Recuerdo del padre Aldo Trento
“Así conocí al padre Aldo Trento”
Los jóvenes de Ypacaraí en diálogo con Óscar Escobar
En la convicción de que el legado del padre Aldo Trento es muy importante para la Iglesia del Paraguay, recientemente organizamos un encuentro, en la parroquia de Ypacaraí, donde trabajamos, entre casi trescientos adolescentes y Óscar Escobar quien, además de ser desde hace más de ocho años Responsable y Director Sanitario de la Clínica Divina Providencia de la Fundación San Rafael en Asunción, acompañó al padre Aldo, el fundador, en los últimos años de su vida en todos los momentos cotidianos, especialmente en la enfermedad, convirtiéndose en su mano derecha.
Óscar, agradecido por las llamadas diarias de Emilio que, según nos confió, lo apoyaron mucho en los meses de agonía del padre Aldo, aceptó inmediatamente la invitación.
Los jóvenes quedaron fascinados por la figura del padre Aldo y su obra, escuchando con gran atención. Mientras contaba su experiencia, Óscar la acompañó con muchas anécdotas que permitieron captar diferentes aspectos de una aventura humana y eclesial fuera de lo común.
De este encuentro sacamos algunas de las preguntas de los jóvenes presentes y las respuestas de Óscar.
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- ¿Cómo conoció al padre Aldo Trento y su obra?
Todavía era estudiante y un día me invitaron a un encuentro en el cual un médico hablaba de la Fundación del padre Aldo. Como estudiante de fisioterapia, le hice algunas preguntas y, al final, ese médico me preguntó si quería conocer la obra. Durante la visita a la Fundación, un paciente de la clínica me dio la mano y no la soltaba. Le dije que volvería a visitarlo, pero me respondió que no lo creía, porque yo también desaparecería como tantos otros que habían pasado a visitar a los enfermos con mirada compasiva. Me impactó mucho la reacción de ese enfermo y le prometí que volvería de verdad y me quedaría para ayudarlo. Han pasado más de 15 años desde entonces y sigo estando allí con ellos.
Considero mi servicio como una misión. Lo que hice como voluntario y lo que hago hoy como responsable me da gran alegría. Al principio no fue fácil para mí mantener este compromiso. Tuve que superar muchos obstáculos; a menudo ni siquiera tenía dinero para tomar el autobús y llegar a la clínica. En aquella época estaba haciendo una pasantía en otra institución y tenía que caminar cinco kilómetros para llegar. A veces tomaba el autobús y bajaba en la primera parada, porque no tenía dinero para pagar el pasaje, pero al menos me ahorraba un poco de camino. A pesar de todas las dificultades, nunca dejé mi voluntariado y nunca falté a la palabra que le di a ese paciente.
Sabía que los enfermos me esperaban, que mi presencia era el momento más importante de su día, no tanto por la visita o la fisioterapia que les hacía, sino por la compañía.
- Como voluntario en la clínica, ¿qué era lo más importante para usted?
Al principio de mi servicio, intentaba comprender cómo podía ayudar a esas personas con mis conocimientos como fisioterapeuta. Luego me di cuenta de que lo más sencillo y necesario era estar con ellos, porque eso era más eficaz que cualquier ejercicio de recuperación: tocarles la mano, acariciarlos, preguntarles cómo estaban, escucharlos, aplicar lo que el padre Aldo llamaba la “cariñoterapia”. Para esos enfermos, la persona del voluntario que va a visitarlos lo es todo, te conviertes en hermana o hermano, padre, madre, abuelo, abuela, tío, eres la única persona que tienen y debes serlo todo para ellos. El padre Aldo me enseñó que se puede hacer mucho por un paciente obligado a permanecer en cama: el solo cambiarlo de posición ya significa mucho para él.
Así conocí al padre Aldo en su cotidianidad. Sin embargo, en un determinado momento, él también necesitó fisioterapia. Empecé a compartir mis días con él, éramos como padre e hijo.
