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El muy reciente viaje a Iraq del Santo Padre, el Papa Francisco, que terminó el 8 de marzo de 2021, no es comprensible fuera de los trágicos y complejos acontecimientos que ocurrieron, especialmente en estos últimos treinta años.

La Guerra del Golfo (2 de agosto de 1990-28 de febrero de 1991) es el conflicto que opuso Iraq a una coalición, compuesta de treinta y cinco Estados que se formaron bajo la égida de la ONU y fue guiada por los Estados Unidos, que se proponía restaurar la soberanía del pequeño emirato de Kuwait, después de haber sido invadido y anexado por Iraq.

En aquella ocasión, escribí una carta a algunos jóvenes amigos cameruneses, carta que me parece muy actual a la luz del viaje del Papa Francisco, y que hoy vuelvo a proponer.

E.G.

 

Muy queridos amigos:

Esta guerra, aunque no nos afecte de cerca a todos porque todavía se desarrolla lejos de nuestras tierras, es un acontecimiento que nos concierne directamente.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en uno de sus documentos sobre la relación entre la Iglesia y el mundo de nuestro tiempo, decía que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et spes, 1). Ser cristiano no solo significa pensar un poco en la propia salvación, sino ser esposo de Jesús.

Lo que Jesús ama también nosotros debemos amarlo. Aquello por el que Jesús sufre tiene que ser también nuestro sufrimiento. Lo que Jesús espera, nuestra esperanza. Su alegría, nuestra alegría.

Ahora bien, nosotros sabemos que Jesús está presente donde hay un hombre que está en la cruz, un hombre que sufre, un hombre que llora.

En Oriente Próximo, la tierra donde Jesús nació, vivió y murió, la tierra en la que Dios habitó con los hombres, una guerra estúpida y aterradora está produciendo un desastre de consecuencias catastróficas. Existe el riesgo de que el conflicto, todavía limitado, se convierta en una guerra en la que se utilicen explosivos atómicos y nucleares, armas químicas y bacteriológicas, y el planeta Tierra y toda la humanidad desaparezcan.

La Unión Soviética, los Estados Unidos de América y otros países ricos de Occidente vendieron, por muchos años, armas y sustancias químicas en Oriente Próximo. Allá está concentrada la mayor parte de la riqueza mundial del petróleo. Con el petróleo los países árabes podían construir caminos, escuelas, hospitales, casas, crear condiciones de vida mejores para inmensas masas de personas.

Pero el odio, el deseo de derrotar a los adversarios antes que establecer un acuerdo con ellos, los celos y la sed de potencia, empujaron a todos los países, árabes y no, a gastar en los armamentos.

En Oriente Próximo todos están equivocados. Nadie tiene razón.

El drama de esta guerra en la que fallecen millares de inocentes sin saber por qué, impulsados solo por la mentira y el fanatismo irresponsable de algunos poderosos, nos cuestiona a todos.

Los poderosos se llenan la boca de grandes palabras. Los jefes de ciertos países hablan de “guerra santa”, dicen que “Dios lo quiere”. Pero Dios quiere solo una guerra. La guerra contra la enfermedad, el hambre, la ignorancia, la miseria, las condiciones inhumanas de vida. Dios es Dios de vida, no de muerte. Dios quiere que los pueblos vivan en la paz, en la justicia y en la verdad, encontrando las razones de la esperanza y no los motivos del conflicto.

Otros jefes hablan de “derechos violados”, de orden que restablecer. Pero el orden ciertamente no se restablece creando nuevas injusticias.

Ahora, este conflicto concentra toda la atención sobre Oriente Próximo. Allí está el petróleo, allí está la posibilidad de seguir manteniendo ciertos ritmos altos de nivel económico.

Si en Oriente Próximo se produjeran solo macabo y batôn de manioc nadie habría desencadenado una guerra, nadie habría hablado de derechos violados, de territorios ocupados, de derecho internacional que reparar.

Ahora bien, a Jesús no le interesa el petróleo, sino el corazón de los hombres, de todos los hombres y, en particular, de los más pobres. Para Jesús, el hombre, quienquiera que sea, es la imagen viviente del Dios viviente.

Esta guerra no es nuestra guerra. Esta guerra, desde cualquier punto de vista que la veamos, no nos pertenece.

