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Navidad, monaquismo y misión en las homilías del P. Giuseppe Dossetti

 

El 15 de diciembre de 1996 fallecía el P. Giuseppe Dossetti. Nacido en 1913, él fue profesor de derecho eclesiástico en la Universidad de Modena (Italia), dirigente político durante la Resistencia al fascismo; diputado en la Asamblea Constituyente y en la Primera Legislatura de la República Italiana, Vicesecretario de la Democracia Cristiana, el partido de gobierno. En 1952 abandonó la vida política para crear, en Bolonia, una biblioteca para la investigación histórica y teológica para laicos, el “Centro de documentación”. En 1956, todavía laico, fundó la Comunidad monástica “Pequeña Familia de la Anunciada”. En 1959 fue ordenado sacerdote y se volvió estrecho colaborador del Card. Lercaro, durante el Vaticano II y el posconcilio. Hasta la muerte ha vivido como monje en las comunidades de la Familia por él fundada, en Italia, Israel y Jordania. Lo recordamos volviendo a publicar un artículo sobre sus homilías del Tiempo de Navidad, pronunciadas por quien ha sabido vivir una profunda espiritualidad monástica y ricas en pistas de reflexión para cada cristiano.

 

 

Una comunidad de monjes y monjas, instalada –para usar las palabras mismas del P. Giuseppe Dossetti, su fundador– en un “cucuzzolo” (cumbre de una colina), ¿puede vivir la misión universal de la Iglesia, o sea, el mandamiento de Jesús de ir y hacer de todas las gentes sus discípulos? Pregunta importante, esta, para todos. Si es verdad, en efecto, que el monje no es sino un simple cristiano que vive la propia fe “au maximum d’urgence” (al máximo de la urgencia), entonces las respuestas dadas por esos monjes podrán ofrecer una orientación a todos aquellos cristianos que –aunque no estén viviendo en un “cucuzzolo” y, al contrario, se encuentren sumergidos en tantas actividades– quieran participar en el esfuerzo de los “misioneros”, que es de toda la Iglesia, para evangelizar a otros pueblos.

He aquí explicado el interés por una relectura, en perspectiva misionera, de algunos escritos del P. Giuseppe Dossetti, figura entre las más importantes de la renovación del monaquismo en Italia.

Entre las tantas intervenciones suyas, las homilías ofrecen un cuadro elocuente de su pensamiento. Es en ellas, escribe María Gallo, coordinadora de diversos escritos suyos, “y especialmente en las homilías pronunciadas con ocasión de las más grandes celebraciones litúrgicas, donde el P. Giuseppe da la demostración más convincente de la bondad y verdad de sus tesis”. Las homilías del Tiempo de Navidad, como veremos, se muestran ricas en pistas importantes para buscar y definir la temática misionera en el pensamiento del P. Dossetti, con respecto al cual pueden representar un portal de acceso. La Epifanía, en particular, por coincidir con el aniversario de la constitución de la “Pequeña Familia de la Anunciada”, a menudo, ha representado la ocasión para una reflexión más profundizada sobre la esencia de la Comunidad y su fidelidad al proyecto original.

Es indudable que la preocupación misionera está presente en las homilías navideñas de Dossetti. Se percibe una tensión que afecta a todo el mundo: “Este rebaño cristiano se vuelve, en porcentaje, cada vez más pequeño frente a la humanidad de los pueblos no cristianos, que, en cambio, crece de manera cada vez más dilatada”. Emerge también cierto desconcierto frente al enigma de la historia: hoy el cristianismo no avanza. Progresan otras religiones, crece el rechazo de Dios. La fe parece ser más difícil. Pero esta es la hora de la fe pura, de la adoración pura.

La Encarnación: debilidad y humildad

Un concepto parece sugerir la relación que puede existir entre monaquismo y misión, en este difícil momento de la Iglesia: la imagen paulina del “prisionero por Cristo” (cf. Ef 3, 1), retomada por las lecturas de la liturgia de la Epifanía. Pablo, en cadenas, se atreve a declararse dispensador de la gracia de Dios. La salvación de Cristo, paradójicamente, es transmitida a los hombres por él, un encarcelado.

Con franqueza, Dossetti se dirige a los suyos, explicando este concepto:

“Debemos confesar que una de nuestras mayores faltas, de nuestros eclipses más profundos, es precisamente la desaparición, en nosotros, del sentido de esta misión universal: el misterio de Cristo anunciado a todos los pueblos de la tierra, para los cuales nos hemos comprometido, nos hemos hecho esclavos de un modo particular, como decía Pablo. ... Nosotros somos prisioneros, tendríamos que serlo, pero no lo somos en absoluto, en primer lugar, porque vagamos de acá para allá continuamente; en segundo lugar, porque no estamos en aquella prisión de amor a la que somos llamados”.

Es, este, el humilde reconocimiento de una debilidad. En efecto, “hemos dicho siempre que los hermanos y las hermanas, aquí residentes, son tales por la sola razón de que son más débiles que los demás, y necesitan todos alguna ‘inyección’ más fuerte”.

