El 18 de agosto, la Iglesia recuerda el 74.° aniversario de la muerte de san Luis Alberto Hurtado Cruchaga, un jesuita chileno que puso a Jesús, a los pobres y a los jóvenes en el centro de su vida.
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El padre Hurtado, nacido en Viña del Mar (Chile) en 1901, ingresó en el noviciado de los jesuitas tras licenciarse en Derecho y rechazar también una segura carrera política, además de profesional. Cursó sus estudios de filosofía y teología en España, y los completó en Lovaina (Bélgica), donde también se doctoró en pedagogía y psicología. Mientras tanto, el 24 de agosto de 1933, fue ordenado sacerdote por el cardenal J.-E. Van Roey, arzobispo de Malinas. De regreso a Chile, se dedicó a una intensa actividad docente, a los ejercicios espirituales y a innumerables encuentros; fue nombrado asistente nacional de la Acción Católica y, en 1944, fundó el “Hogar de Cristo”, para personas sin techo, que más tarde se abriría a diversas formas de pobreza. En 1947 creó la Asociación Sindical Chilena y, en 1951, la revista “Mensaje” para difundir la doctrina social de la Iglesia, a cuyos temas el padre Hurtado dedicó varios de sus escritos. En 1952 falleció de cáncer de páncreas, lo que conmovió a todo Chile[1].
Canonizando al jesuita chileno, en la Jornada Mundial de las Misiones de 2005, Benedicto XVI destacó que él “quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres”, recordando, más adelante, que Cristo sigue exhortando a sus discípulos con las palabras: “Dadles de comer vosotros mismos”. Descubriendo su vida, se ve lo cruciales que son esas palabras de configuración con el Señor. De hecho, no basta con recordarlo por la obra por la que es más conocido, el “Hogar de Cristo” (que aún hoy atiende a más de 40 000 personas), por la creación de un sindicato en el que los trabajadores pudieran inspirarse en la doctrina social de la Iglesia, por su intenso apostolado con los estudiantes, los obreros y los empresarios, ni por sus escritos que analizan la sociedad y el cristianismo chilenos.
Es su vida interior la que da sentido a todo lo que hizo en sus pocos años de sacerdocio: ser Cristo para los demás y ver a Cristo en los demás.
Dónde empieza la revolución cristiana
Su intimidad con Dios es una prioridad absoluta. Por eso, a pesar de sus múltiples compromisos, buscó siempre ese diálogo como fuente de su gran amor a los chilenos. Si es Cristo quien actúa en nosotros, se comprende que solamente en Él, muerto y resucitado por todos, se encuentra el verdadero progreso según los criterios de Dios: “La vida es vida en la medida en que se posee a Cristo”.
El plan de orientar cristianamente a la sociedad empieza por el “instaurar en nosotros mismos esa revolución social que proyectamos”. ¿Cómo iluminar si no somos luz? ¿Cómo dar lo que no tenemos? “El mundo está cansado de discursos, quiere hechos, quiere obras, quiere ver a cristianos que encarnan como Cristo la verdad en su vida”. Para el padre Hurtado, esto comenzaba por su propia comunidad religiosa jesuita.
Lo que vale es “ser otro Cristo y obrar como Él, dar a cada problema Su solución, pensando que yo y Cristo somos uno”. Y esto exige una vida de fe: oración, meditación, Eucaristía, amistades y lecturas espirituales para poder, “sin salir del mundo, ser sal del mundo y su luz”. El padre Hurtado escribió estas palabras cuando tenía 45 años, 6 años antes de su muerte, cuando ya había desarrollado muchas actividades y otras lo esperaban. Las escribió durante uno de los viajes que hacía para aprender de la experiencia de otros, renovar sus conocimientos y confrontarse. Este es un rasgo característico, junto con los libros con los que regresaba y con las muchas lecturas que hacía para no empobrecer su espíritu y buscar en ellos nuevos horizontes, con vistas a una actuación mejor, convencido de que todo lo que es verdad, en cualquier lugar se encuentre, interesa a la Iglesia.
Para el padre Hurtado, el sacerdote tiene el deber de predicar:
“Somos doctores, esta es la misión. No hablar es el horrendo pecado..., porque nos negamos a engendrar hijos para el cielo... Cada época plantea su pregunta decisiva a la Iglesia: la de nuestro siglo es el problema social... Quisieran recibir la respuesta de la Iglesia y ¡qué crimen si no se la damos... por cobardía o pereza!”.
El sacerdote es el educador que forma el alma del pueblo. Un ejemplo, entre tantos, es su libro ¿Es Chile un país católico?, con el cual puso al descubierto la realidad: la pobreza, los problemas de la educación, la crisis de los valores, la escasez de las vocaciones sacerdotales, la falta en la mayoría de los católicos de vida interior y “cristianismo integral”, que es una actitud de totalidad, con la cual uno conoce a fondo su propia fe, vive la liturgia y se dedica a obras de apostolado, sobre todo entre los pobres.
¿Cuál es el fundamento del “cristianismo integral”? El principio de la encarnación, por el cual los hombres están unidos a Cristo y están llamados a ser uno con Él. Por eso, es necesario extender nuestro amor más allá de Cristo, a Su cuerpo, y traer alivio al hombre, a los pobres. Si no vemos a Cristo en los demás es porque nuestra fe está tibia.
Cuando el padre Hurtado empezó a recoger a los pobres en el “Hogar de Cristo”, sabía que la ayuda no se puede limitar al plano material, sino que precisa una educación, una perspectiva laboral y una formación espiritual, dar la conciencia de su propio valor, como persona e hijo de Dios. Hay que subrayar que, a los que podían, se les exigía una cuota mínima para quedar hospedados, con el fin de educar y proteger la dignidad del pobre. Para el padre Hurtado, es importante “que las cosas no se regalen”.
