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Valores teológicos y espirituales

Segunda parte

 

La dimensión escatológica

La segunda dimensión recordada por la fidelidad creativa es la dimensión escatológica. Es conocida la afirmación de Von Balthasar: “La escatología es el signo de los tiempos de la teología contemporánea”[1].

El gran teólogo recuerda que el Reino de Dios, ya que Jesús es un hombre, no viene solamente de lo alto y de lo exterior; es esencialmente también fruto de la tierra. Fruto de María y en ella de todo el pueblo santo, quien tiene realmente una misión en este mundo[2].

Por su función de signo escatológico, la vida consagrada recuerda que la única cosa necesaria es buscar el Reino de Dios y su justicia, invocando continuamente la llegada del Señor[3].

“Esta espera – está escrito en la Exhortación Apostólica – es lo más opuesto a la inercia: aunque dirigida al Reino futuro, se traduce en trabajo y misión, para que el Reino se haga presente ya ahora mediante la instauración del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar también en la sociedad humana actitudes eficaces de justicia, paz, solidaridad y perdón”[4].

Aquí volvemos a encontrar las dos configuraciones, mística y política, de las que se ha hecho mención anteriormente.

Uno de los riesgos que corre hoy la vida consagrada es aquel del intimismo y de la búsqueda de espacios asépticos y neutrales, después de la borrachera del empeño del “todo es político” de las últimas décadas. En este esquivar completamente la dimensión política de la realidad, como en querer reducirlo todo a política, está la presencia de una crisis siempre al acecho en la relación entre fe e historia, entre trascendencia e inmanencia, entre interioridad y mundo, entre escatología y Encarnación[5].

Si es difícil vivir la tensión dialéctica entre los dos polos, no por eso es lícito suprimirla y refugiarse en uno de los dos elementos en cuestión, excluyendo el otro. Muchas veces se ha creado, en la praxis, una separación en lo que debía quedar distinto y una confusión en lo que estaba llamado a estar unido, construyendo situaciones en las que cada uno viajaba por su cuenta, ejerciendo una función y dejando a otros las restantes funciones. Muchas veces se ha venido creando una incomunicabilidad y una consiguiente incomprensión de fondo, con celosas y encarnizadas defensas de espacios que se creía haber conquistado por siempre y percibido como siempre acechados. Y ya que las dos polaridades deben estar presentes siempre, se ha terminado por asumir comportamientos y posiciones bien distantes de la propia vocación y del propio carisma.

Es triste ver que el enrocarse en la propia identidad, en nombre de las supuestas exigencias de Dios y del carisma, llega a la valiente defensa, hasta la ruptura de la unidad, de las que no resultan ser nada más que expresiones culturales de otro tiempo.

En la vertiente opuesta, la búsqueda del presencialismo a toda costa y del perseguir la última moda llega al punto de negar la autonomía de lo mundano y la ajenidad de tantas realidades suyas, en la tentativa de poner un distintivo o de revestir con una cruz aun lo que tiene que ser reconocido, en nombre del respeto de la libertad de la persona, en su alteridad y quizás también en su oposición.

En el fondo, hay un miedo a la soledad, a seguir desnudos al Cristo desnudo[6]; a entregarse completamente a la Palabra que nos llamó; a vivir hasta el final el sí de la primera hora, hasta sus extremas consecuencias.

Corremos el riesgo, a veces, de sobrecargar a la misma comunidad de expectativas y sentidos impropios, o buscamos en el mundo, a lo mejor ilusionándonos con la excusa de la misión, lo que no sabemos encontrar adentro o, más sencillamente, no se nos da encontrar.

La dimensión escatológica, unida a la profética, la contemplación del Reino y sus exigencias unida al anuncio, sin vergüenza y miedo, de la Palabra escuchada, rezada, contemplada y vivida, son las únicas estrellas polares en el camino de la noche, que a veces se hace realmente oscura.

Centinela, ¿qué hora es de la noche?

Si la noche es, como hemos visto, el tiempo que transcurre entre el principio y el fin, al consagrado le compete, en fuerza de su función de signo escatológico, interpretar el tiempo y ponerse como centinela, al que uno se dirige para preguntar cuánto falta para el amanecer.

“Centinela, ¿qué hora es de la noche? Centinela, ¿qué hora es de la noche?” (Is 21, 11).

En el transcurrir de la noche, donde la oscuridad ya no permite la percepción clara de la sucesión de las horas y todo se vuelve indistinto y confuso; en la noche de las personas y de los pueblos y también en la posible noche de la comunidad cristiana, se perfila el carisma insustituible de los consagrados, su dimensión escatológica y profética.

Ellos, en la plenitud de la noche, son los centinelas que vigilan y a los que todos se dirigen para preguntar cuánto se tiene que esperar todavía para ver brotar el alba de la mañana que viene.

“Centinela, ¿qué hora es de la noche? Centinela, ¿qué hora es de la noche?” (Is 21, 11).

Los consagrados son la reserva escatológica del pueblo de Dios, los que escudriñan continuamente los signos del Reino de Dios y de su justicia, y son iluminados por el amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive.

Si la noche es el tiempo así establecido en la comparación con la luz del día, la noche desaparecerá cuando brote la mañana.

Pero, ¿cuánto queda todavía por esperar?

¿Cuándo, por fin, veremos brotar el alba?

