Imprimir

 

Homilía de Emilio en memoria de Maurizio

 

Queridísimo Maurizio:

En el lejano mes de septiembre de 1967, me nombraron vicario de la parroquia de San Giuseppe Artigiano en el barrio Tiburtino-Portonaccio de Roma.

Unos días después de mi llegada, apareciste junto a otros jóvenes de la misma edad para pedirme que yo también organizara partidos de fútbol como mi antecesor. Les contesté que me gustaba muchísimo el fútbol, pero que yo me había convertido en sacerdote únicamente para entrenar a jugadores con el fin de disputar el partido de la vida y, por lo tanto, solo podría adiestrarlos para este match.

A pesar de que los decepcioné, uno de ustedes me preguntó si, al menos, el sábado por la noche les podría pagar una pizza. Les repliqué que el partido de la vida implica responsabilidad personal y, ciertamente, que no te rodees de personas que te siguen solo porque siempre reciben algo.

Incluso, como bien recordarás, ustedes casi me amenazaron con que no volverían jamás a aparecer en mi vida. Yo era sacerdote, les contesté, y no necesitaba de nadie cerca de mí para realizarme como tal.

Si un cura no es capaz de vivir solo, no es libre; y, si no es libre, engañará continuamente a los que lo rodean porque jamás adquirirá el coraje de la verdad.

Todavía más decepcionados se me iban alejando, pero uno de ustedes me dijo: “Por lo menos, ¿nos darás un cigarrillo?”. Yo les objeté que no fumaba y que el tabaco daña la salud, además de ser un despilfarro de dinero.

Empezaron a decir que yo no era un buen sacerdote. El auténtico cura era mi predecesor, quien los había acostumbrado a partidos de fútbol, pizzas, cigarrillos y excursiones en la nieve. Naturalmente, ese cura, unos meses después del traslado de parroquia, dejó el sacerdocio y se casó.

Después de algunos meses, muchos de ustedes volvieron a visitarme. Comenzamos a ser amigos para jugar el partido de la vida.

Algunos se cansaron pronto y desaparecieron definitivamente. Otros continuaron, superando muchas dificultades; sin embargo, cuando se trató de vencer sus obstáculos personales y no generales, se fueron derritiendo como nieve bajo el sol. No entendieron que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo.

Por contra, algunos con más tenacidad se mantuvieron firmes. Entre estos estabas tú.

El partido de la vida se gana cuando se marca el gol de la victoria final. Y este gol solo se produce cuando se regatea, balón al pie como un guante, como tú sabías hacerlo con tu estilo inigualable, superando la línea de la puerta adversaria: el umbral de la muerte.

Es un secreto entre tú y Dios cuánto debiste padecer y sufrir para lograr, pelota al pie, sobrellevar todas las adversidades, cruzar la puerta de la muerte y sellar el gol de tu victoria.

En las últimas palabras que te dije por teléfono, reiteré lo que tú siempre reconociste: yo jamás traicioné el discurso del día en que nos conocimos. Permanecí firmemente fiel a aquel discurso y me consta que es algo que tú me agradeciste hasta tus últimas palabras, cuando me escribiste: “El buen Dios ha sido muy clemente conmigo. Ha mirado con ojos misericordiosos mi miseria. Me ha golpeado en el cuerpo para liberar mi corazón”.

Agregué otra cosa. Nada nuevo, sino el sentido de mi sacerdocio que tú quisiste compartir conmigo: seguiré siendo implacable y enemigo intransigente contra todos los que quieran tocar, con sus manos sucias, el sueño de amor que Dios deposita en el corazón de un hombre.

Dios, cuando tú fuiste concebido, puso en tu corazón un sueño de amor, ese que tú fuiste descubriendo y realizando, y que ahora el mismo Dios custodia. Fui yo quien te guió hacia este momento de gozo. Bien lo saben tus queridísimos hermanos que tanto te aman: Luigi y Maddalena.

Ahora te requiero que devuelvas lo que me debes.

Desde lo alto del cielo, conviértete en el más “violento” posible. Es el Evangelio que lo afirma: “Regnum caelorum vim patitur, et violenti rapiunt illud” (“El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”, Mt 11, 12).

Y con tu “violencia”, ruega al Señor Jesús que defienda, incluso en contra de mí y de todos nosotros, el sueño de tantos jóvenes que desean la felicidad, no de una pizza, ni de un partido de fútbol o de un cigarrillo, sino de aquella felicidad desbordante que solo sabe gozar quien, como tú, hasta el último instante, asoció su vida a la cruz del Señor resucitado.

Pocas horas antes de que empezaras a perder el conocimiento, recibiste estas palabras de Mary, uno de los frutos más hermosos de nuestra historia, una joven de nuestra Comunidad nacida en una de las zonas más desfavorecidas de Paraguay. Te las leyeron y tú sonreíste:

Queridísimo Maurizio:

Eres verdaderamente un niño muy guapo: no te quejas, te portas muy bien y eres muy paciente.
Me atrevo a dejarte un rato solo. Me voy a llevar algunos platos de tallarinada (fideos y pollo) a unos enfermos y ancianitos muy pobres.
La tallarinada fue organizada por la familia de Isabelino, aquel chico muy pobre y enfermo de cáncer, para recoger un poco de plata para sus tratamientos sanitarios.
Compré, con el dinero que Hipólita había regalado a Emilio, las adhesiones de la tallarinada y ofrezco este almuerzo en tu nombre a estos pobres que representan verdaderamente el rostro de Cristo.

Un tierno abrazo, Mary

Posteriormente, estas palabras tuvieron la solemne ratificación de nuestro amadísimo Obispo Mons. Patrick Hoogmartens, que con gran sensibilidad pastoral te visitó, quedándose largo tiempo cerca de ti mientras morías, bendiciéndote y rezando. Tú lo reconociste y lograste pronunciar algunas palabras, no como una calificación formal, sino con un significado profundo: “Monseñor... Mi Señor”. Y en el rostro de nuestro amadísimo Mons. Hoogmartens reconociste el rostro de Jesús.

¡Chau!, amigo del corazón. Quédate seguro. No estoy cansado para nada.

Y también yo llegaré, pelota al pie, a superar la línea adversaria y ganar a la muerte.

Un gran abrazo tiburtino que llega hasta los extremos confines de la tierra.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

22/09/2021

 

Categoría: Homilías y discursos