El corazón y la interioridad
Las dos dimensiones del hombre
Según la Biblia, el hombre posee dos dimensiones: es decir, es bidimensional. Tiene su cara externa e inmediatamente perceptible, que se puede ver y cae bajo los sentidos sensibles; sin embargo, hay algo en él que va más allá de la exterioridad: es la parte interior. Cuando se habla del corazón se expresa algo que no aparece, que no se puede ver y no cae bajo los sentidos. La verdad y autenticidad del hombre están en este mundo interior, y la palabra del Señor nos demuestra que lo que cuenta verdaderamente es la interioridad del
hombre, lo que está en su secreto más íntimo.
“Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab, el mayor de edad, y se dijo: ‘Sin duda este será el elegido’. Pero el Señor dijo a Samuel: ‘No mires su apariencia ni su gran estatura, porque lo he descartado. Pues la mirada de Dios no es la del hombre; el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’” (1Sam 16, 6-7).
El profeta Samuel debía elegir al rey y, al entrar en la familia de Jesé, creyó que el elegido fuera el de mayor edad. Él razonó según un criterio humano: hay una exterioridad, la apariencia; sin embargo, hay sobre todo una parte interior, el corazón, que orienta toda la vida del hombre.
El corazón es esta dimensión profunda escondida; es como una raíz. Si uno no conoce el propio corazón, tampoco puede conocer el corazón de los demás. Allá donde Dios entra, van a desvelarse el pensamiento, el secreto, los deseos, lo profundo, no lo superficial.
Esto vale en el caso del profeta Samuel, pero la misma cosa pasa con nosotros frente a los demás. Si uno quiere ser verdadero discípulo del Señor, no debe juzgar según las apariencias, sino de acuerdo con el secreto más profundo de su corazón, que pertenece a Dios.
También nosotros aplicamos siempre nuestro criterio y, en las elecciones de las personas, nos dejamos guiar por algunos parámetros como la inteligencia, la honradez, el equilibrio, el consenso de la mayoría. El criterio de Dios es otro. Nosotros juzgamos según lo que vemos, el Señor mira a la dimensión más profunda, que es el corazón del hombre.
Dios conoce y escudriña el corazón humano
No solo no vemos en el corazón de otra persona y no podemos entender lo que está en su interior, sino que tampoco sabemos examinar nuestro propio corazón. Solo Dios sabe observar lo que está en el interior de cada uno. En el libro del Sirácida, está escrito que el Señor sondea los abismos de los hombres.
“Él sondea tanto los abismos del mar como los espíritus de los hombres; Él ve claro en sus proyectos” (Sir 42, 18).
No conocemos a la persona que encontramos y desconocemos quiénes somos. En efecto, existe una dimensión profunda, que es el misterio del corazón del hombre. Este se puede sondear solo entrando en el Corazón de Dios, que es el Corazón de Jesús, porque no se conoce a Dios, si no es a través de la persona física de Jesús. Sin conocer a Jesús, pues, no se puede conocer al hombre. La revelación divina no revela solo quién es Dios, sino también quién es el hombre y quién soy yo.
El corazón es el punto de apoyo de Dios. Si este es falso, Dios no encuentra un lugar donde apoyarse. Por eso, Dios escudriña y prueba el corazón. El Salmo 139 nos recuerda esta verdad:
“Señor, tú me examinas y conoces,
sabes si me siento o me levanto,
tú conoces de lejos lo que pienso.
Ya esté caminando o en la cama me escudriñas,
eres testigo de todos mis pasos.
Aún no está en mi lengua la palabra
cuando ya tú, Señor, la conoces entera.
Me aprietas por detrás y por delante
y colocas tu mano sobre mí.
Me supera ese prodigio de saber,
son alturas que no puedo alcanzar” (Sal 139, 1-6).
