nosotros somos hijos de Israel), escuchar quiere decir oír para hacer, tan pronto como se haya oído. El pueblo, en efecto, dijo a Moisés: “Tú nos dirás lo que el Señor nuestro Dios te ha dicho; nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica” (Dt 5, 27).

El misterio Trinitario

El misterio Trinitario, pues, es un misterio que estamos llamados a poner en práctica.

Construir la unidad no quiere decir callar las diferencias, anular la historia, olvidar e ignorar la realidad de la que cada uno de nosotros es portador, celebrar una uniformidad de pensamiento y de formas, fingir una igualdad que, en la cotidianidad de la praxis, aplasta y mata a los más débiles y consagra el dominio de los poderosos.

Escribía con razón Jon Sobrino que

“simplemente desde un punto de vista histórico el ‘todos nacemos iguales, con los mismos derechos y la misma dignidad’ no es verdad, porque para gozar realmente de posibilidad de vida, de derechos y de dignidad es mucho más importante haber nacido en Berlín, Madrid o Roma que en Haití, en Biafra o en Paquistán”[1].

La misión es la más grande y la más alta verificación de nuestra fe. En efecto, “renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones”[2]. Porque la misión descubre las realidades más escondidas de nuestro corazón, de nuestras comunidades, de nuestras Iglesias.

Y hoy que la Iglesia se ha librado (y la mayor parte de las veces ha sido librada violentamente también contra la voluntad y con la resistencia de muchos de sus hijos) de las pesadas cadenas que la ataban al trono de los poderosos y de los señores del mundo; hoy que la Iglesia intenta librarse cada vez más de los intereses no ciertamente evangélicos que empujaron al descubrimiento de riquezas escondidas y al genocidio de pueblos enteros; hoy la Iglesia, gracias a Dios, no hará más bautismos de masas enteras contra la voluntad y la inteligencia de millones de hombres, sino que será llamada con más autenticidad y mayor fidelidad al anuncio del nombre de Jesús, nombre en el cual hay posibilidad de ingreso en el corazón de la Trinidad, allá donde se conjugan el máximo de la diferencia y el máximo de la unidad.

La cuestión del otro

El desafío de la misión, hoy, superando tentaciones frecuentes de dimisiones y moratorias varias[3], consiste en construir la unidad en la diversidad, es decir, en afrontar la cuestión del otro sin, por eso, tener que suprimir el yo.

Con toda justicia remarcaba Todorov, en su importante ensayo sobre la conquista de América, que desde la alborada de la conquista de América,

“Europa occidental se ha esforzado por asimilar al otro, por hacer desaparecer su alteridad exterior, y en gran medida lo ha logrado. Su modo de vida y sus valores se han extendido al mundo entero; como quería Colón, los colonizados adoptaron nuestras costumbres y se vistieron como nosotros”[4].

Este esfuerzo de asimilación presuponía una concepción que negaba la diferencia. Y allá donde se encontraba la diferencia (y ¡cuánta diferencia hay, apenas miramos fuera de nuestra casa... y también dentro lo íntimo de nuestra casa…!), esta se consideraba inferioridad y, según los casos, se destruía o se esclavizaba.

Nunca la palabra genocidio ha tenido una aplicación más exacta que en el caso de la conquista de América.

La población, calculada al comienzo de la conquista en alrededor de 80 millones de personas, se redujo a lo largo de 50 años a solamente 10 millones[5].

La trata de los esclavos

Junto con el genocidio de los pueblos de América, la conquista trae como consecuencia el fenómeno conocido como trata de los esclavos.

Se calcula en alrededor de 12 millones la cantidad de personas capturadas en África a partir de 1700[6].

El negro se vuelve solo moneda corriente, medio de intercambio.

Desde varios lugares, en el V centenario de la “conquista de América” (y pongo entre comillas la expresión ya que está sujeta a importantes revisiones historiográficas) se pide un movimiento de retorno, una moratoria en el encuentro y en el intercambio. Sin duda, también a la luz de la Encíclica Redemptoris missio somos urgentemente llamados a repensar la misión.

Es fuerte la tentación de abandonarlo todo. Frente a tanto trabajo, descubrimos la inmensidad del trabajo, la escasez de los frutos, la inutilidad de los esfuerzos, la incomunicabilidad del mensaje.

