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Una lectura de Madeleine Delbrêl a la luz de la Encíclica Spe salvi

Primera parte

 

Ateísmo: lugar favorable a nuestra conversión

En Madeleine Delbrêl, el camino de Cristo en nosotros y la misión, en plena comunión con la Iglesia, van juntos. Por eso, ella elige trabajar como asistente social en una ciudad marxista, y considerar precisamente el ateísmo como “lugar favorable a nuestra conversión”. Nuestro cambio, nuestro adecuarnos, día por día y hora por hora, a la palabra de Dios es condición sine qua non de nuestro ser misioneros. Madeleine lo repite con insistencia: “¡Ay de mí! si evangelizar no me evangeliza, … ya que nada nos dará el acceso al corazón de nuestro prójimo, si no el hecho de haber dado a Cristo el acceso al nuestro”.

En este sentido, la misión es la plenitud de la vida cristiana.

Su mística misionera le hace experimentar que, aún antes de que en las personas a quienes se siente enviada, es en ella donde se lleva a cabo la unión entre Dios y los hombres:

“A través de Ti [Cristo], nosotros somos la bisagra de carne. … En nosotros el sacramento de Tu amor se realiza. … Nosotros Te amamos, nosotros los amamos, a fin de que una sola cosa sea hecha de todos nosotros”.

Ella vive en comunión con el universo, como aquellos contemplativos que, partiendo del amor de Dios, van hacia todos y vuelven a Él en nombre de cada hombre, aunque permaneciendo donde Dios envía: es aquel el lugar de la santidad, el punto en el que sumergirse hasta el final –como si se zambullera en Dios mismo– y del cual conocer las problemáticas; lo que ella hará con empeño desafiando la tentación, que venció a tantos católicos, de abrazar las ideas marxistas. En el estudio profundizado, por aquella confianza en la inteligencia que le hacía decir “que, si desprecias la razón, no honrarás la gracia”, Madeleine descubre el punto de ruptura profundo, el rechazo de Dios, que nunca habría podido aceptar, y que le recuerda el recorrido de su vida.

Su análisis es muy actual. La diferencia entre la esperanza de sus amigos comunistas y la cristiana es que la primera es una esperanza humana sobre el mundo y sus leyes, esto es, sobre la materia, mientras que la cristiana viene de Dios, no depende de nosotros. Así afirma el Papa Benedicto, acerca de Marx, en la Spe salvi: “Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es solo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo solo desde fuera, creando condiciones económicas favorables” (n.° 21). Y también: “El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal” (n.° 5).

Y Madeleine, que reconocía en el mundo comunista un desafío apasionante, porque “nos pone en crisis y nos ataca precisamente en lo esencial de nuestra esperanza”, dice:

“Lo que debemos dar a los comunistas –porque son nuestro prójimo– es la esperanza sobrenatural, la esperanza que nos da Dios, la esperanza que tenemos que pedir siempre a Dios. Esta es deseo de Dios, pasión por Dios, compasión para el mundo. Está hecha para encarnarse en nuestro corazón. Crea en él las expectativas que son de Jesucristo, las de la pasión de Dios y de la compasión de Dios para todos los hombres, como para cada hombre”.

La felicidad no es la justicia distributiva

Es en el interior de esta pasión por el hombre, por los desheredados, por el proletariado, tan fuerte en su época, donde ella quiere llevar la respuesta cristiana. Madeleine hace un análisis lúcido del rostro moderno de la vida de los hombres; conoce el sufrimiento del trabajo agobiante, que, en el interior de ciertas fajas sociales, es la única posibilidad ocupacional, y también el cambio antropológico que ha acontecido en un hombre ya vinculado al sueldo, por el cual lo sacrifica todo, también los afectos, y que ha modificado el paradigma mismo de la actividad humana: ya no se busca ser pagados por un trabajo, sino trabajar para ser pagados.