Si únicamente Dios conoce nuestro corazón, solo su intervención lo desvela y lo cambia, mientras que a nadie está permitido curiosear acerca de los secretos del corazón de los demás. Esto sería como entrar en un tálamo ajeno, en una pieza de la que no se posee la llave.
“Tenemos conciencia de nuestros actos y podemos juzgar su valor moral. El corazón, por el contrario, sigue siendo un misterio, es la parte oculta del hombre, que solo Dios conoce” (T. Špidlík, La espiritualidad del Oriente cristiano).
El secreto más íntimo no nos pertenece a nosotros, sino a Dios mismo, y es muy grave robarlo. No existe nada peor que la violencia contra los menores, pero hay una violencia más grave cuando se roba la interioridad y el secreto de otra persona; cuando no se tiene respeto por su secreto íntimo. Por eso, hay que saber cultivar el sueño del corazón, defenderlo y protegerlo.
Pero no debemos olvidar que el Dios bíblico y las exigencias de su Reino ponen en alerta frente a experiencias oníricas, que no refuerzan la fidelidad hacia el Dios liberador. Según la Sabiduría divina, “predicciones, visiones y sueños son tan vacíos... a menos que te sean enviados como una visita del Altísimo, no les prestes atención. Porque los sueños engañaron a mucha gente; los que confiaron en ellos fracasaron” (Sir 34, 5-7).
En la experiencia onírica del Nuevo Testamento, en el centro de todo está Dios, y su reino está en primer lugar. En realidad, todos los sueños narrados en el Nuevo Testamento no son sino variaciones de un único tema, Cristo (cf. A. Oepke, Onar, en Grande Lessico del Nuovo Testamento. A cargo de G. Kittel - G. Friedrich, VIII).
Del corazón de piedra al corazón de carne
“Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica; entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ez 11, 19-20).
El corazón cambia en la medida en que Dios habita y entra en él; de esta manera, se opera una renovación y se llega al Corazón de Dios, no como algo exterior, sino como algo interior. No se puede seguir permaneciendo frente al Corazón de Dios, sin cambiar la vida, o sea, la manera de pensar, la mentalidad, que, al modificarse, regenera el corazón. Entonces, los pensamientos y las palabras empiezan a salir en libertad. Cuando el corazón de piedra se transforma en corazón de carne, sabe conmoverse, llorar e incluso morir, si es necesario.
“Aquel que haya vuelto puro su corazón conocerá, no solamente las razones de los seres inferiores a Dios, sino que atraerá también, en una cierta medida, al mismo Dios y, cuando haya franqueado la sucesión de todos los seres alcanzará la cumbre suprema de la felicidad. Dios, manifestándose en ese corazón, se dignará grabar allí sus propias leyes por medio del Espíritu, como sobre nuevas tablas mosaicas. Esto en la medida en que el corazón haya progresado en la acción y la contemplación, según la intención mística del precepto: ‘Creed’” (Máximo el Confesor, Acerca de la purificación del corazón).
En la historia de la espiritualidad, encontramos la vida de Catalina de Siena, descrita por su biógrafo, Raimundo de Capua. En un punto del relato, se describe una experiencia de la Santa con todo un lenguaje simbólico.
“En un momento le pareció que su Esposo se le presentaba, le abría el costado izquierdo, le arrancaba el corazón y se lo llevaba, de manera que ya no lo sintió latir en el pecho… Algunos días después… se vio rodeada de una luz que venía del cielo y en mucho esplendor se le apareció el Señor que en sus manos sagradas llevaba un corazón rojo y brillante. Conmovida por esta presencia y por el resplandor, se inclinó hasta el suelo. Nuestro Señor se acercó, le abrió de nuevo el costado izquierdo e introdujo el corazón que había llevado consigo, diciéndole: ‘Hija mía queridísima, el otro día tomé tu corazón; hoy te doy el mío: de ahora en adelante te servirás de este’. Dichas estas palabras le cerró el pecho, pero en señal del milagro le dejó una cicatriz” [Cit. en I. Rodríguez, Corazón (cambio del), en Diccionario de Espiritualidad. Dirigido por E. Ancilli, I].
