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 Segunda parte

 

Cristo crucificado: escándalo y locura

La liturgia de la Navidad nos habla de un Dios que nace en un pesebre, porque para José y María no hay lugar donde alojarse (cf. Lc 2, 7). Serán algunos pastores, que pernoctaban al aire libre, los primeros en ver este acontecimiento (cf. Lc 2, 8-16).

Y, según la profecía de Miqueas, Belén Efrata, aunque era la más pequeña entre todos los pueblos de Judá (cf. Mi 5, 1), será el lugar de donde saldrá el pastor del pueblo de Dios (cf. Mt 2, 6).

En las palabras del Evangelio según san Juan: “Y la Palabra se hizo carne”, encontramos expresada en la palabra carne toda la condición humana en su debilidad y precariedad, en contraste con la omnipotencia del Ser divino que es el Espíritu. El Verbo creador vino en ayuda de esta debilidad; superó la distancia infinita que separa al Espíritu de la carne, y alcanzó al hombre en su enfermedad. Se hizo frágil “caña pensante”: el Verbo eterno se insirió en el devenir de la historia humana, haciéndose uno de nosotros[1].

Toda la atmósfera que envuelve el nacimiento del Señor Jesús está en contradicción con la respuesta que querríamos que fuera dada a nuestras preguntas: una respuesta que el mundo no reconoció (cf. Jn 1, 10), porque el Señor Jesús “vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11).

La encarnación del Verbo ya prefigura la pasión y muerte del Verbo encarnado, la subversión de nuestros proyectos, el cambio del paradigma.

Escribe san Pablo en su Primera Carta a los Corintios:

“Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. Fíjense, hermanos, en su propia condición: ¿cuántos de ustedes tienen el saber humano o son de familias nobles e influyentes? Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para avergonzar a los sabios, y ha tomado lo que es débil en este mundo para confundir lo que es fuerte. Dios ha elegido lo que es común y despreciado en este mundo, lo que es nada, para reducir a la nada lo que es. Y así ningún mortal podrá alabarse a sí mismo ante Dios” (1Cor 1, 22-29).

Este escándalo y locura de la cruz está totalmente ya presente en el misterio de la encarnación, del cual con toda razón se puede hablar como de encarnación crucificada.

Dietrich Bonhoeffer, testigo del Evangelio hasta el martirio y de una Iglesia que confiesa que solo Jesús es el Señor, en el tiempo del dominio absoluto de la idolatría nazi, en uno de sus sermones así hablaba del misterio de la Navidad:

“Se habla del nacimiento de un niño, no de la acción arrolladora de un hombre fuerte, no del original descubrimiento de un científico, no de la obra pía de un santo. Es una cosa que supera realmente cada compresión: el nacimiento de un niño está destinado a provocar el gran viraje de todas las cosas, a llevar salvación y redención a la entera humanidad. Aquello alrededor de lo que en vano fatigan reyes y hombres de Estado, filósofos y artistas, fundadores de religiones y moralistas ahora está realizado por un recién nacido. Como vergüenza de las más grandes fatigas y obras humanas –continúa afirmando Dietrich Bonhoeffer–, un niño aquí está puesto en el centro de la historia del mundo. Un niño nacido de hombres, un hijo dado por Dios. Este es el misterio de la redención del mundo, todo el pasado y todo el futuro están aquí encerrados. La misericordia infinita del Dios omnipotente viene a nosotros, se rebaja hacia nosotros en la figura de un niño, de su Hijo. Mi vida depende, ahora, únicamente del hecho de que este niño ha nacido, este hijo nos es dado, este descendiente de hombres, este Hijo de Dios me pertenece, del hecho de que lo conozco, lo tengo, lo amo, del hecho de que soy suyo y Él es mío. Un niño tiene en mano nuestra vida”[2].

Es un paradigma de espera que debemos cambiar. A nuestra continua y morbosa solicitud de señales y sabiduría, Dios contesta con el escándalo y la necedad del Cristo crucificado, ya anunciado en su nacimiento en un pesebre.

Si no tenemos la capacidad de suscitar las verdaderas preguntas (y esto pertenece a una pastoral de la inteligencia), corremos peligro de presentar a Dios como una respuesta que engaña y que es, al mismo tiempo, inútil y tonta.

Los pasdarán de Jesús, los fundamentalistas cristianos, son solo capaces de echar en el ridículo la verdadera fe católica, que es totalmente otra cosa que un eslogan escrito sobre una camiseta o una inscripción idiota que ensucia los muros de la ciudad.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. D. Mollat, Dodici meditazioni sul Vangelo di San Giovanni, Paideia, Brescia 1966, 18-19.

[2] D. Bonhoeffer, Dall’A alla Z. I pensieri e i discorsi, le prediche e le preghiere esposti in parole-chiave. A cura di M. Weber, Queriniana, Brescia 2013, 146-147.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

02/12/2021

 

Categoría: Artículos