Imprimir

 

Recuerdo del padre Aldo Trento

 

El padre Aldo Trento nació en 1947 en la provincia de Belluno (Italia). Siendo aún niño, ingresó en el Seminario de los padres Canosianos y fue ordenado sacerdote en 1972. En los primeros años de su sacerdocio se relacionó en Padua, con “Potere Operaio” (Poder Obrero), entrando en un período de gran inquietud que lo llevó a recibir, por parte del Obispo, la prohibición de predicar. Fue enviado, pues, por sus superiores a Salerno para atender a los presos y allí conoció a algunos miembros de “Gioventù Studentesca” (Juventud Estudiantil), el movimiento juvenil del cual, posteriormente, surgiría “Comunión y Liberación”, y comenzó a frecuentarlo. Algunos años más tarde, cuando se enamoró de una joven viuda y estaba decidido a dejar el sacerdocio, le confió su decisión al padre Giussani y la conversación que siguió cambió totalmente el curso de su vida. El padre Aldo volvía sin cesar a ese momento tan decisivo, recordándolo en innumerables conversaciones, testimonios y artículos, a lo mejor, para penetrar cada vez más en lo que había de inefable en él. Entonces entró –era en 1989– en la Fraternidad San Carlos Borromeo, fundada por el padre Massimo Camisasca (posteriormente Obispo de Reggio Emilia-Guastalla), y partió para Paraguay, donde, en la parroquia que le fue confiada, San Rafael (en la capital, Asunción), comenzó a poner en práctica una recomendación recibida del mismo padre Giussani, la de inspirarse en las Reducciones jesuíticas de los siglos XVII y XVIII.

En los locales adyacentes a la parroquia o en sus alrededores, abrió, a lo largo de los años, una clínica para enfermos terminales abandonados o de escasos recursos, un policonsultorio para los pobres, una estructura para ancianos abandonados, un hogar para menores víctimas de abusos, una escuela y un colegio para muchachos pobres, un centro cultural, un centro de ayuda a la vida, un comedor para pobres y un banco de alimentos, sin olvidar una granja, a unos cuarenta kilómetros de Asunción, donde viven y trabajan personas que intentan salir de formas de adicción.

Por esta obra el padre Aldo recibió importantes reconocimientos, entre los cuales un homenaje del Senado de la República del Paraguay en sesión plenaria.

El mismo Papa Francisco, durante su viaje apostólico a Paraguay en el 2015, improvisó un acto fuera de programa para visitarlo personalmente en la clínica fundada por él.

Falleció el 20 de diciembre de 2024.

 

separador cinta dorada2

 

Un año después de la muerte, el legado espiritual del padre Aldo Trento sigue siendo fuente de inspiración para muchos. Lo unía a nuestra Comunidad una amistad sólida, especialmente con Emilio, con quien en los últimos años mantenía una conversación telefónica diaria.

En el 2016, en la introducción a un artículo publicado en la revista italiana “Tempi”, el padre Aldo escribió:

“El padre Emilio Grasso entró en mi vida hace tres años, cuando una terrible tormenta se abatió sobre mí y sobre la fundación San Rafael. En la soledad vivida cuando algunos corresponsables de la obra y muchos amigos de toda la vida me abandonaron de la noche a la mañana, este sacerdote se acercó a mí, me tomó de la mano y me sacó de la tormenta. Todavía hoy es mi padre y mi guía, con él comparto las alegrías y los sufrimientos cotidianos. Un verdadero don de Dios. Con ocasión de sus cincuenta años de sacerdocio, le pedí a uno de sus hijos que nos contara la vida de este campeón de la fe, hombre humilde pero tenaz en su ímpetu misionero y en su profundo amor a la Iglesia, incluso cuando no era comprendido. Fundó la Comunidad Redemptor hominis, presente en Italia, Bélgica, Camerún y Paraguay”.

Sin duda, también los últimos años de la vida del padre Aldo fueron dolorosos, marcados por la soledad, las decepciones y la inquietud por el futuro de su obra que, iniciada sin ningún proyecto preestablecido y de manera casual, alcanzó dimensiones asombrosas y es motivo de admiración para muchos.