Después de este cambio, ella sintió ser otra persona, inundada de alegría, con el corazón a veces físicamente alterado y un fuego que lo devoraba, con palpitaciones y debilitamientos.
El corazón nuevo es, pues, el Corazón de Jesús. Esta es la novedad que tiene que realizarse en el costado de cada hombre, como dice san Pablo:
“He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 19-20).
La purificación del corazón
No se sana la interioridad hablando, discutiendo o haciendo programas, sino purificando el corazón en el secreto de la conciencia. En realidad, cuando un hombre está con los demás, puede ser que actúe por miedo, por vergüenza o por vanagloria. Mientras que, en el silencio, allí donde nadie puede entrar, más fácilmente hay una relación con Dios. Esta, a pesar de realizarse siempre en medio del Pueblo de Dios, es necesariamente un encuentro a solas, como decía santa Teresa; con Dios solo, desnudo. De esta forma, hay posibilidad de preguntarse a quién uno ama y por quién uno vive.
“Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Teresa de Jesús, Libro de la Vida, 8, 5).
Por eso, es importante un tiempo de auténtico silencio. Como escribía el doctor y místico de la Iglesia, san Juan de la Cruz, la palabra nace del silencio y vuelve al silencio. Sin un silencio interior, donde nos quedamos solos con nosotros mismos, donde no hay nada y nadie que pueda molestar, y donde la persona puede verificar a quién ama, no se puede llegar al Corazón de Jesús y dar una respuesta de amor, que no se encuentra escrita en un libro, sino solo en el corazón. De esta forma, cada uno se convierte en una carta escrita:
“Ustedes mismos son nuestra carta de recomendación; es una carta escrita en el interior de las personas pero que todos pueden leer y entender. Nadie puede negar que ustedes son una carta de Cristo, de la que hemos sido instrumentos, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; carta no grabada en tablas de piedra, sino en corazones humanos” (2Cor 3, 2-3).
¿A quién amamos? ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el deseo de nuestra vida? ¿Cuál es el sueño que no tenemos el coraje de confesar a nadie? ¿Cuáles son los caminos por donde queremos seguir? Todas estas son las preguntas que están en la profundidad de nuestro corazón.
Para llegar al Corazón de Jesús, se debe empezar, pues, con el coraje de la soledad, de la oscuridad, de la noche. Solo así se examina el corazón y es posible dar respuestas auténticas y creíbles para los demás.
La fe purifica el corazón
El silencio permite la escucha verdadera de la Palabra, que abre el corazón y lo purifica mediante la fe.
En los Hechos de los Apóstoles, se lee que Dios sana el corazón de los hombres por medio de la fe:
“Y Dios, que conoce los corazones, se declaró a favor de ellos, al comunicarles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No ha hecho ninguna distinción entre nosotros y ellos, sino que purificó sus corazones por medio de la fe” (He 15, 8-9).
Lo que es importante, pues, es que el corazón cambie en relación con la fe. Sin esta nada es posible; es esta la que salva.
Cuando Jesús obra los milagros, añade casi siempre esta expresión:
“Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 7, 50).
La fe, pues, es el fundamento de todo lo que se hace. Por medio de ella se encuentra a Dios y se realiza una efectiva purificación. Por eso, la persona se debe examinar acerca de la profundidad de su fe, de la cual todo germina.
En la Carta a los Efesios se afirma que, si tenemos fe, Cristo habita en nuestro corazón:
“Que Cristo habite en sus corazones por la fe, que estén arraigados en el amor y en él puedan edificarse” (Ef 3, 17).