Ella ve la enajenación profunda de esto, por lo que no encontramos, en el mundo del trabajo, sino una minoría que pueda utilizar el máximo de su pensamiento y de su voluntad, unida a la cosificación de los hombres, reducidos a engranajes. Sin embargo, estos hombres “tienen el derecho de ser evangelizados. Debemos atrevernos a decir a ellos, si los hemos transformado en hermanos, que la felicidad no es la justicia distributiva sino la pobreza”; sí, porque el mañana nunca será verdaderamente justo, y lo que el hombre podrá encontrar en el mundo nunca sonará como eterno. Por eso, él tiene el derecho de encontrar delante de sí a alguien que está en relación con Dios, que es una persona verdadera y realizada, que no tiene miedo de hablar y de confrontarse, que no esconde lo que piensa, y dice lo que ellos no saben: quién es Jesucristo.

Decir que la felicidad no se encuentra en la justicia distributiva, sino en la pobreza, no es otra forma de enajenación, esta vez consolatoria. Madeleine misma sabe que, si Dios es, para nosotros, el único bien absoluto, es necesario que tomemos seriamente en cuenta, como procedentes de Él, también los bienes que los hombres desean, y el mal que causa la privación de ellos. Por eso, su visión se une a un análisis importante sobre la distinción entre Reino de Dios y mundo, que nos da indicaciones precisas también para el hoy de la misión de la Iglesia.

“El Reino de Dios no es el amor del mundo, sino el de los hombres. El mundo no es una realidad absoluta: es un relativo”, algo posible aquí y ahora que se modifica continuamente por el juego de las fuerzas buenas y malas de los corazones de todos los hombres. Para Madeleine, no es trabajando en la construcción del mundo como se podrá hacerlo mejor: es un hombre mejor el que hará un mundo mejor. Y no es haciendo coincidir los resultados, los balances del Reino de Dios con los del mundo como se puede medir su llegada.

“No es la suma de las ciudades justas la que construirá a la Jerusalén celestial”, sino el amor de Iglesias pequeñas o grandes, formadas por hombres santos, el que causará la redención de muchos. No es la victoria momentánea del mal la que debe espantarnos: también períodos de caos y atrocidades, ella nos explica, pueden permitir que hombres ardan de pasión y de una tal intensidad de fe hasta engendrar salvación. El desarrollo del Reino en el mundo tiene una perspectiva de eternidad que se debe respetar. “Al lado de las liberaciones económicas que el mundo predica, … Cristo anuncia la liberación del mal”. Resuenan nuevamente las palabras de la Spe salvi acerca de Marx:

“Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado” (n.° 21).

A este propósito, Madeleine recuerda que Cristo no ha hecho diferencias entre clases sociales. Muchos cristianos buscan la verdadera liberación solo en su vida privada, y siguen aceptando la dictadura del mal en la sociedad; otros se hacen pobres con los pobres, pero no cumplen sino un primer paso, tal vez el más fácil. Cristo ha hablado con los ricos y con los pobres, porque pide algo totalmente diferente: la renovación del corazón, una conversión esencial que, en la vida de cada uno, hará nuevas todas las cosas. San Pablo no ha hecho una batalla contra la esclavitud, sino que fue el corazón de los cristianos por él evangelizados el que ya no aceptó poseer esclavos. El Evangelio es para todos, no solo para los pobres; es un anuncio a los pecadores, mejor dicho, “siempre es un encuentro entre dos pecadores”.

La Spe salvi confirma:

“El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kokebá. Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transformaba desde dentro la vida y el mundo” (n.° 4).

El problema de fondo, para Madeleine Delbrêl, es el de encontrarse frente a un mundo mudo y sordo. Algunos confunden la fe con una simple mentalidad cristiana o el sentido común. La descristianización galopante, en efecto, es producida también por el repliegue de los cristianos en los sectores sociales privilegiados, por la falta de anuncio del Evangelio con las palabras y con la vida, pero es fruto también de la miseria espiritual en la que ha sido dejada la gente, la cual hoy ya no está ni siquiera en condiciones de escuchar. Esta es la gran dificultad. Precisa volver a dar el oído para escuchar, mientras que la voz debe seguir gritando en el desierto.