Sin embargo, esta guerra nos afecta. Nos hace comprender que, si no queremos ser, mañana, el juguete en manos de algún poderoso que haga de nosotros lo que quiera, debemos tomar nuestros destinos en nuestras manos. Estamos llamados a ser personas responsables, personas que ya no aceptan que algunos hombres encerrados en el interior de alguna habitación decidan, para enriquecerse, vender armas y no tractores, armas que hacen brotar enfermedades y no máquinas para construir caminos y casas, y luego vayan a hacer la guerra contra aquellos hombres que antes armaron. Y, una vez que termine la guerra, se podrá empezar de nuevo a construir armas, a rehacer negocios vendiendo armas, para luego rehacer la guerra...

Esta guerra no es nuestra guerra. Hay también algunos aviones italianos que, cada día, van a bombardear Iraq. Pero esta guerra no es mi guerra. Porque, si es verdad que Saddam Hussein es un criminal loco que no tiene ningún amor por las masas desheredadas del Tercer Mundo, y que habla de los pobres y de los explotados solo porque ha robado una bandera de rescate que no le pertenece, porque también él tiene la misma mentalidad que los dictadores sanguinarios y sedientos de poder, a los cuales nada les interesa la vida de los hombres, es también verdad que aquellos que cada día bombardean Iraq y hoy luchan contra Saddam Hussein son sus amigos de ayer, que se enriquecieron vendiéndole las armas y los aviones, las bombas químicas y bacteriológicas, y que no dijeron una palabra cuando Saddam Hussein torturaba y mataba a otros hombres.

Esta guerra no es mi guerra. Mi única guerra es aquella contra la miseria, la ignorancia, la enfermedad, la explotación, la muerte.

Ustedes, jóvenes, hoy más que nunca, están llamados a construir un movimiento de verdadera liberación y de verdadera paz.

Un movimiento de hombres que toman conciencia de su condición de vida y responden a la llamada del Señor Jesucristo, Único Amigo del Hombre, que nos llama a ser, en medio del mundo, los constructores de un mundo nuevo, un mundo en el que el hombre sea hermano y amigo del otro hombre, y no animal feroz en acecho para matarlo.

En cada lugar donde estemos, tenemos que ser los portadores de un mensaje de auténtica novedad. Esta novedad será verdadera, si, ante todo, se convertirá en novedad de nuestro corazón, novedad de nuestro rostro.

Nuestro Santo Padre Juan Pablo II, este hombre enviado por el Espíritu Santo para darnos esperanza y coraje, declaró esta guerra como una “aventura sin retorno”. Él no escatimó y ni escatima en esfuerzos para volver a llamar a todos los hombres a la razón, para encontrar el camino de la paz en la justicia y en el respeto de todos los derechos. Y, entre estos derechos está el del pueblo de Israel a vivir en un Estado con fronteras seguras y el del pueblo palestino a tener una patria propia.

Nunca como en estos días, el Papa se ha convertido en la voz de la conciencia profunda del hombre, en la voz de Dios que pregunta a Caín dónde está su hermano.

A esta voz debemos responderle. Responderemos comenzando a decir dónde está cada uno de nosotros, qué queremos hacer para construir, allá donde estamos hoy, oasis de paz, de esperanza, de libertad, de justicia, de amor.

Responderemos a la llamada que el Señor hoy nos hace a través de la voz del Santo Padre Juan Pablo II, no huyendo lejos de nuestros problemas, sino enfrentando allá donde estamos nuestra batalla por el Reino del Señor, por la civilización del Amor.

En su Carta Encíclica sobre la permanente validez del mandato misionero, Juan Pablo II nos ha recordado que

¡la fe se fortalece dándola! La misión, en efecto, renueva a la iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. … La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros” (Redemptoris isio, 2.11).

Nuestra fe se medirá en la misión, en esta nuestra capacidad de hablar con los demás, de encontrar los caminos de sus corazones, de involucrarlos en el proyecto liberador del amor del Señor. La fe sin las obras, sin el anuncio, sin la construcción de una casa para todos, es una fe que muere, si no es ya una fe muerta.

Espero poder constatar que su termómetro marque temperaturas muy altas, y que el fuego de su amor y de su entusiasmo esté quemando e incinerando todo un mundo de miedos, de indiferencias, de desaliento, de pereza.

El fluir de la historia pondrá en claro, de cada uno de nosotros, el grado de temperatura que habrá alcanzado nuestro termómetro.

 

P. Emilio Grasso

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

17/03/2021

 

Categoría: Artículos