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El hombre del cual habla la Sagrada Escritura no es el objeto de las decisiones de Dios, sino el sujeto que escoge libremente y decide en su libertad.

Constatamos esto, de manera particular, en la anunciación del ángel a María (cf. Lc 1, 26-38).

El coloquio que se desarrolla entre el ángel y María tiene un punto que podemos llamar de suspensión. Esta suspensión, que marca el paso de una situación a otra, se encuentra exactamente después de las palabras del ángel: “Para Dios, nada es imposible” (Lc 1, 37). Es este el momento de paso, más o menos largo, en el cual María formula su respuesta a la propuesta del ángel.

El texto de la anunciación es compacto y completo: nada le falta, no hay nada que agregar o quitar. Al saludo del ángel le siguen la promesa, la explicación dada a la pregunta de María, la demostración que Dios lo puede todo y, en fin, el silencio, en espera de la respuesta de esta muchacha de Nazaret.

En el idioma hebreo la palabra “ángel” significa “mensajero”. Gabriel es un mensajero con un encargo particular. Su nombre significa “Dios es fuerte”. Toda esta potencia de la divinidad, que el ángel muestra con su presencia y su palabra, se hace humilde espera, en el silencio, de una decisión que ya no depende de Dios, sino de María que ha escuchado.

María se encuentra sola en la decisión. No se hace mención de cuánto tiempo haya tenido necesidad para responder. El coloquio es breve, casi cadencioso, como si hubiese acontecido en pocos instantes.

El ángel deja a María la decisión, y no se irá sin su respuesta. Habría sido interesante oír el latido del corazón de Dios en aquel momento. De lo que María dirá, dependerá la historia de la humanidad.

Decir que sí al ángel significa permitir que el plan de Dios se realice. María sabe que esto comportará muchos sufrimientos; pero, sabe también que no hay cosa más hermosa que ser un instrumento en manos de Dios.

Por estar acostumbrada a la lectio divina, que no nace en los monasterios, sino en la humilde casa de Nazaret (cf. Lc 2, 51; 2, 19), María, meditando sobre la vida de las santas mujeres del Antiguo Testamento, en particular de Ana, la madre del profeta Samuel, supo reconocer en las palabras del ángel el mensaje que Dios le quería comunicar, y halló fácilmente en su corazón la respuesta: “Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí tal como has dicho” (Lc 1, 38).

Dios ha creado al hombre libre. Frente a la orden de Dios de no comer los frutos del árbol ubicado en el centro del jardín (cf. Gen 2, 16), el hombre ejerce plenamente su libertad. Primero Dios y luego la serpiente desaparecen de la escena del relato bíblico, para dejar lugar a la respuesta del hombre. Y el hombre elige, sin ninguna constricción, y come el fruto de su condena.

Significativo es el discurso con el cual Moisés invita a los israelitas a escoger. Moisés sabe por experiencia que el Señor no actúa, en la vida del hombre, sin su libre consentimiento. Sus continuas objeciones a la invitación de Dios a ir a liberar a su pueblo, esclavo en Egipto, que llevan a desencadenar la cólera de Dios (cf. Es 4, 14), son una demostración elocuente de esto.

En el desierto, fortalecido por aquella experiencia, él podrá decir al pueblo: “Te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia” (Dt 30, 19).

En los Evangelios, la elección de los discípulos acontece en un clima de plena libertad. Pedro y sus compañeros escuchan al Señor que enseña. Invitados a ir mar adentro, en la hora menos indicada para la pesca, aceptan echar las redes. Al ver la gran cantidad de peces recogidos, Pedro se echa a los pies del Señor, y se reconoce pecador. Luego, dejándolo todo, junto con sus compañeros, sigue a Jesús. No habrá ninguna intervención sobrenatural para impedir que Pedro huya y reniegue al Maestro, como no habrá ninguna fuerza divina para hacerlo volver a seguir al Señor, contra su voluntad.

Diferente es la actitud del hombre rico, aunque es idéntica la situación personal de libertad, frente a la propuesta de Jesús. Cuando Jesús le pide dejarlo todo y seguirlo, el rico se va “triste”, porque posee muchos bienes (cf. Mc 10, 17-22).

Jesús no obliga a nadie, ni persigue a nadie. Hace un discurso libre y quiere una respuesta libre por parte de sus oyentes.

María, con su respuesta positiva al plan de Dios, nos ayuda a comprender, cada vez mejor, que Dios no puede hacer nada contra la voluntad del hombre. Es famoso, además, el principio agustiniano: “Quien te ha creado sin ti, no te salvará sin ti”[1].

Al justificarse por el propio pecado, Adán y Eva parecen inaugurar el reino del fatalismo y de las fuerzas ocultas que oprimen al hombre.

Después del pecado, el hombre y la mujer se justifican de esta manera: “La mujer que pusiste a mi lado me dio del árbol y comí” (Gen 3, 12); “La serpiente me engañó” (Gen 3, 13).

María, en cambio, con su obediencia dócil y libre, subvirtiendo una lógica de condena y de muerte, marca un nuevo comienzo de la humanidad. Su “sí” es una invitación a creer que el hombre, aunque no puede prescindir de la gracia de Dios, no es objeto de los destinos o de las decisiones divinas, sino sujeto activo de las elecciones que cumple, tanto en el bien como en el mal.

Sandro Puliani

 

 

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[1] San Agustín, Sermón 169, 11, 13.

 

 

 

10/09/2022

 

Categoría: Profundizaciones