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Sería triste si la última palabra sobre la vida del hombre fuera la muerte. En realidad, con ella no termina nada, sino que todo empieza, porque la muerte es el encuentro con Jesús, que ha derramado su sangre por nuestra salvación. Es el momento de la unión con la Trinidad. Todas las personas, especialmente los más pobres, los más débiles, los que no cuentan nada en la sociedad y quizás tampoco tienen cédula de identidad, cuestan la Sangre de Dios y tienen un valor infinito. Los más pobres, en el Antiguo Testamento, son representados por los huérfanos y las viudas:

“Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Is 1, 17).

Siempre debemos acordarnos de los pobres, que nos permiten la comunicación con Jesús, el cual se ha identificado con ellos.

“En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 40).

La única respuesta seria al problema del hombre y de la muerte es la existencia de Dios y la resurrección de Jesús.

“Y si Cristo no resucitó, de nada les sirve su fe: ustedes siguen en sus pecados. Y, para decirlo sin rodeos, los que se durmieron en Cristo están totalmente perdidos. Si nuestra esperanza en Cristo se termina con la vida presente, somos los más infelices de todos los hombres” (1 Cor 15, 17-19).

La victoria de Cristo sobre la muerte nos da la certeza de que la vida eterna y no la muerte es la última palabra sobre la existencia del hombre. Cada cristiano está llamado a dar testimonio de esta verdad.

Si no creemos en esto, ¿qué estamos haciendo? Si Cristo ha resucitado, cambia completamente nuestra vida. Por eso, la muerte nos interpela a cada uno: “¿Crees o no crees que más allá de la muerte está la resurrección, la vida eterna?”. Si tenemos fe, no podemos vivir como hombres que se apegan a las cosas de la tierra y, por miedo al último día, intentan experimentarlo todo, incapaces de enfrentar a la muerte.

Si creemos que la existencia no tiene sentido en sí, sino solo como encuentro con el amor de Dios que nos está esperando, y vemos la muerte como la puerta que nos permite entrar en la plenitud del amor de Dios, nuestra vida cambiará y tendremos el coraje de vivirla sin miedo ni vergüenza.

Viviremos, pues, sin el temor de perder algo, porque ya lo hemos perdido todo para conquistar el Reino de Dios.

La Biblia nos dice que en el Paraíso no habrá luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado y el Señor está en medio de nosotros.

“Vendrán, cantando de alegría, al cerro de Sion, y acudirán para gozar de los regalos del Señor, del trigo, vino y aceite, de las ovejas y bueyes. Su alma será como un huerto bien regado, y no volverán más a estar desganados. Entonces la muchacha bailará de alegría, jóvenes y viejos vivirán felices; cambiaré su tristeza en alegría, los consolaré, los haré reír después de sus penas” (Jer 31, 12-13).

Esto no quiere decir que no debemos llorar y sufrir, porque seríamos personas sin sentimientos: Jesús mismo lloró.

“Al ver Jesús el llanto de María y de todos los judíos que estaban con ella, su espíritu se conmovió profundamente y se turbó. Y preguntó: ‘¿Dónde lo han puesto?’ Le contestaron: ‘Señor, ven a ver’. Y Jesús lloró” (Jn 11, 33-35).

Si todo terminara con la muerte para buenos y malos, pobres y ricos, nuestra vida no tendría sentido; y aunque creyéramos en la existencia de Dios, esta no nos interesaría porque con la muerte todo se acaba. Cuando amamos a una persona queremos siempre construir juntos un futuro, proyectar, caminar hacia adelante. En esta visión, en la Carta de san Pablo a los Romanos encontramos una verdad muy sencilla y llena de la belleza del amor:

“De hecho, ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. Por esta razón Cristo experimentó la muerte y vive, para ser Señor de los muertos y de los que viven” (Rom 14, 7-9).

La vida tiene sentido si la entregamos en las manos de Dios, si vivimos y morimos para el Señor, porque la vida y la muerte tienen valor solo en Él.

La existencia puede ser muy corta o muy larga. Habiendo vivido tantos años, una persona puede decir lo que leemos en el libro de las Lamentaciones:

“Su yugo pesa sobre mi cuello

ha hecho flaquear mi fuerza” (Lam 1, 14).

El libro de las Lamentaciones, que refleja la experiencia humana a la luz del Señor, describiendo la condición del hombre “cuando se acaban las fuerzas”, dice que hay algo que se trae a la memoria e infunde esperanza: la misericordia del Señor que no termina, porque su compasión se renueva cada mañana.

“El amor del Señor no se ha acabado, ni se han agotado sus misericordias; se renuevan cada mañana. Sí, tu fidelidad es grande. Dice mi alma: ‘El Señor es mi parte, por eso en Él esperaré’” (Lam 3, 22-24).

Lentamente, todo muere, pasa y desaparece. Una única, profunda, verdadera y auténtica realidad permanece: la fidelidad. No se trata de nuestra fidelidad hacia el Señor, sino de la del Señor hacia nosotros. Al final de nuestra vida, si no hemos puesto a Dios y la memoria de Dios en nuestro corazón, abandonaremos esta tierra tristes y desesperados, porque uno muere como vive.

“En efecto, el hombre muere como ha vivido: muere en la gracia, quiere decir en la amistad de Dios, si en su vida se ha esforzado por cumplir el bien, por amar a Dios y observar sus mandamientos y por amar a su prójimo haciéndole el bien; muere en la enemistad de Dios, si en su vida ha cumplido el mal y, por lo menos en el último momento de su existencia, no se ha convertido a Dios, que durante toda la vida lo ha llamado a la conversión, le ha ofrecido su amistad y le ha dado la gracia necesaria para salvarse” (Il mistero della morte, en “La Civiltà Cattolica” n.° 3705).

Dios es el único que da sentido a nuestra vida. Si lo hemos buscado cada día, cada mañana, cada noche y no solo haciéndolo entrar en nuestra existencia en el momento final, podremos vivir en la paz verdadera, sin miedo de la muerte, de la enfermedad y del último día.

Emilio Grasso, El Esposo llega de repente. Reflexiones sobre la visión cristiana de la muerte,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 18),

San Lorenzo (Paraguay) 2018, 43-46.

 

 

05/03/2022

 

Categoría: Artículos