Imprimir

 

 

Dos veces, en la solemne celebración de la Vigilia Pascual, resuenan algunas palabras dirigidas a las mujeres fieles que habían ido al sepulcro de Jesús.

La primera vez fue cuando el Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado” (Mt 28, 5).

La segunda vez, fue cuando Jesús mismo dijo: “No teman”, e invitó a las mujeres a dar el anuncio a sus hermanos para que vayan a Galilea, donde lo verán (cf. Mt 28, 10).

Las mujeres fieles no abandonaron al Crucificado, y el Crucificado, que es la misma persona del Resucitado, las llamó a la alegría, a no tener miedo, al anuncio de la victoria final de la vida sobre la muerte.

La liturgia de la Pascua de Resurrección nos hace proclamar que “la muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive”.

Nunca como en este tiempo estamos llamados a verificar la consistencia y la fuerza de nuestra fe.

La fe no es la proyección de nuestros sueños, de nuestros deseos. Y tampoco es la realización de lo que queremos, pagando el producto que deseamos a un precio establecido por nosotros mismos.

Muchas veces, nos comportamos como Simón, el mago de quien habla el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Está escrito, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que

“al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se transmitía el Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: ‘Denme a mí también ese poder, de modo que a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo’. Pedro le contestó: ‘¡Al infierno tú y tu dinero! ¿Cómo has pensado comprar el Don de Dios con dinero?’” (He 8, 18-20).

La tentación de recurrir a la magia es grande y, en cierto modo, Jesús quiso sufrirla.

Satanás, en el desierto, lo invitó a utilizar su poder divino para saciar su hambre y para asombrar a los judíos; pero Jesús no quiso recibir de él el poder sobre el mundo: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás” (cf. Mt 4, 1-11).

El hombre, creado libre y capaz de escoger a Dios, recibe de Dios mismo el dominio del mundo; por tanto, no tiene que recurrir a la magia, que solo puede parodiar la naturaleza y corromper los efectos de la fe.

El momento duro y difícil de nuestra vida nos llama a una respuesta que juzga y purifica nuestra fe.

Estamos llamados a dar una respuesta personal, sin escondernos detrás de una masa anónima.

Como frente a la muerte, así frente a la fe la respuesta es siempre personal: mi única y exclusiva respuesta que nadie puede dar en mi lugar.

Vivir la Pascua de Resurrección quiere decir afrontar el problema del sentido de la vida.

Y la vida es auténtica solo cuando llega la noche oscura, el momento de la prueba en la que se ve a quién ama y a quién no ama. Si no sabemos pasar con fidelidad a través la puerta estrecha, la hora de las tinieblas, no podremos llegar a la resurrección. Cristo resucitó verdaderamente porque fue crucificado, porque pasó por la muerte. Y nosotros no debemos tener miedo a vivir los momentos duros de la vida, no debemos buscar el engaño de una vida fácil, porque allí no hay ninguna posibilidad de resurrección, sino solo de la muerte y de la derrota eterna.

Quien sabe vivir la propia vocación, el amor de su vida, con fidelidad, paciencia y alegría, incluso en los momentos difíciles, sin hacer pesar sobre los demás el propio sufrimiento, podrá experimentar la resurrección con gran alegría.

Estamos llamados a vivir, sin temor, la aventura que conduce a la felicidad y supera los extremos confines del tiempo y del espacio: la aventura que nace de la Cruz de Cristo resucitado, alegría y paz para todos los que quieran seguirlo.

Nunca como hoy la fe cristiana hace de nosotros auténticos revolucionarios.

Con el Papa Francisco no podemos evitar decir:

“Son muchos los revolucionarios en la historia, han sido muchos. Pero ninguno ha tenido la fuerza de esta revolución que nos trajo Jesús: una revolución para transformar la historia, una revolución que cambia en profundidad el corazón del hombre. … Porque la verdadera revolución, la que transforma radicalmente la vida, la realizó Jesucristo a través de su Resurrección: la Cruz y la Resurrección”[1].

Un verdadero revolucionario no se deprime, no se abate, no abandona el campo, sino que se organiza con inteligencia, con disciplina, con firmeza y sabe bien que “la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe” (1 Jn 5, 4).

Emilio Grasso

 

 

______________

[1] Papa Francisco, Discurso a los participantes en la asamblea diocesana de Roma (17 de junio de 2013).

 

 (Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

20/04/2025

 

Categoría: Artículos