Su trato con los pobres toca la relación Iglesia-política. La línea dada por la Santa Sede señalaba ya que la Iglesia no puede desinteresarse del bien común; es necesario formar a los laicos para que participen en la vida política, pero la Iglesia no puede atarse a un partido a través del Clero, porque, exactamente como escribía a los obispos de Chile, en 1934, el entonces cardenal Pacelli, los grupos políticos pueden llegar a conclusiones diferentes, sin alejarse de la enseñanza católica.
El sindicato obrero promovido por el padre Hurtado estaba encomendado a los laicos, y para sí mismo se reservaba solo la tarea de asesor. En este era importante la preparación religiosa de los dirigentes. En la sede había una capilla donde, a menudo, se celebraba la Misa.
Predicar a los jóvenes la virilidad de Cristo
El padre Hurtado debe su vocación sacerdotal y social al padre Fernando Vives Solar, quien, con sus círculos de estudio sobre la doctrina social de la Iglesia, en los que cada uno preparaba un tema que debía exponer a los demás para ampliar los conocimientos de todos, le da el gusto de la profundización y del compromiso a favor de los pobres.
De aquí, se comprenden también las ideas claras de su trabajo con los jóvenes y en la Acción Católica. Cuestionaba algunos métodos que reducen al grupo a una asociación de beneficencia o de deporte, en que iniciativas espectaculares (“fuegos artificiales” por los discursos pomposos y los muchos aplausos) buscan una eficacia “relámpago”, sin una preparación profunda, con la única preocupación de incrementar los “números”. Para él, de esta manera, no se tocan las conciencias y el Evangelio no echa raíces. Es necesario, en cambio, orientarse hacia pequeños núcleos de personas bien formadas, antes de expandirse. Siempre se encuentran a 2 o 3 jóvenes en las parroquias... Los métodos “del engaño” o “de las golosinas”, con que los jóvenes están invitados para espectáculos, deporte, excursiones, son inútiles: al comienzo ellos vienen; luego, cuando descubren diversiones más atractivas en otro lugar, se marchan. La falta de contenidos y de una fuerte vida interior hace vanas también las iniciativas culturales.
Él apuntó hacia una formación a círculos concéntricos, donde hay espacio para quien quiera dar más, tanto en la Acción Católica con el grupo “El Servicio de Cristo Rey”, como en el “Hogar de Cristo”, donde había un núcleo más estrecho que se consagraba de por vida.
Para el padre Hurtado, el joven debe conocer al Cristo enérgico y viril del sermón de la montaña y de la expulsión de los comerciantes del templo, que calma las tempestades, que invita a los hombres a que lo sigan dejándolo todo para poseer solamente a Él; al mismo Cristo que acaricia al hijo pródigo, perdona a la Magdalena, defiende a la adúltera.
En la enseñanza, con respecto, por ejemplo, al problema de Dios, el padre Hurtado subrayaba que es necesario dar a los jóvenes los elementos para que se planteen el problema y lo solucionen, si sienten la necesidad de esto, pero no es oportuno “defender a Dios”. En efecto, creía en la inteligencia del hombre y también en su poder de captar y transformar la realidad, comenzando por sí mismo, en la responsabilidad social. Subrayaba, por tanto, la necesidad de formar voluntades fuertes, también con referencia a la vida sexual de los jóvenes; el hombre puede desarrollar su libertad gracias a un ideal concreto de generosidad y heroísmo. No hay formación de la voluntad, no hay vida ordenada y no hay amor verdadero, sin sacrificio: “El que no es héroe no es hombre”.
Él no creía en la idea de Rousseau de la naturaleza humana buena; conocía los bajos fondos del alma, y destacaba la lucha que sirve para alcanzar el ideal que fascina. Podemos robustecer la voluntad de los jóvenes presentando los ejemplos de los santos. El punto, en efecto, no es tanto la justificación intelectual de la vida moral, sino la encarnación viviente y la exaltación del destino espiritual, que muestran, en la fuerza de los santos, toda su verdad, una fuerza mayor que la de quienes buscan riquezas y sexo. Es un ideal concreto lo que forma la voluntad. Por eso, el padre Hurtado indicaba a los jóvenes también el valor de la castidad, de la obediencia y de la pobreza de la vida religiosa, porque, y lo afirmaba con las palabras de Dostoyevski, “quien no comprende al monje, no conoce la vida”. No tenía miedo de presentarles las exigencias heroicas de la vida cristiana. A este propósito, recordaba la frase de Nietzsche: “¡No arrojes al héroe que hay en tu alma!”. Todo depende, en efecto, de las fuerzas de ataque de las propias convicciones.
He aquí por qué estimulaba a los jóvenes a estudiar, a conocer y a comprometerse: “contemplar” la miseria humana, visitar los hospitales, las cárceles y las casas de los pobres les hará comprender las posibilidades de acción que tienen, hasta el don total de sí, y los moverá a trabajar por una justicia social. Así, encontrarán una perspectiva concreta para el ideal que está en ellos. El fundamento religioso, el comprender que son amados por Cristo y que Cristo espera ser amado, será la base intelectual y afectiva para que no se apague este ideal, porque “el que ha mirado profundamente siquiera una vez los ojos de Jesús no lo olvidará jamás”.
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[1] Los textos del padre Hurtado están tomados de: Congregatio Pro Causis Sanctorum, Sancti Iacobi in Chile. Canonizationis Servi Dei Alberti Hurtado Cruchaga. Positio Super Virtutibus, I, Roma 1987.
18/08/2026