Somos llamados todos a un renovado compromiso de escucha, de reflexión, de profundización; somos llamados a dar nuestra contribución de fe en Cristo y de amor al hombre que, en su rostro, nos revela el camino de la Iglesia, esposa y cuerpo de Cristo, sacramento del encuentro entre Dios y el hombre[7].

En este renovado compromiso de amor, de profundización, de participación debemos movernos en las líneas proféticas que Juan Pablo II indicó al comienzo del V centenario a partir de las realidades de África y de América Latina.

“Imploramos el perdón...”

En su viaje a Senegal, Juan Pablo II ha querido detenerse en la isla de Gorée, en la casa de los esclavos,

“pequeño lugar donde, durante un largo período de la historia del continente africano, hombres, mujeres y niños negros han sido conducidos, arrancados de su tierra, separados de sus parientes, para ser vendidos como mercancía. Ellos llegaban de todos los países y, encadenados, partían hacia otros cielos, conservando como última imagen de su África nativa la masa de la roca basáltica de Gorée. … Es preciso confesar con toda verdad y humildad este pecado del hombre contra el hombre, este pecado del hombre contra Dios. ... Desde este santuario del dolor negro, imploramos el perdón del cielo...”[8].

Pero el análisis de la historia, el reconocimiento del pecado, el pedido de perdón no paralizan a Juan Pablo II en el pasado. Este pasado se vuelve, en él, motivo de compromiso que proyecta en el presente y construye el futuro:

“En esta época de cambios cruciales, el África de hoy sufre duramente la sustracción de fuerzas vivas ejercida un tiempo sobre ella. Sus recursos humanos han sido debilitados por mucho tiempo en algunas de sus regiones. Por eso, la ayuda de la que siente necesidad se le debe con justicia. Quiera Dios que una activa solidaridad se manifieste para con ella a fin de que supere sus trágicas dificultades”[9].

La memoria del pasado, a la que debemos volver, se convierte en proyecto para el futuro. En Europa necesitamos que llegue la voz de lo profundo de África.

“Europa está corriendo el riesgo de encerrarse en sí misma, sobre las posibilidades de un nuevo mercado y de nuevas inversiones. Este bloque no afectaría sino a unos pocos centenares de millones de habitantes. ¿Qué es lo que se está todavía en condición de escuchar de los llamados de los sudamericanos, de los africanos y de los otros pueblos del mundo en grave dificultad? ¿Quién constituirá la voz de los pobres en medio del bienestar, si no las Iglesias en nombre del Evangelio?”[10].

Discernir la presencia de Dios en la historia

Pocos días después del discurso de Gorée, en su Mensaje de Cuaresma, Juan Pablo II amonestaba que

“el año conmemorativo del V centenario de la Evangelización del Continente Americano de ningún modo debe limitarse a un mero recuerdo histórico. Nuestra visión del pasado tiene que completarse con una mirada a nuestro alrededor y hacia el futuro (cf. Centesimus annus, 3), tratando de discernir la misteriosa presencia de Dios en la historia, desde la cual nos interpela y nos llama a darle respuestas concretas. Cinco siglos de presencia del Evangelio en aquel continente no han logrado aún una equitativa distribución de los bienes de la tierra; y ello es particularmente doloroso cuando se piensa en los más pobres entre los pobres: los grupos indígenas y junto con ellos muchos campesinos, heridos en su dignidad por ser mantenidos incluso al margen del ejercicio de los más elementales derechos, que también forman parte de los bienes destinados a todos. La situación de estos hermanos nuestros clama la justicia del Señor. Por consiguiente, se ha de promover una generosa y audaz reforma de las estructuras económicas y de las políticas agrarias, que aseguren el bienestar y las condiciones necesarias para un legítimo ejercicio de los derechos humanos de los grupos indígenas y de las grandes masas de campesinos que con tanta frecuencia se han visto injustamente tratados. Para éstos y para todos los desposeídos del mundo –pues todos somos hijos de Dios, hermanos unos de otros y destinatarios de los bienes de la creación– debemos esforzarnos con todo empeño y sin dilaciones para que ocupen el puesto que les corresponde en la mesa común de la creación”[11].