Todo comenzó por un encuentro fortuito:

“Cuando vi por primera vez un cadáver en la calle, lo recogí, lo llevé a casa y lo limpié. Y así, día tras día, recogí a los moribundos, a los abandonados, a los putrefactos de las favelas. Y Dios creó ese conjunto de obras que hoy dan empleo a más de cien personas remuneradas y que, además, cuentan también con centenares de voluntarios”.

Desde entonces, solo su clínica ha acogido a más de 20.000 enfermos terminales.

Pero las cifras y la magnitud de las obras, aunque impresionantes, no describen la persona del padre Aldo y no son suficientes para definir su estilo, que se empieza a percibir cuando se descubre que esos más de 20.000 enfermos atendidos en su clínica siempre tuvieron, cada día de su internación, un jarrón con flores frescas en su cabecera y sábanas inmaculadas, cambiadas tres veces al día. No podemos sorprendernos, pues, de que muchos de esos enfermos, poco antes de morir, confesaran que los días pasados en la clínica fueron los más hermosos de su vida y que morían felices.

El padre Aldo, de hecho, fue un buscador y creador de belleza, y la perseguía con pasión en todas partes, en todos los aspectos de la realidad, porque –le gustaba repetir– “la realidad es el Cuerpo de Cristo”, como dice la expresión de la Carta a los Colosenses (2, 17) en la traducción de la Biblia de Jerusalén. Buscaba la belleza en la arquitectura de los espacios que hizo surgir, en la literatura, en la cultura guaraní, en la historia de Paraguay, en la liturgia. De una pared de la sacristía de su iglesia él había colgado un cartel para los sacerdotes de paso, que les recordaba que debían llevar, para las celebraciones, todas las vestimentas litúrgicas prescritas, de las que indicaba una lista precisa: es también en estos detalles donde se ve cómo era enemigo de ese actuar “al tanteo” que es uno de los males de la civilización contemporánea.

Fue siempre muy concreto. Recuerdo que, al final de una Misa en el día de la Sagrada Familia, a la que había sido invitado para presentar las publicaciones de nuestra Comunidad, hizo repartir a todas las familias presentes una escoba, porque para una familia la casa es un altar y debe tratarse con la misma reverencia.

No sorprende, pues, que un libro suyo, publicado en Italia, que recopilaba varios de sus artículos publicados en el boletín parroquial, tenía como título: Cristo y el lavamanos. Esto porque, para él, dejar el baño limpio, hacer la cama, cortarse las uñas, vaciar la papelera, no dejar que la comida se pudra en la nevera, ser puntuales... eran el testimonio de una fe encarnada.

“Si Cristo –escribió– no cambia también la forma de usar el baño o de comer, significa que es puro moralismo”. De hecho, “si la fe no entra en la vida, no es fe, es magia. Y la vida lo es todo, abarca todos los aspectos, todos los movimientos, los pensamientos y las acciones del ser humano... No importa si el baño que uno tiene es de primera, segunda o tercera categoría. La fe es reconocer que Cristo está presente en todos los detalles, y Cristo es belleza, es armonía, es gusto y respeto por las cosas, por todas las cosas”.

De estas afirmaciones se desprende que el padre Aldo, antes de amar al moribundo, amó al hombre vivo, sano. Vio en el hombre la luz de la vida incluso en el momento en que esa luz estaba a punto de apagarse, y siguió honrándola. No se puede comprender al padre Aldo si se deja de lado su pasión, o, mejor dicho, su lucha por salvaguardar lo que hay de plenamente humano en el hombre.

Y el padre Aldo no tenía dudas de reconocer y proclamar a Cristo como la cumbre de lo humano:

“El hombre –escribió– sin Cristo, dolorosamente, sería una ‘diarrea’, sería un ‘tumor’... sería la ‘Nada’. En cambio, el hombre, incluso cuando es arrastrado por la crecida de un río, nunca podrá ser reducido a la circunstancia que vive; nunca podrá ser reducido a diarrea, a tumor, a SIDA, a leucemia... nunca podrá ser determinado por su pasado, sea cual sea. El hombre es siempre algo más de lo que vive, sufre, padece. Es relación con el Misterio”.

Quienes lo conocieron saben que estas palabras, para él, no eran el resultado de una reflexión o de un estudio, sino la expresión de aquella fragilidad que había experimentado y trascendido en sí mismo, hasta el punto de que podrían representar su epitafio.

Michele Chiappo

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

  

11/01/2026

 

Categoría: Perfiles misioneros y espirituales