También Madeleine se da cuenta de que las condiciones de Francia, país de misión, son muy diferentes de aquellas de los así llamados “territorios de misión”, allá donde Cristo tiene que ser conocido todavía. Las personas con las que está en contacto, en efecto, ya habían recibido la luz de Cristo y la habían rechazado.

Los ateos, los no creyentes o los indiferentes parecen como inmunes, como vacunados contra el Evangelio, que conocen de manera deformada. Ya no es un problema de lenguaje distante, extranjero o de un mensaje traicionado por malos testigos. Es una sordera también intelectual hacia lo sobrenatural, y hacia lo que en el hombre no puede estar satisfecho por el mundo. Podemos traducir: ya no hay la demanda de lo absoluto.

Una parroquia misionera

En este punto, ante este diagnóstico, a uno le entran ganas de preguntarse cuál es su receta.

Madeleine Delbrêl es una figura de gran amor a la Iglesia, como madre, incluso en su componente jerárquica, en contraposición a algunas tendencias de aquel período. Lo comprueba, entre otras cosas, su recurso, en los momentos más difíciles, a la ciudad de Roma, a san Pedro y al ahondamiento en su fe, después de un brevísimo encuentro con Pío XII, del cual captó la exigencia del apostolado como invito a despertar en ella y en los creyentes el sentido de la adoración; adoración de un Dios que puede y quiere ser conocido por todos los hombres como existente y amante.

En una vida entre los no creyentes, son los creyentes quienes atraen, frecuentemente, su atención.

En aquel momento, primera mitad del siglo XX, en Francia está abierta la discusión sobre la “parroquia misionera”, y ella delinea algunos rasgos de esta. La liturgia, por ejemplo, es útil que sea “misionera”, esto es, comprensible a los no creyentes, pero la cosa más urgente es que sea accesible a los fieles, que sirva a ellos para vivir su vocación apostólica, para ejercer su función de orantes entre sus hermanos no creyentes y Dios, de vínculo que deben ser entre Dios y quienes no lo conocen. Si la misión es el contacto en nosotros entre el amor de Dios y el rechazo del mundo, las características de una parroquia misionera tienen que tener presente que, a menudo, los que desde el nacimiento son cristianos raramente son misioneros por vocación consciente.

Resuena todavía la Spe salvi que afirma:

“Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible” (n.° 3).

Para Madeleine, si amamos mediocremente a Dios, es porque lo conocemos mediocremente. El primero de nuestros compromisos, entonces, es el de conocerlo a lo sumo, para poderlo hacer conocer. Pero las verdades de fe que debemos aprender están hechas para ser vividas, para plasmarnos en ellas: por eso la Iglesia las enseña.

Es volviendo a apropiarse de su esencia cristiana más profunda como la parroquia podrá hacer, de la actividad misionera, no una clase de actividad especializada que la debilitaría, sino una renovación de sus fuerzas vivas, sobrenaturales, de sus dimensiones divinas: la conciencia de ser hijos del Dios viviente nos hace hermanos.

Si permanecemos al margen de la vida de los hombres, si es normal, para nosotros, permanecer unos mudos entre sordos, extraños al mundo o tácitamente cómplices de las injusticias, ¿qué podremos responder cuando dejaremos nuestros caminos para aparecer ante el Señor, quien nos preguntará qué hemos hecho con nuestro hermano? Para ella, “es solo a través de los demás como podemos rendir amor por amor”. Pero ¿quiénes son estos otros? “No existe la posibilidad de amar a Dios sin amar a la humanidad; no existe la posibilidad de amar a la humanidad sin … amar a los hombres que se conocen con un amor concreto". Son los que tenía delante cada día, a los cuales prestaba la atención más grande.

El sacramento de la vida en comunidad

He aquí por qué es vital, para Madeleine Delbrêl, el valor de las pequeñas comunidades cristianas, que son ya un implantarse del Reino de Dios:

“Es siempre en familia, en équipe, en fraternidad como el cristianismo ha ido hacia los demás; es el hecho de estar junto con Cristo lo que puede cambiar al mundo. Nos reunimos para hacernos uno con Cristo, y uno juntos, y atraer a los demás hacia este amor”.