La “nueva evangelización” de Europa es una conditio sine qua non para que con “una mirada proyectada hacia el futuro” surja y se manifieste, con respecto a nuestros hermanos que viven en otros continentes, una activa solidaridad para que superen sus trágicas dificultades.

Superar el eurocentrismo

Pero, si no queremos crear una nueva pastoral eurocentrista, que lo hace depender todo mágicamente siempre y solo de la ayuda exterior, debemos movernos en África y en América Latina con humildad, pero también con coraje y sin complejos de paralizante temor frente a posiciones cerradas y suicidas, dirigidas a un pasado mítico y muerto.

En una entrevista suya, Tzvetan Todorov vuelve sobre la polémica entre celebracionistas y anticelebracionistas del 12 de octubre de 1492. Para Todorov,

“los sostenedores del triunfalismo colombino están viciados de eurocentrismo y celebran sobre todo una invasión, no un descubrimiento. Los anticelebracionistas ignoran que el contacto es un elemento más favorable que el aislacionismo, incluso a partir de un encuentro trágico. Hoy quien llora la pérdida de una cultura natural pura se pone de parte de quien quiere aislar a los otros y quedar solo, de quien quiere cerrar eternamente las ventanas y las puertas. Es una posición moderada que debemos derrotar. Es una idea protectora, un elogio del aislacionismo, un signo de retorno a los orígenes que ha invadido a una parte de intelectuales”[12].

Contra esta idea aislacionista y protectora se levantan, en África, voces que, en nombre de la persona y de la común pertenencia a la raza humana, reclaman para el hombre africano “el puesto que a él le corresponde en la mesa común de la creación”.

Vencer el aislacionismo

Son hombres que rechazan el juicio de Hegel que está todavía escrito en la memoria de muchos:

“De todos estos diversos rasgos resulta que lo que caracteriza la índole del negro es el desenfreno. Esta condición suya no es susceptible de algún desarrollo o educación: como los vemos hoy, así ellos han sido siempre. En la inmensa energía del arbitrio sensible, que los domina, el momento moral no tiene ningún poder preciso. Quien quiere conocer manifestaciones espantosas de la naturaleza humana, puede encontrarlas en África. Las más antiguas noticias sobre esta parte del mundo dicen lo mismo: no tiene pues, propiamente, una historia. Por eso nosotros dejamos aquí a África, para no mencionarla más después. En efecto, no es un continente histórico, no tiene ningún movimiento y desarrollo que mostrar: si algo en él, en su parte septentrional, ha acontecido exactamente, eso pertenece al mundo asiático y europeo”[13].

Son hombres que en sus escritos muestran no solo que han entendido, sino que han verdaderamente rechazado el espíritu del eurocentrismo y es por eso que no se cierran al otro, aunque el otro es el Occidente.

Son hombres que no privilegian una visión etnocentrista, aislacionista, cerrada y suicida, que no sería otra cosa sino la otra cara de Hegel.

Son hombres que perciben que el problema primario de África depende de los mismos africanos, y que ninguna reforma estructural-económica-política-social, ninguna ayuda exterior podrá lograr el objetivo, sin una profunda revolución cultural africana.

Es lo que invocaba el filósofo camerunés Marcien Towa cuando hablaba “no de simples injertos, sino de una revolución de la cultura indígena de arriba abajo, que implica una ruptura con nuestra cultura, nuestro pasado, con nosotros mismos”[14].

Es el pedido articulado en su análisis despiadado que hace Daniel Etouanga Manguelle, economista camerunés, cuando pone el problema del

“por qué del entorpecimiento africano. Es necesario, respecto a esto, interrogar nuestra cultura, nos parece totalmente legítimo, porque es esta la que transmite nuestras maneras de pensar y de actuar, que indudablemente condiciona el futuro de nuestras sociedades africanas. Es en ella y sobre ella donde se debe manifestar nuestra voluntad de cambio”[15].

Construir la unidad en la diferencia

En Europa, en África, en América Latina somos llamados a construir la unidad en la diferencia.

Esto no podrá ocurrir sin la profunda humildad que rehúye toda posición cerrada y aislacionista, dominadora y no abierta al recíproco enriquecimiento.