Lo hacíamos todo juntos durante el día, desde el desayuno hasta la cena, hasta que empezó a enfermarse más gravemente. Entonces, tuve que asumir en la clínica algunas responsabilidades que nunca había planeado ni pensado, pero las cosas siguieron adelante por sí solas, hasta el momento más difícil, en que era él que necesitaba asistencia y ayuda continua. Lo vi pasar de ser un hombre fuerte como un tractor a un enfermo sentado en una silla de ruedas. Él mismo decía que antes era una “Ferrari” y luego se había convertido en una “Volkswagen Escarabajo”. Fue un momento difícil para los dos, pero gracias a Dios estábamos en compañía el uno del otro y eso era lo más importante, porque nadie puede hacerlo solo.
- ¿Qué impulsó al padre Aldo a ayudar a las personas pobres y abandonadas en Paraguay?
El padre Aldo no había venido aquí para realizar una obra ya planificada. Él mismo contaba que pasaron diez años desde su llegada a Paraguay antes de que comenzara su obra. “Años –decía– muy difíciles”.
Luego encontró en la calle a una persona pobre y abandonada y fue para él como una llamada de Dios: no respondió con un sí momentáneo, dando algo a ese pobre y enviándolo a su casa, sino entregándose por completo. A esa petición de ayuda respondió: “Sí, puedo ayudarte y puedo hacer mucho más de lo que me pides”. Así comenzó todo. Él fundó todo en la fe en la Divina Providencia y es esta Providencia de Dios la que, aún hoy, nos ayuda más.
El 60 % del mantenimiento de la obra proviene de los “granos de arena” que llegan de todas partes. Muchísimas personas ayudan al sostenimiento de la obra, tanto con donativos en dinero como con voluntariado: es un poco como la multiplicación de los panes del Evangelio, todos ponemos algo y luego el Señor lo multiplica.
Hoy en día también hay una subvención del Gobierno que cubre el 40 % de las necesidades.
- ¿Cómo mantendrán la esencia, el carisma que el padre Aldo imprimió en la obra, ahora que ya no está? ¿Quién lo sustituye?
La presencia del padre Aldo es insustituible; ni siquiera todos juntos podríamos sustituirla y, si lo hiciéramos, sería un gran fracaso.
Él mostró, enseñó y preparó a un grupo de personas para que llevaran adelante las diversas obras que fundó, de la clínica para enfermos terminales hasta a la escuela, a la casa para muchachas abandonadas, a la granja. Nos formó como él quería, para que la obra se desarrollara, manteniendo su esencia y su carisma. Nos decía que era una obra nacida de la fe y que solo la falta de fe la haría morir.
Por eso, ante todo, debemos mantener viva nuestra fe en Cristo Jesús, la fe de las personas que están con nosotros o están acogidas, de aquellas que pueden ayudarnos y dar testimonio de ella en cualquier situación de la vida.
El padre Aldo cambió muchas vidas, la misma obra cambió tantas de ellas. Trabajó mucho para potenciar lo bueno que hay en la cultura del paraguayo e indicó cómo eliminar lo que no es tan bueno.
Por eso, se rodeó de personas que pudieran ayudarlo a llevar adelante su trabajo, comprometiéndose mucho en la formación y en la eliminación de nuestros malos hábitos. Así se formó un Consejo Directivo de la Fundación.
Nos educaba, nos decía, por ejemplo, que no es, por el hecho de que somos pobres, que tengamos que vivir en un ambiente sucio y feo. Para él, la belleza era la cumbre de la caridad. A menudo, cuando se dedicaba a la formación, nos enseñaba a hacer bien las cosas más sencillas. Traía una cama y nos enseñaba cómo había que rehacerla. Nos enseñaba cómo se debe barrer, porque para él la belleza y la limpieza eran adoración a Cristo, presente en cada pequeña acción de la jornada.
Nos hizo comprender que, si Cristo está presente en nuestra vida cotidiana, se nota en cómo cerramos la puerta sin dar un portazo, en cómo nos comportamos, en cómo nos vestimos, en cómo hablamos: todo es tener presente a Cristo.
Esto es lo que más me impresionó de él: el amor que sentía por Cristo cuando hablaba y cómo transmitía esta pasión. Siempre decía que él era solo un instrumento del Señor para realizar las obras que ha construido, y que hoy existen al servicio de los más pobres.
(A cargo de Emanuela Furlanetto)
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
23/01/2026