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Primera parte

 

Entre secreto y martirio

Uno de los más conocidos especialistas del Nuevo Testamento, Klaus Berger, evidencia la manera concisa y sobria con que el evangelista Lucas cuenta los acontecimientos decisivos de la historia de la salvación. Acerca de la Navidad, dice: Y María dio a la luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Son luego los ángeles quienes revelarán a personas relativamente extrañas de qué se trata. Los acontecimientos decisivos se cumplen casi en secreto. La Natividad es accesible solo a María y a José. Y las personas que luego se reúnen no son periodistas y reyes, sino mujeres y pastores. El misterio no es para la plaza del mercado, sino para una esfera íntima, incluso familiar. Desde sus más lejanos primordios, el cristianismo permanece estructurado así. No es apto para volverse espectáculo público. La tensión entre secreto y martirio es su marca[1].

Por su parte, el Papa Francisco, desde el comienzo de su Pontificado, continuamente pone en guardia del exceso de programación y de burocracia, en la vida de la Iglesia. El 22 de diciembre de 2014, por ejemplo, con ocasión de los augurios navideños, el Santo Padre decía así a los miembros de la Curia Romana:

“Existe el mal de la planificación excesiva y el funcionalismo: cuando el apóstol lo programa todo minuciosamente y cree que, con una perfecta planificación, las cosas progresan efectivamente, se convierte en un contable o gestor. Es necesario prepararlo todo bien, pero sin caer nunca en la tentación de querer encerrar y pilotar la libertad del Espíritu Santo, que sigue siendo más grande, más generoso que todos los planes humanos (cf. Jn 3, 8). Se cae en esta enfermedad porque siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles. En realidad, la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo ni domesticarlo... –¡domesticar al Espíritu Santo!–, Él es frescura, fantasía, novedad”[2].

Al aspecto de la crisis en la Iglesia expresado por Maritain como arrodillamiento delante del mundo, la única respuesta seria, que va a la raíz del problema, consiste en el acto de una “belleza siempre antigua y siempre nueva”[3], en la que el hombre se hace pequeño delante del Dios infinitamente grande: es el acto de fe del arrodillarse delante de Dios, quien se hace hombre en el misterio de la noche de Navidad.

El Verbo se hizo carne

Este acto pone fin a las estériles reuniones que dan la vuelta alrededor de nosotros mismos, y abre un auténtico diá-logo humano, porque encuentra su fundamento en la adoración del Logos[4] que se ha hecho carne, y es el único que hace posible el diá-logo humano.

Romano Guardini ha puesto en evidencia el hecho de que, para la Revelación judío-cristiana, Dios no es solo Quien sabe y Quien puede, sino también Quien habla: “En el principio existía la Palabra (Logos) y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios” (Jn 1, 1-2).

La Palabra representa el corazón del ser divino. Dios no es mudo; su vida lleva por esencia la Palabra en sí.

De la Palabra de Dios vienen luego todas las cosas (“Todo se hizo por ella, y sin ella no se hizo nada”, Jn 1, 3) y, por eso, estas tienen carácter de palabra. No son simple realidad. No son tampoco simples hechos significativos allá existentes en un espacio mudo. Son palabras de Quien crea hablando, y dirigidas a “quien tiene oídos para entender”.

El carácter verbal del mundo es el fundamento del hecho de que en el mundo es posible en general hablar. El poder hablar se funda no solo en el hecho de que el hombre posee el don de la palabra, y las cosas tienen objetivos significados que se deben manifestar a través de las palabras. Se funda también en el hecho de que el mundo mismo está hecho de palabras: nace de una palabra y subsiste en cuanto hablado. Si no fuera así, el hablar humano no sería acogido por el ser y las palabras vagarían como espectros[5].

De este carácter crístico y dialógico de toda la creación, habló el Papa Francisco ya desde el comienzo de su Pontificado.

En la Audiencia general del 5 de junio de 2013, el Santo Padre recordaba que

“Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultivaran y la custodiaran. … Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la custodiamos, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar. … Pero cultivar y custodiar no comprende solo la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación; se refiere también a las relaciones humanas. Los Papas han hablado de ecología humana, estrechamente ligada a la ecología medioambiental[6].

Estos temas serán retomados y desarrollados en la encíclica Laudato si’, sobre todo por lo que aquí nos concierne, en los n.os 99 y 100, donde se vuelve a tomar

“el prólogo del Evangelio de Juan (1, 1-18) [que] muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina. Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra ‘se hizo carne’ (Jn 1, 14). Una Persona de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía. El Nuevo Testamento no solo nos habla del Jesús terreno y de su relación tan concreta y amable con todo el mundo. También lo muestra como resucitado y glorioso, presente en toda la creación con su señorío universal. … De ese modo, las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa”[7].

De esta relación crística y dialógica con el mundo y, sobre todo, con el Otro, desciende la consecuencia –para Romano Guardini– que el Otro se vuelve un tú para mí, un tú con el cual es posible el diálogo y no la simple manipulación instrumental, solo termina la pura relación de tema-objeto. El primer paso hacia el tú es aquel movimiento que retira las manos, aquel movimiento que representa el primer efecto de la justicia (o sea, del reconocimiento de la presencia del Logos creador en cada realidad) y el fundamento de cada amor. El amor personal –prosigue Guardini– comienza de manera decisiva no con un movimiento hacia el otro sino del otro[8].

Arrodillarse quiere decir adorar. Y adorar significa “reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la ‘nada de la criatura’, que solo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarlo y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo”[9].

Emilio Grasso

(Continúa)

 

 

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[1] Cf. K. Berger, Gesù, Queriniana, Brescia 2007, 61-62.

[2] Papa Francisco, Discurso a la Curia Romana (22 de diciembre de 2014).

[3] Agustín, Confesiones, X, 27, Ediciones Paulinas, Florida (Buenos Aires) 1984, 382.

[4] En la Misa del día de Navidad leemos el prólogo del Evangelio según san Juan, donde encontramos estas palabras: “En el principio existía la Palabra (Logos). … Y la Palabra se hizo carne…”.

[5] Cf. R. Guardini, Persona e libertà. Saggi di fondazione della teoria pedagogica. A cura di C. Fedeli, La Scuola, Brescia 1987, 198-201.

[6] Papa Francisco, Audiencia general (5 de junio de 2013).

[7] Papa Francisco, Encíclica Laudato si’, 99-100.

[8] Cf. R. Guardini, Persona e libertà…, 193.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 2097.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

01/12/2021

 

Categoría: Artículos