XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 34-40
“Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo”

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”.
Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

La primera pregunta que se me plantea en esta parte de nuestro coloquio es muy importante.
Es sabido que el Evangelio, la enseñanza de Cristo, proclama al amor como el mandamiento más grande. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente... Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37. 39). Son estos los dos mandamientos que se unen uno al otro y se condicionan recíprocamente. Según la enseñanza y el ejemplo de Cristo, debemos amar a Dios por encima de todo, y al prójimo a medida del hombre. Al mismo tiempo, leemos en la Carta de San Juan: “Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20).
Por lo tanto, el amor de Dios se realiza y, en cierto sentido, encuentra su verificación en el amor al hombre, al prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos. Y el prójimo es cada uno de los hombres sin excepción; por esto, Cristo habla incluso del amor a los enemigos. Dice así: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28). Por lo demás, Él mismo ha dado ejemplo de este amor cuando, durante la crucifixión, oró por aquellos que le daban la muerte.
Aquí nace vuestra pregunta: ¿Cómo es posible que el hombre ame cuando se siente odiado, y mucho más cuando él mismo siente odio en sí mismo, o al menos, rencor, digamos, antipatía, en relación con algunas personas?
Efectivamente, desde el punto de vista de nuestros sentimientos, hay aquí una dificultad, más aún, “una contradicción”: cuando “siento” aversión u odio, ¿cómo puedo, a la vez, “sentir” amor?
Sin embargo, el amor no se reduce solo a lo que sentimos. Tiene en el hombre raíces más profundas, que se hallan en su “yo” espiritual, en su entendimiento y en su voluntad. Cuando queremos cumplir el mandamiento del amor (en particular cuando se trata del amor a los enemigos), debemos remontarnos precisamente a esas raíces profundas. De esto se sigue que el amor se hace quizá “más difícil”, pero se convierte también en “más grande”. En el amor nos dejamos guiar no solo por la reacción de los sentimientos, sino por la consideración del verdadero bien. Y de este modo aprendemos a guiar nuestros sentimientos, los educamos. Esto requiere paciencia y perseverancia… Pues bien, amar verdadera y plenamente solo sabe aquel que es capaz de “poseer” su alma, poseerse a sí mismo: poseer para convertirse en “don para los demás”. Todo esto nos lo enseña Cristo no solo con su palabra, sino también con su ejemplo.
Bien, ahora responderé más brevemente a las otras preguntas. El hecho de que los hombres son hermanos, quiere decir primeramente que, a pesar de todo lo que los divide —raza, lengua, nacionalidad, religión—, sin embargo, se parecen. Cada uno es un hombre y todos son hombres.
Sin embargo, es necesario completar este significado primero con el segundo. Llamamos hermanos y hermanas a aquellos que son hijos de los mismos padres y de las mismas madres. Los hombres son hermanos, según la enseñanza de Cristo (e incluso según el sentir religioso más común) porque Dios es su Padre. Cristo pone en el centro de su Evangelio esta verdad sobre la paternidad de Dios. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar. Él enseña una oración que comienza con las palabras: “Padre nuestro...” (Mt 6, 9).
Esta oración nos ayuda mucho por lo que se refiere al amor del prójimo y en particular al amor de los hombres malévolos para con nosotros. En ella decimos, entre otras cosas: “Padre ‘perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores’” (Mt 6, 12).
(San Juan Pablo II, Diálogo con los jóvenes, Tokio, 24 de febrero de 1981)
