A un año de la muerte de Benedicto XVI, el 31 de diciembre de 2022, presentamos un artículo escrito en el 2005 –en el período en que el Card. Joseph Ratzinger fue elegido Papa–, en el que se toman en consideración algunas líneas programáticas de Benedicto XVI, revelando un análisis del todo actual de aquel pontificado.
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Me impresionó, al llegar a Paraguay en los días de la elección, por parte del Cónclave cardenalicio, del Card. Ratzinger como sucesor de Pedro, leer y escuchar un cierto tipo de reacciones del que se hizo eco la prensa del país.
Se habló de “apatía paraguaya”[1] o de “Iglesia ausente”[2], por la falta de una reacción fuerte frente a dos acontecimientos de relevancia histórica, como la muerte de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI.
En las primeras valoraciones expresadas acerca de Benedicto XVI, la prensa se hizo portavoz, de manera irreflexiva, de juicios propagados por la prensa internacional. En un país en el que la inmensa mayoría del pueblo se proclama “católica, apostólica y romana”, tuvo que levantarse la voz de una persona bien enterada que se declaraba “no católica y no religiosa”, para afirmar cosas de una normalidad desconcertante que, en este contexto, se convirtieron en noticia.
Leemos en “Última Hora”:
“Hace cinco días se escogió a Ratzinger. Es oportuno que se lo deje de hostilizar, pues las críticas serán oportunas y atinadas cuando se refieran a actos, discursos y gestos concretos”[3].
Afuera de un espíritu preconcebido, que no permite abrirse a la comprensión de lo que es y será el pontificado de Benedicto XVI, hemos considerado oportuno subrayar algunas intuiciones que nos han sido proporcionadas por sus primerísimas intervenciones.
Adultos en la fe
En la homilía pronunciada el lunes 18 de abril de 2005, en la Misa celebrada al iniciar el Cónclave, el Card. Ratzinger señaló algunas líneas orientadoras en la búsqueda de “un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría”.
El tema dominante fue el de la fe: ser realmente adultos en la fe y no ser zarandeados de un extremo al otro por cualquier viento de doctrina, según las modas del tiempo y de la última novedad. En este contexto, el Card. Ratzinger habló de la “dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos”.
Pero ¿dónde encontrar la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre engaño y verdad? El Card. Ratzinger indicó en la amistad con Cristo la puerta que nos abre a todo lo que es bueno, dándonos la justa medida de las cosas. En Cristo verdad y caridad coinciden. De aquí el llamamiento a vivir según la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana.
La amistad –insistió el Card. Ratzinger– es la comunión de las voluntades. Ya que no es una relación de tipo siervo-patrón, no permite que entre amigos existan secretos[4].
Esta amistad no nace de un acuerdo entre las partes, sino de la misericordia del Señor.
No es una gracia barata y no implica trivializar el mal. Es gracia y misericordia que emanan del sacrificio de la cruz.
El tema de la fe que obra en la caridad se materializa en la misión de los amigos del Señor.
Los tres tiempos del ir, del dar fruto y del permanecer del fruto, recalcan el dinamismo de la existencia cristiana. Nuestra llamada consiste en el ir. El fruto que permanece es el amor, el conocimiento, el gesto capaz de tocar el corazón, la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Es esto lo que queda por la eternidad y no se consume con el tiempo[5].
La inquietud del corazón, el manantial de la misión
El llamamiento misionero es dominante. El Card. Joseph Ratzinger utiliza el tema de clara inspiración agustiniana de la inquietud del corazón (“nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”[6]), poniendo en relación el don de la fe y la amistad con Cristo con la santa inquietud de llevar a todos este don. De tal manera, la escatología (el tiempo último del descanso del corazón en Dios) se vuelve a conectar al tiempo de la Iglesia, como tiempo donado para llevar a todas las gentes el don de la fe.
El tema de la santa inquietud vuelve y se afirma con fuerza, también en la homilía pronunciada en la Misa del inicio oficial del pontificado[7].
El corazón inquieto es un corazón que vaga por el desierto, hasta cuando descanse en Dios. Benedicto XVI señala varios tipos de desiertos. Hay el desierto de la pobreza y aquel del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad y del amor quebrantado. Existe, también, el desierto de la oscuridad de Dios y del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre.
A este punto, Benedicto XVI halla el nexo de causalidad entre los desiertos interiores y los desiertos exteriores, imputando a los
interiores la causa de los exteriores, que de ellos son el efecto.
Es a la profundidad del corazón a la que hace falta dirigirse, para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios que nos da la plenitud de la vida.
Retumba, en esta homilía del Papa Benedicto XVI, una de las intuiciones portantes y de las líneas maestras del teólogo Ratzinger. Ratzinger, en efecto, siempre había sugerido no dar demasiado peso a las reformas eclesiásticas.
