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A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Leyendo la Biblia, encontramos muchas expresiones verdaderamente contundentes que nos tocan profundamente. Una de estas, que siempre me ha tocado e impresionado, es la que se halla en el libro del Apocalipsis:

“Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 15-16).

El mensaje a la Iglesia de Laodicea es el más riguroso de todos. Este reprueba el estado espiritual de los cristianos adormecidos en su presunción y ofuscados por su riqueza.

La tibieza es causada por la indiferencia y esta indiferencia es un estado que desagrada muchísimo a Dios. “Maldito el que ejecuta con flojera el trabajo que el Señor le ha encomendado” (Jer 48, 10)

La tibieza es la condición espiritual de quien se compromete de un modo mediocre en la vida de gracia. Es un estado que excluye tanto el odio hacia Dios, con el pecado, como el fervor, con la generosidad del compromiso personal. Es una especie de letargo espiritual en que nos contentamos con el mínimo necesario para no apagar la gracia, sin demasiados esfuerzos y sin demasiado empeño.

Los tibios, por la razón de que no son ni fríos ni calientes, pertenecen a aquel grupo de personas que viven solo gracias al riesgo que asumen los demás. Ellos nunca toman partido ni por una ni por otra parte. Esperan siempre que otras personas se expongan y paguen el precio de la entrada en un sitio. Luego, al último momento y sin siquiera llamar la atención (porque después nunca se sabe cómo la cuestión pueda terminar…), entran ellos también, si han comprendido que, para seguir comiendo, se necesita entrar y no quedarse fuera de la puerta. Entran solo cuando otros primero han arriesgado algo de su vida y pagado el precio de la entrada.

El tibio es como quien ha enterrado el talento recibido y espera poder entrar y ser recompensado por el Señor cuando vuelva, por la sola razón de que él ha enterrado y encerrado, en el sepulcro y en el sueño de la muerte, su inteligencia, su voluntad, su libertad, su responsabilidad, sus manos, su boca, sus pies, su corazón…

El alma del tibio vive un compromiso implícito que fatalmente conduce a la completa ruina espiritual. La inteligencia rehúsa acoger y valorar la luz que Dios le concede, la voluntad no tiene ya energía, el corazón se vuelve gradualmente insensible al amor de Dios. Es un estado del que generalmente al principio uno no se da cuenta; se dará cuenta solo cuando ya no habrá remedio.

La indiferencia causada por la tibieza es, para Dios, mayor ofensa que la abierta ruptura, el rechazo, el pecado. Porque el rechazo explícito, el pecado profundo, puede dar origen, por reacción, a la conversión, mientras que quien se contenta con lo mínimo, nunca estará en condiciones de aspirar a más, de aspirar a la plenitud de la vida.

A veces, el cansancio físico o las pruebas morales o la incapacidad de concentración pueden llevar a un desaliento, a la sensación de inutilidad, al deseo de abandonarlo todo. Debemos saber bien que esto no es nada extraño y nada pecaminoso. Incluso los más grandes santos han vivido estas experiencias. Siempre debemos recordar que el crecimiento espiritual progresa lenta y pacientemente.

“Tengan paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Miren cómo el sembrador cosecha los preciosos productos de la tierra, que ha aguardado desde las primeras lluvias hasta las tardías. Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca” (Stgo 5, 7-8).

San Cipriano y san Agustín nos traen a la memoria el imperativo evangélico de las virtudes teologales: “Para que la fe y la esperanza den su fruto, es necesaria la paciencia, la cual no es más que la caridad fraterna vivida”.

Es, pues, la vida de comunidad, como caridad fraterna vivida y no solo proclamada, el remedio más grande contra la impaciencia. Y la paciencia, que brota de la vida comunitaria, combate la tibieza porque nos hace salir de nosotros mismos y nos hace sentir como nuestros los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los que viven cerca de nosotros.

El tibio, pues, necesita siempre justificarse. El orgullo, nunca bien reprimido, renueva sus ataques; así el tibio sigue complaciéndose de sí mismo, de sus propias cualidades, de sus buenos éxitos externos.

El primer efecto de la tibieza es una especie de ofuscamiento de la conciencia. Se pierde la conciencia de la propia condición:

“Tú piensas: ‘Soy rico, tengo de todo, nada me falta’. Y no te das cuenta de que eres un infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3, 17).

Hay una alteración de las sensaciones: “A algunos su camino les parece recto, pero al final del camino está la muerte” (Pro 14, 12).

Un debilitamiento progresivo de la voluntad conduce lentamente a caídas más graves. “El que se descuida en las pequeñas cosas decaerá poco a poco” (Sir 19, 1). Y el Evangelio según san Lucas nos recuerda la importancia de la fidelidad a las pequeñas cosas: 

“El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes; y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas importantes” (Lc 16, 10).

Este es el camino de una espiritualidad que, sin menospreciar la marginalidad y el fragmento, sabe llegar al centro del corazón de Dios saliendo de la periferia, donde vive lo que aparentemente no cuenta nada. Estos son fragmentos que parecen sin valor, pero en realidad son los únicos caminos que conducen al centro de la historia de los hombres, y al centro más profundo del corazón de Dios.

Entre los fragmentos sin valor, las pequeñas cosas, hay los tapabocas.

Debe estar claro que, en este tiempo de pandemia del COVID-19, el tapaboca puede salvar nuestra vida y la vida de los demás, como nuestra vida y la vida de los demás pueden ser salvadas por el mantenimiento de las distancias y evitando saludos donde se aprietan las manos.

Son pequeñas, pequeñitas cosas. Pero es inútil hablar de las grandes cosas cuando no sabemos y no queremos observar las pequeñas. Y perdemos autoridad y credibilidad cuando seguimos haciendo grandes discursos y pisoteamos los fragmentos y las pequeñas cosas.

 

Con ocasión de la fiesta patronal de la capilla San Antonio María Claret, que se celebra el sábado 24 de octubre, quiero enviar mis queridos saludos a todos los fieles de la capilla y mi agradecimiento a la Coordinadora, doña Basílica Concepción Oviedo de Vera.

Además, el domingo 25 de octubre se celebra la fiesta patronal de la capilla Nuestra Señora del Rosario, y por esta ocasión deseo enviar mis saludos amistosos a todos los fieles de la capilla, a doña Bernarda Rodas de Pineda y a Cinthia Azucena Pineda Rodas, a la que le agradezco por su tarea de Coordinadora.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

24/10/2020

 

Categoría: Homilías y discursos