Sin la fe, Cristo no puede tomar posesión de nuestros corazones, y si Él no habita en nosotros, tampoco podemos purificar nuestro corazón, que será siempre incapaz de amar, como bien lo explica Balduino de Cantorbery, pidiendo al Señor que lo llene con su presencia:
“Quita de mí, Señor, este corazón de piedra, quita de mí este corazón endurecido, incircunciso. Tú que purificas los corazones y amas los corazones puros, toma posesión de mi corazón y habita en él, llénalo con tu presencia, tú que eres superior a lo más grande que
hay en mí y que estás más dentro de mí que mi propia intimidad. Tú que eres el modelo perfecto de la belleza y el sello de la santidad, sella mi corazón con la impronta de tu imagen; sella mi corazón, con tu misericordia, tú, Dios por quien se consume mi corazón, mi herencia eterna” (Balduino de Cantorbery, Tratado 10).
Sin el Corazón de Dios, que se conoce por el de Cristo Jesús, cualquier cosa que se haga pierde su eficacia y sus efectos.
En Roma, al escuchar la predicación de Pablo, se le abrió el corazón a una mujer de nombre Lidia:
“Una de ellas se llamaba Lidia, y era de las que temen a Dios. Era vendedora de púrpura y natural de la ciudad de Tiatira. Mientras nos escuchaba, el Señor le abrió el corazón para que aceptase las palabras de Pablo. Recibió el bautismo junto con los de su familia, y luego nos suplicó: ‘Si ustedes piensan que mi fe en el Señor es sincera, vengan y quédense en mi casa’. Y nos obligó a aceptar” (He 16, 14-15).
La historia de Lidia nos indica la importancia de la mediación de los hombres y de la palabra de la Iglesia, para encontrar a Dios. Además, nos muestra que la fe está relacionada con la palabra y con la capacidad de escucha de las personas.
La relación no es con alguien que anuncia la palabra, sino con Dios, por medio de la persona que evangeliza. Por eso, el que anuncia debe tener la capacidad de desaparecer, para que se produzca el encuentro entre la libertad del hombre que escucha y la libertad de Dios que habla. El mediador de la Palabra no tiene ningún poder; debe quedar fuera de la puerta, en un cierto sentido, al exterior de la pieza donde se produce el encuentro.
Todo esto tiene sus consecuencias importantes, tanto para la pastoral como para el proceso educativo y formativo. Muchas veces, por lo que se refiere a los padres y educadores, hay que saber retirarse para que los jóvenes puedan vivir su vida. El educador no tiene ningún poder; en efecto, no es su presencia la que salva, sino la presencia de Dios y la libertad del hombre.
Por el contrario, muy a menudo, el educador quiere hacerlo todo, pensando así saber amar. Sin embargo, se trata de un protagonismo que dificulta el encuentro entre la persona y la palabra de Dios, condición por excelencia para la purificación del corazón.
Donde se vive la escucha auténtica de la palabra de Dios, se produce el verdadero conocimiento; mientras que donde no se vive la Palabra, se habita en la oscuridad. Se puede estar toda la vida con una persona, pero sin la palabra de Dios no se llega a conocerla de verdad. A veces, se cree que todo empieza con un acuerdo entre nosotros; mientras que todo se renueva y renace solo cuando se pone en el centro de la vida la palabra del Señor, que desvela el corazón, que es el lugar donde se toman todas las decisiones. Se debe cultivar la dimensión de la interioridad; hacer coincidir la interioridad con la exterioridad, porque la palabra auténtica sale del corazón, y la boca habla de la abundancia del corazón.
Emilio Grasso, El Sagrado Corazón de Jesús, plenitud de Amor y de Verdad,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 20),
San Lorenzo (Paraguay) 2008, 10-19.
(Continúa)
27/06/2024
hay en mí y que estás más dentro de mí que mi propia intimidad. Tú que eres el modelo perfecto de la belleza y el sello de la santidad, sella mi corazón con la impronta de tu imagen; sella mi corazón, con tu misericordia, tú, Dios por quien se consume mi corazón, mi herencia eterna” (Balduino de Cantorbery, Tratado 10).