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A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Desde la primera Homilía, he repetido que debemos considerar este tiempo de la pandemia como un kairós, un tiempo favorable del cual debemos saber aprovechar para corregir –como escribía san Pablo VI– “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (Evangelii nuntiandi, 19).

Entre estos modelos de vida está nuestra manera de peregrinar hacia un santuario o un lugar sagrado y, al mismo tiempo, nuestra manera de dirigirnos a la Virgen María.

En la manera de peregrinar hacia el Santuario de la Virgen de Caacupé hay muchas cosas que revisar.

La peregrinación, ligada a la piedad popular, es ciertamente un símbolo con grandes posibilidades de creatividad y de adaptación, y precisamente por eso, está entre los signos religiosos más expuestos al riesgo de manipulación.

La peregrinación no es un simple itinerario que se cumple para ir de un lugar a otro. Se camina no solo para llegar, sino también para vivir el camino: la peregrinación añade a la acción ritual sentimientos de penitencia, de súplica, de agradecimiento y esto se desarrolla en los lugares donde los hombres viven la cotidianidad.

La peregrinación recuerda también que ahora, en la Tierra, la Virgen María acompaña a los creyentes en camino y, “hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).

Muy a menudo, se tiene un sentido no auténtico y no verdadero acerca de la presencia de María, porque se ve en ella casi a una diosa. Nunca debemos olvidar que María es una creatura, una pobre hija del pueblo de Israel. Su pobreza y su humildad constituyen su grandeza.

Un ángel le transmite el mensaje de Dios, que trastorna su vida, sus planes, sus proyectos.

La fe es aceptar a un Dios que entra en la historia del hombre, que pide algo diferente de lo que nosotros habríamos esperado; algo que desbarata, que llama a un cambio total del corazón, de la mentalidad, a la acogida de su voluntad.

“Hágase en mí según tu palabra”, responde María al ángel, permitiendo a Dios hacerse hombre entre los hombres y compartir con ellos su alegrarse y su padecer, su vivir y su morir.

Dios tiene necesidad del hombre, de la respuesta creadora a su llamada, a su manifestación, a su creación.

En esta respuesta de la libertad humana a la palabra de Dios está el valor del hombre, y en el sí total e incondicional de la libertad de María está precisamente su grandeza. María es tan pobre y tan vacía de sí que no opone nada a Dios. Cuando el ángel le anuncia que tendrá un hijo, ella le hace solo notar que no conoce hombre. Y al ángel que le recuerda que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios, María le entrega, en su libertad, el sí que permite a Dios ser el Emmanuel, el Dios-con-nosotros: “Hágase en mí según tu palabra”.

El amor a María significa tener amor por el Señor, hacer, como dice el Concilio Vaticano II, que mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado, y sean cumplidos sus mandamientos (cf. Lumen gentium, 66).

Amar a María quiere decir llegar a permanecer, como ella, en la escucha y en la puesta en práctica de la Palabra, en el vivirla, diciendo continuamente: “Hágase en mí según tu palabra”.

En la dificultad, en la oscuridad de los acontecimientos, María vive y experimenta la Palabra, y esta se vuelve en ella carne y sangre. Cada creyente tiene que llegar a ser María, porque cada alma que cree, dice san Ambrosio, concibe y engendra al Verbo de Dios.

Acompañado por María en su camino en la Tierra, el creyente aprende a confiar su vida en las manos del Señor, cumpliendo su voluntad.

Muchos van a Caacupé porque dicen que deben pagar sus promesas. Sería oportuno enseñar a librarnos de este lenguaje comercial, que trata a la Madre de Dios como una gerente de negocios o una directora de una financiera, donde se anticipan préstamos y se pagan deudas.

La única manera para entrar en relación con esta Mujer es imitarla en su fidelidad a la Palabra que ella engendró.

En palabras sencillas: llegar a ser como ella.

Que la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María –aunque en tiempo de pandemia, y con todas las limitaciones que el flagelo del COVID-19 nos imponen en defensa de nuestra vida y de la vida de los demás– sea, para nosotros, llena de gracias y llegue a transformar nuestra vida. Que cada uno de nosotros pueda decir al término de su vida: “He dado vida a la palabra del Señor. Esta se ha hecho carne en mi cuerpo, se ha vuelto carne de mi carne”.

Dios, para poder hacerse presente en los caminos del hombre, tiene necesidad de que nosotros, como María, le demos nuestra carne y nuestra sangre, nuestras manos, nuestros pies, nuestra boca, nuestro corazón: no somos nosotros los que tenemos necesidad de Dios, sino que es Dios quien tiene necesidad de nosotros.

Y, por favor, librémonos de este lenguaje que nada tiene que ver con la Madre de Dios, lenguaje donde se utilizan palabras que tienen el sentido de vender y de comprar, y que, al final, se reducen a las palabras: “Vamos a Caacupé para pagar nuestras promesas a la Virgen…”.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

28/11/2020

 

Categoría: Homilías y discursos