Ya escribía en su Introducción al cristianismo:
“La Iglesia no está sobre todo donde se organiza, se forma o se gobierna, sino en los que creen con sencillez y reciben en ella el don de la fe, que para ellos es vida”[8].
Para Ratzinger, en efecto,
“el Dios cristiano no vino como un deus ex machina para ponerlo todo en orden de modo milagroso desde lo exterior, sino como el hijo del hombre, para sufrir desde lo interior, junto con el hombre, la pasión del hombre. Y precisamente esta es la tarea del cristiano: participar desde lo interior en la pasión del hombre, ampliar el espacio a lo que de humano hay en el hombre, para que sea ganado espacio para la presencia de Dios en él”[9].
Ratzinger, quien vivió la estación conciliar como asesor teológico del Card. Joseph Frings, recogió la categoría de “Iglesia de los pobres” que se iba abriendo paso en el debate conciliar. Aidan Nichols escribió que, “a pesar de que pudiera dar lugar a equívocos, y animar un sentimentalismo que no habría ayudado a nadie, menos todavía a los pobres, la idea era fundamentalmente válida, y sobre todo ‘expresión de una importante apertura espiritual’”[10].
Es del fragmento, de lo que es pequeño e insignificante a los ojos del mundo, de lo que es olvidado, despreciado y no
considerado, de lo que precisa esperar la salvación.
Volvemos a hallar estas alumbrantes palabras en algunas notas sobre el Concilio que estaba viviendo:
“La Iglesia, que por algún tiempo parecía la Iglesia de los príncipes barrocos, se renueva por el camino de aquel espíritu de sencillez que es la marca de sus orígenes en el ‘siervo de Dios’, que quiso vivir en esta tierra como el hijo del carpintero, y dirigió su primer llamamiento a algunos pescadores”[11].
Ciertamente no es en una Iglesia triunfante, potente, rica, en la que Ratzinger piensa. Al contrario, es en una Iglesia que está allí donde se encuentra el amigo Jesús.
Es solo en esta amistad, que une las voluntades y no se echa atrás frente al escándalo y la locura de la cruz, donde la Iglesia cumple su misión para la salvación de la humanidad.
La santa inquietud de llevar a todos el don de la fe une misión y escatología como llegada del Reino.
Es en esta síntesis evangélica donde el pobre encuentra su centralidad, y pone frente a toda la Iglesia su presencia ineludible.
Es lapidaria, en este sentido, la afirmación de Ratzinger:
“Una auténtica ‘parusía’ de Cristo se realiza allí donde alguien percibe una llamada a su amor, que brota de los que pasan necesidad junto a él, y responde afirmativamente”[12].
Es, pues, desde dentro de la pasión del hombre, de donde se construye el Reino. Es esta la misión de la Iglesia, su santa inquietud.
Santa inquietud quiere decir que el cristiano no puede quedarse tranquilo donde se haya instalado, hasta que el mundo, todo el mundo, haya alcanzado su futuro.
Misión y escatología
“La meta del cristiano –escribía Ratzinger– no es la bienaventuranza privada, sino la totalidad. El cristiano cree en Cristo y por eso cree también en el futuro del mundo, no solo en su propio futuro... Sabe que existe un sentido que él no puede destruir. Pero ¿va a cruzarse por eso de brazos? No, por supuesto, porque sabe que existe un sentido, y por eso se entrega alegre y resueltamente a trabajar en la historia”[13].
Tocamos aquí uno de los puntos claves del pensamiento de Ratzinger, entre los más discutidos y criticados y, también, menos comprendidos y sujetos a estereotipos y lugares comunes, que, en cambio, sería necesario tomar cuidadosamente en examen
por su importancia.
Volvamos a su tratado sobre la Escatología, fundamental para el desarrollo de la teología sobre la misión.
Para Ratzinger,
“procediendo del Cristo crucificado y resucitado, la Palabra nos indica claramente un camino cierto, suficientemente ancho para acoger la entera realidad, pero, al mismo tiempo, bastante unívoco hasta constituir, para esta última, un criterio de juicio”[14].
Es a partir de este fundamento, desde el cual Ratzinger insiste en el hecho de que la Iglesia, fundamentada en el Evangelio, tiene que dar no solo esperanza, sino esperanza evangélica.
El Reino de Dios no es una entidad política y no ofrece, por lo tanto, criterios políticos de los cuales hacer derivar directamente una praxis política, y una crítica de las realizaciones políticas. De aquí desciende la clara distinción entre escatología y política, que representa una de las tareas básicas de la teología cristiana[15].
Esta distinción no exime al hombre del compromiso con la pólis (la ciudad). Este, al contrario, es una garantía contra toda dictadura e idolatría del poder, un juicio sobre el pretendido carácter absoluto de cada proyecto humano.