Sin embargo, esta conciencia, tan lejana de todo triunfalismo, transporta al interior de la más pura lógica evangélica:

“¡Cómo he sido necio! He pensado en grandes proyectos, imaginaba cosas de cierta importancia, de cierta consistencia, y el Señor me hace ver que somos, cada vez más, una cosa mínima, muy pequeña, sin gran dimensión, sin ningún sentido evidente. ¿Qué somos? ¡Nada! Somos muy pocos aquí arriba. Sin embargo, si aceptamos esto, si verdaderamente aceptamos el misterio como se presenta y como actúa, creo que precisamente a través de nuestra pequeñez extrema –debida a nuestras enfermedades personales y a nuestras impotencias personales– y que desmiente todos nuestros proyectos de grandeza, precisamente a través de este camino se puede realizar un poco de bien y un poco de salvación alrededor de nosotros”.

Un poco de bien y un poco de salvación. La fe es para el mundo, para que tenga la vida. Pero esta transmisión de vida, de gozo, de luz, se realiza por caminos no humanos. Es lo que resalta en el misterio de la Navidad, donde la Palabra se hace niño incapaz de hablar y de responder a los porqués del hombre, donde el Creador se hace creatura, el Eterno-Incorruptible-Omnipotente se hace carne sufriente.

El camino está trazado:

“Tenemos que recorrer el camino exactamente opuesto al que normalmente recurrimos para tantas cosas, y que el mundo normalmente escoge, o sea, debemos preferir y conocer la verdad, que se presenta a nosotros de este modo así pequeño, así exiguo, así débil, así no triunfante”.

Del particularismo a la universalidad

He aquí, entonces, que la relación entre monaquismo y misión se precisa. Entre este y aquella existe la misma relación que existe entre el particularismo de la elección de Israel y la universalidad de la salvación. Se trata, es decir, de aquel misterio por el cual Pablo está preso.

El monje no es más santo que los demás, al contrario, así como Israel no era mejor que los demás pueblos. Sin embargo, Dios se ha escogido exactamente aquella muy pequeña estirpe.

“Pero el misterio no está simplemente en esta elección, sino, más bien, en el hecho de que, después de y a pesar de esta elección, Dios recupera, precisamente a través de ella, la universalidad de las gentes, y llama todos los hombres a la salvación. ... El Dios único escoge a un pueblo único, y en este pueblo único escoge, luego, a una sola persona, a Jesús de Nazaret. Y es exactamente a través de esta elección, no a pesar de ella, como Él realiza la universalidad de la salvación”.

La “reclusión” del monje ‒elección de unicidad y exclusividad que trae a la memoria la unicidad y la exclusividad de la elección divina‒ es para la universalidad de la salvación.

Esta, ciertamente, es una idea decisiva para la misión, y sugiere que la fuerza con que el monje “trabaja” sobre la propia alma es determinante, para la eficacia de la evangelización:

“Estoy cada vez más convencido –declara Dossetti– de que, de cualquier modo se quiera concebir al hombre en el mundo, en la historia, en su actuar, nada pueda ser hecho fuera del hombre, que no se haya cumplido según verdad en su interior. No quiero decir, con esto, que todo se agote en el interior, sino que nada de verdadero y de bueno puede ser cumplido fuera, si no se haya realizado ya auténticamente en el interior. ... Por supuesto, yo no soy solo mi interioridad, sin embargo, mi estar delante de Dios es lo que manda y realiza todo el resto. Por lo tanto, es extremadamente importante pensar que no puedo cumplir actos de fe válidos para los demás, para la edificación de la Iglesia, para su reforma, para el consuelo de los hermanos, para el sostén de obras comunes también de vida civil, de servicio humano, si estas cosas no se han cumplido de modo auténtico dentro de mí. ¿Qué acto de fe que sea verdaderamente válido para los demás puedo hacer fuera, si no es acto de fe profundamente verdadero dentro de mí? Sobre la base de este principio toda una eclesiología, toda una sociología religiosa, toda una pastoral, cambian; sin embargo, este nunca es vivido o lo es escasamente”.

La misión, entonces, es verdadera cuando es la extensión a toda la humanidad del diálogo entre mi interioridad purificada y Dios:

“Esta pobre alma humana, pecadora y extremadamente dilatada por la acción profunda y continua de la dinámica del Espíritu Santo, puede contener a toda la humanidad; si nuestro corazón se dilata, representamos a todo el mundo, todo el universo. Si permanece lo que es, ¡que mezquindad, que pequeñez! Si, en cambio, se dilata verdaderamente en el Espíritu de Dios, tiene una capacidad sin medida de contener a todos los hombres y de trascenderlos”.

Dar estos fundamentos a la evangelización vuelve a orientar toda la misión. Recordarlos es la aportación específica del monaquismo a toda la Iglesia.

Michele Chiappo

 

 

 

15/12/2020

 

Categoría: Perfiles misioneros y espirituales