La cuestión fundamental está en nuestro corazón, en nuestra capacidad de recibir y de dar, en el reconocimiento que el otro existe como Otro, el Tú es irreducible al Yo, como el Yo es irreducible al Tú. Es necesario profundizar una mística de la relación.

África y América Latina existían ya antes de que nosotros no nos diéramos cuenta. Existían ya antes de que nosotros las descubriéramos.

Por eso, hablar de “descubrimiento” es quedar todavía cerrados en una óptica eurocentrista. Pero, hoy, estas en su existencia no pueden prescindir más de Europa, como Europa no puede prescindir más de África y América Latina.

La relación está en la carne y en la sangre de cada uno de nosotros y tampoco un suicidio cultural la anularía. Porque nadie, ni siquiera nosotros mismos, podrá decir que no nos hemos encontrado.

África y América Latina existen también por el sufrimiento que Europa ha producido en sus carnes. Pero existen también por su pasión y su fidelidad, su aventura, su coraje, su amor.

Es una larga carta que te debía.

Es una carta que une Europa, América Latina y África en un mismo abrazo de memoria, de perdón, de misericordia, de apasionado generoso empeño.

Rechazar este abrazo de memoria, de perdón, de misericordia, de compromiso apasionado y generoso no quiere decir sino suicidarse intelectual y espiritualmente: significa reducirse a fantasmas que andan envueltos en la “extraña fascinación de la nada que se proyecta sobre los que no tienen nada. A su nada la llaman absoluto. Dan la espalda a la luz y miran fijamente a la sombra”[16].

 

Emilio Grasso

 

 

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[1] J. Sobrino, Annientamento dell’altro - memoria delle vittime. Riflessione profetico-utopica, en “Concilium” (it.) 28 (1992) 248.

[2] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, 2.

[3] Sobre el tema cf. E. Grasso, Un análisis del “moratorium”, en E. Grasso, El Evangelio por los caminos del hombre, Universidad Católica (Biblioteca de Estudios Paraguayos 45), Asunción (Paraguay) 1994, 95-108.

[4] T. Todorov, La conquête de l’Amérique. La question de l’autre, Éditions du Seuil, Paris 1982, 308.

[5] T. Todorov, La conquête…, 170.

[6] Cf. L. F. de Alencastro, Traite des Noirs, en Encyclopaedia Universalis, XXII, 836. Cf. L. Sala-Molins, Le Code Noir ou le calvaire de Canaan, Presses universitaires de France, Paris 1987. En las pp. 281-287 encontramos una amplia bibliografía.

[7] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis, 14.

[8] Juan Pablo II, Gorée: A la comunidad católica de la isla, en la iglesia dedicada a San Carlo Borromeo (22 de febrero de 1992), en Insegnamenti di Giovani Paolo II, XV/I, Libreria Editrice Vaticana 1994, 387-388.

[9] Juan Pablo II, Gorée: A la comunidad católica…, 388.

[10] J. Gaillot, La nuova Europa, una sfida per le chiese, en “Concilium” (it.) 28 (1992) 352.

[11] Cf. Juan Pablo II, Mensaje de Cuaresma 1992, en Insegnamenti di Giovani Paolo II, XV/I, Libreria Editrice Vaticana 1994, 493-494.

[12] M. Ferrari, Intervista a T. Todorov, en “L’Unità” (10 aprile 1992) 7.

[13] G. W. F. Hegel, Lezioni sulla filosofia della storia, I. La razionalità della storia, “La Nuova Italia” Editrice, Firenze 1963, 262.

[14] M. Towa, Essai sur la problématique philosophique dans l’Afrique actuelle, Éditions Clé, Yaoundé 1971, 40.

[15] D. Etounga-Manguelle, L’Afrique a-t-elle besoin d’un programme d’ajustement culturel ?, Éditions Nouvelles du Sud, Ivry-sur-Seine 1991, 22; cf. A. Kabou, Et si l’Afrique refusait le développement ?, Éditions L’Harmattan, Paris 1991.

[16] Cheikh Hamidou Kane, L’aventure ambiguë, Éditions du Club Afrique Loisirs, s.l. 1961, 87.

 

 

 

15/10/2020

 

Categoría: Artículos