Cuando descienda, la Ciudad que está en lo alto recalcará el fin y el derrumbamiento de todos nuestros proyectos. Pero esta Ciudad vendrá solo porque y cuando “el hombre haya recorrido el espacio de su ser-hombre y haya sufrido hasta el límite de sus capacidades”[16].
Y “cuando se le cierran al otro todos los caminos, ahí sigue siempre abierto el camino real del sufrimiento vicario al lado del Señor. Justamente en su derrota celebra la Iglesia una y otra vez su mayor victoria, estando lo más cerca posible del Señor”[17].
No hacer mi voluntad
Todo este bagaje teológico-cultural se hace evidente en los primeros discursos de Benedicto XVI.
Ratzinger siempre ha sostenido que la fe tiene normas objetivas en la Escritura y en el dogma, aunque en “tiempos oscuros” estas pueden, desafortunadamente, desaparecer de la conciencia de la mayoría estadística de los fieles.
“En este caso, la palabra del Papa puede y debe, sin duda, oponerse a la estadística y a la potencia de una opinión, que pretende fuertemente ser la sola válida; y eso tendrá que ocurrir con tanta más decisión, cuanto más claro será (como en el caso supuesto) el testimonio de la tradición”[18].
Una vez elegido Papa, Benedicto XVI, en pocas y precisas palabras, esbozará su programa de gobierno.
“Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor, y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”[19].
Y poco más adelante, indicará la novedad cristiana en el hecho de que el Pastor se ha hecho cordero, poniéndose de parte de los corderos, de los que son aplastados y sacrificados.
No el poder, sino el amor: es este el mensaje programático de Benedicto XVI.
“El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”[20].
El Card. Ratzinger había escrito que la luz del mundo ya amaneció en la oscuridad de la noche de Belén, y que esta misma luz quiere y puede seguir resplandeciendo solo si resplandece en los que, en cuanto cristianos, continúan la obra de Cristo a través de los tiempos[21].
Continuar esta obra de Cristo es posible, solo si está claro el fundamento de la relación de amistad con el Señor y la conciencia de que “el Amigo” es, al mismo tiempo, Pastor y cordero sacrificado.
“Nada anteponer al amor de Cristo” es el núcleo de la regla de san Benito, que el Papa Benedicto XVI pone como fundamento de su programa.
Programa que se hace oración contemplativa y misionera cuando, volviendo una vez más a la santa inquietud, exclama:
“Que el Señor alimente también en mí un amor semejante, para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy”[22].
__________________
[1] L. Galiano, La apatía paraguaya, en “La Nación” (3 de abril de 2005) 18.
[2] M.A. Ortiz Granada, La Iglesia ausente, en “Última Hora” (5 de abril de 2005) 6.
[3] R. Paredes, Manoseo infame, en “Última Hora” (24 de abril de 2005) 34.
[4] Escribió Aelredo di Rievaulx, en su tratado sobre la amistad: “Ninguna vacilación, pues, entre amigos, ningún fingimiento, que repugnan muchísimo a la amistad. Al amigo hay que decirle la verdad; sin ella el nombre de amistad no vale más nada”, A. di Rievaulx, L’amicizia spirituale, § 137. A cura di P.M. Gasparotto, Edizioni Cantagalli, Siena 1971, 114.
[5] Cf. Homilía del cardenal joseph ratzinger en la misa “pro eligendo pontifice” (18 de abril de 2005).
[6] Agustín, Confesiones, I, 1, 1.
[7] Cf. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del Ministerio petrino (24 de abril de 2005).
[8] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico, Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, 285.
[9] J. Ratzinger, Fede e futuro, Editrice Queriniana, Brescia 1984, 95-96.
[10] A. Nichols, Joseph Ratzinger. A cura di J. Servais, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 1996, 99.
[11] J. Ratzinger, Concilio in cammino. Sguardo retrospettivo sulla seconda sessione, Edizioni Paoline, Roma 1965, 35.
[12] J. Ratzinger, La fraternidad de los cristianos, Ediciones Sígueme, Salamanca 2004, 105.
[13] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo..., 296.
[14] J. Ratzinger, Escatologia. Morte e vita eterna. Edizione italiana a cura di C. Molari, Cittadella Editrice (Piccola Dogmatica Cattolica 9), Assisi 1979, 63.
[15] Cf. J. Ratzinger, Escatologia..., 76-77.
[16] J. Ratzinger, Fede e futuro..., 97.
[17] J. Ratzinger, La fraternidad..., 106.
[18] J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dio. Questioni ecclesiologiche, Editrice Queriniana, Brescia 1992, 157-158.
[19] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio...
[20] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio...
[21] Cf. J. Ratzinger, Dogma e predicazione, Editrice Queriniana, Brescia 1974, 304.
[22] Benedicto XVI, Homilía durante la celebración de la palabra en la Basílica de San Pablo extramuros (25 de abril de 2005)
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
02/01/2024