Día y noche, luz y tinieblas, bien y mal, libertad y esclavitud, vida y muerte tenemos que interpretarlos y leerlos como realidades teologales. Las ciencias humanas deben ser respetadas en su autonomía y en sus estatutos epistemológicos.

¡Ay de nosotros!, sin embargo, si perdemos el sentido último de nuestro carisma de consagrados, asumiendo una dimensión que no es nuestro proprium.

El proprium del consagrado no se encuentra en la finalidad por la que un Instituto ha nacido.

La crisis – e incluso se me permita decir la tragedia – de muchas vocaciones religiosas se encuentra en haber puesto el fin como fundamento ontológico.

La escuela, la asistencia a los enfermos, la educación de los jóvenes, el acompañamiento de los minusválidos, la misión, la predicación o cualquier otra finalidad están conectados al tiempo de la noche. Estas finalidades desaparecerán.

El cielo y la tierra de antes desaparecerán y el mar ya no existirá (cf. Ap 21, 1).

En aquel tiempo también “las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado” (1Co 13, 8). “Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena” (Ap 21, 4).

Todos los carismas conectados a una obra se desvanecerán. Ellos están atados al tiempo y sirven para iluminar la noche. Además, nunca se debe olvidar que las individuales comunidades religiosas pueden extinguirse. Institutos que ya no son adecuados para la época en que viven pueden ser obligados a cerrar. La garantía de duración perpetua hasta el final del mundo, que ha sido dada a la Iglesia en su conjunto, no es concedida necesariamente a cada uno de los Institutos religiosos[7].

La mirada hacia la luz que viene y declara el fin del tiempo pertenece al centinela, al consagrado.

Él no está llamado a la mera gestión de las obras, sino a leer e interpretar los signos de los tiempos con fidelidad creativa; a anunciar proféticamente cuáles son las exigencias del Reino en las mudables circunstancias históricas.

Si las ciencias humanas pueden y deben ayudarlo, los “ojos de la fe”[8], que penetran y escudriñan cada realidad, tendrán que tener la última palabra.

También acerca de esta fidelidad estamos llamados a ponernos de nuevo profundamente en discusión. A la pregunta: “Centinela, ¿qué hora es de la noche?”, él mismo contesta de manera tal que deja a quien pregunta la última palabra, el gesto final que empeña toda la responsabilidad personal: “Llega la mañana, pero también la noche; si ustedes quieren preguntar, pregunten, pero vuelvan otra vez” (Is 21, 12).

Hasta el final de los tiempos, el profeta que viene de Dios nunca podrá anunciar una mañana sin fin.

“Llega la mañana, pero también la noche”. Es un falso profeta quien en la noche que se acerca no sabe ver la mañana que viene. Pero, lo es igualmente quien en la mañana que surge, no sabe entrever la noche que sobreviene.

La auténtica profecía no se junta con la búsqueda del consentimiento y no se somete a la tiranía de los números. No se encomienda a la audience o a los sondeos de opinión.

El verdadero profeta no dice lo que el público que oye quiere escuchar, y no se preocupa por los resultados que vendrán. Una muchedumbre que llena los templos o las plazas no es, en sí, signo de una nueva primavera. Como no son signos de noche alta el vacío y el abandono.

Hasta el fin habrá un conflicto entre el poder del maligno y el Reino de Dios.

Hay una dimensión exodial, diaspórica y crucificada de la realidad, que nunca podemos ilusionarnos de eliminar.

Por eso, el centinela, al reconocer el sucederse de mañana y noche, no se sustrae al diálogo y a la paciencia de la escucha: “Si ustedes quieren preguntar, pregunten, pero vuelvan otra vez”.

Llamando a volver otra vez, el profeta invita a todos a una búsqueda sin descanso, a una paciencia que no se agota. Porque “el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”[9].

El profeta sabe que “la libertad para el mal ya no tiene la última palabra”[10], y por eso, también el anuncio de la noche que vuelve después de la mañana es anuncio de esperanza. Él no teme, osa, acepta todos los desafíos. Él es libre y con alegría introduce con su presencia, en la historia de los hombres – en la historia que es su historia, sobre la tierra que es su tierra –, un soplo de libertad y alegría.

Emilio Grasso

 

 

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[1] H.U. von Balthasar, I novissimi nella teologia contemporanea, Queriniana, Brescia 1967, 31.

[2] Cf. H.U. von Balthasar, I novissimi..., 78.

[3] Cf. Vita consecrata, 26.

[4] Vita consecrata, 27.

[5] Para el tema de la relación entre fe y política, remito a E. Grasso, La Misión de los laicos en la Iglesia. Pautas para un compromiso en la política, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 6), Capitán Bado 2004. Cf. Deus caritas est, 26-29.

[6] Cf. R. Grégoire, Nudité, en Dictionnaire de Spiritualité, XI, Beauchesne, Paris 1982, 508-513.

[7] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general. La vida consagrada en la Iglesia (28 de septiembre de 1994).

[8] Se trata de la famosa expresión introducida por el P. Rousselot en un artículo publicado en 1910, cf. P. Rousselot, Les yeux de la foi, en “Recherches de Science Religieuse” 1 (1910) 241-259; 444-475.

[9] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 de abril de 2005).

[10] J. Ratzinger, Il messaggio di Fatima. Commento teologico, en “Il Regno-documenti” 45 (2000) 405.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

02/03/2026

 

Categoría: Artículos