De aquí desciende la importancia, para ella, de su pequeña comunidad, a la que dedicó tantos escritos suyos y tantas energías. También el trabajo, que el Gobierno comunista de la ciudad de Ivry la llamó a desarrollar en el sector social, pasó al segundo plano y ella lo dejó, porque la habría llevado por un camino no suyo, una mística de la eficiencia que no la convencía. Se siente responsable de cada persona, y sobre todo de sus compañeras. Dice que el Señor le preguntará qué ha hecho para que ellas fueran verdaderamente Suyas.

Para ella, vivir en comunidad es cumplir, para el mundo, como una especie de sacramento. Difícilmente se puede prescindir de la vida común, “para encender el fuego con quienes nos rodean”.

“El solo testimonio que Él (Jesús) exige es que nos amemos entre nosotros, y que nuestra vida contenga ciertos actos que supongan a Alguien, un invisible pero viviente, intocable que, sin embargo, está actuando”.

La importancia de pequeños núcleos que viven el Evangelio está en el hecho de que la gente que los encuentra no está interesada tanto en el contenido de la fe, sino en el hecho de qué es creer, para ellos. Para ella, creer es hablar de un hecho. Frente a la fe manifestada, a los hechos, ya no se puede mantener la ambigüedad aparente del mundo, aquel mundo que antes de estar fuera de nosotros está en nosotros, como parte todavía no convertida. Hechos no significan grandes realizaciones:

“Hacer pequeñas cosas para Dios nos lo hace amar de la misma manera que cumpliendo grandes acciones. Por otro lado, estamos muy mal informados sobre las dimensiones de nuestros actos. … Todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño. … Lo que Dios hace es grande”.

Es en estos actos en los que entregamos nuestras manos, nuestra boca, nuestro cuerpo a Dios para amar. Entonces, para el cristiano, es importante ser competente, hacer cualquier cosa bien y a fondo, porque no cuenta la función que ocupamos o la vocación, sino “la respuesta que Le damos, el modo incondicional con el que se abraza esta vocación, con el que permanecemos fieles a ella. Lo que hace la santidad no es nuestra vocación, sino la tenacidad con la cual la hemos acogido”.

Acerca de su comunidad escribe:

“Si no tenemos una familia, … es porque el Señor nos posee y solo por Él queremos ser poseídas. Si no tenemos un programa, es porque nuestro Padre del cielo lo ha escrito, para nosotras, con antelación, y nos basta con recibir sus consignas de día en día”.

Si le dicen que el mundo necesita ver el rostro de la alegría, responde:

“Les hablaremos de alegría cuando la habremos aprendido en la cruz, donde volvemos a encontrar nuestro amor. Nuestra alegría tiene un precio tan exorbitante que ha sido necesario vender lo que poseemos y a todas nosotras mismas para comprarla… La cruz no es facultativa ni para el mundo ni para nosotros… Nuestra vocación parte de la cruz y va a la cruz, porque es la vocación del Evangelio”.

También cuando se le pondrá la cuestión de la forma jurídica para su comunidad, a pesar del limitado número de miembros, se sentirá confirmar:

“Su pequeño número no demuestra nada; hay, en su forma de vida, un modo de consagración a Dios en la vida secular que el Señor les pedirá, tal vez, que conserven en su primera originalidad, reservándose hacer fructificar este grano de mostaza cuando lo juzgue oportuno”.

Su trabajo escondido y público, las conferencias, las tomas de posición, las iniciativas, el estar presente en la vida de la Iglesia local y universal, todo era vivido como si fuera el último día de la existencia, porque la fidelidad se ve en cada pequeña cosa y en cada instante.

“No importa lo que debamos hacer: tener en mano una escoba o una pluma, hablar o callar, remendar o dictar una conferencia, cuidar a un enfermo o escribir a máquina. ... Cada pequeña acción es un inmenso acontecimiento, en el cual se nos da el Paraíso y en el que podemos dar el Paraíso”.

Mariangela Mammi

 

 

Las citas están tomadas de:

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

26/08/2021

 

Categoría: Perfiles misioneros y espirituales