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Es imposible vivir, si la vida no tiene un significado que vaya más allá de la muerte. En efecto, ella es el punto más importante de la existencia, puesto que nos revela su sentido Oxford, Oxfordshire, England, August 20, 2026. Close-up view of an open Holy Bible resting on a lectern in a church sanctuary.y determina si merece la pena librar un combate, una lucha, afirmar ciertos valores, o todo esto no vale para nada.

“La pregunta del Evangelio no atañe solo al futuro. No concierne solo a lo que sucederá después de la muerte. Al contrario, tenemos un compromiso con el presente, aquí y ahora, que debe garantizar autenticidad y, en consecuencia, el futuro. En una palabra, la pregunta plantea la cuestión del sentido de la vida. Por eso, puede formularse así: ¿qué debo hacer para que mi vida tenga sentido? O sea: ¿cómo debo vivir para cosechar plenamente los frutos de la vida? O también: ¿qué debo hacer para que mi vida no transcurra inútilmente?”[1].

Por eso, una Iglesia y una comunidad que no saben hablar sobre la muerte a los que viven y gozan de buena salud, sino que tratan de este tema solo cuando uno está muriendo, traicionan al Señor Jesús.

En efecto, la muerte, como también la enfermedad, está dentro y no fuera de la vida. De esta forma, una muchacha y un joven pueden responder, examinar y tomar conciencia de lo que es la muerte.

Por lo tanto, hay que empezar esta formación desde la infancia, aclarando que existen el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, la injusticia, las dificultades, y hay personas que traicionan.

Es un acto de cobardía hablar de la muerte a un enfermo que ya está falleciendo, porque se trata de un ser débil que no puede tomar una decisión: esto no es justo, ni honesto.

Para Dietrich Bonhoeffer –teólogo protestante alemán, ejecutado a los 39 años por los nazis–, Dios no es un tapagujeros:

“Dios ha de ser reconocido en medio de nuestra vida, y no solo en los límites de nuestras posibilidades. Dios quiere ser reconocido en la vida y no solo en la muerte, en la salud y la fuerza y no solo en el sufrimiento, en la acción y no solo en el pecado. La razón de ello se halla en la revelación de Dios en Jesucristo. Él es el centro de nuestra vida, y no ha ‘venido’ en modo alguno para resolvernos cuestiones sin solución”[2].

Por este motivo, se debe hablar de la muerte con los que pueden tomar una decisión en uno u otro sentido, y saben enfrentar la vida dándole un significado. Si todo terminase con la muerte, sería justificado hacerlo todo: ser honesto o robar; matar o no matar; vivir en la fidelidad o la infidelidad, porque si todo terminase con la muerte y más allá no existiese nada, deberíamos organizar solo nuestra vida terrenal.

Por el contrario, si creemos que más allá de la muerte está la belleza y la plenitud de la vida, todo es diferente y se transforma en un desafío.

Los grandes filósofos hablaban de este desafío, porque no se puede afirmar la existencia de Dios, sin tener en cuenta las consecuencias que esto conlleva para nosotros.

Muchas veces acontece que una persona que rechazó durante toda su vida el conocimiento de Dios, porque supuestamente no tuvo tiempo, y por consiguiente no entró en relación cada vez más profunda con Él, al llegar la muerte se pregunte: “¿Por qué Dios ha hecho esto?”. Pero es cobardía descubrir solamente en aquel momento que Dios existe y pretender juzgarlo. No podemos hacer entrar a Dios en nuestra vida solo en los momentos difíciles, como si fuese un tapagujeros, pidiéndole que solucione nuestros problemas, y dirigiéndonos a Él para que ejecute todo y solo lo que queremos. En este caso, es como si dijéramos: “Hágase mi voluntad” y no “hágase tu voluntad”.

La muerte de una persona interroga a todos

La Iglesia no habla a los muertos, sino que reza por ellos implorando la misericordia de Dios y se dirige a los vivos para que examinen su vida.

La muerte nos interroga, irrumpiendo en nuestra vida de formas diferentes e imprevisibles: por medio de una enfermedad, por un largo proceso de sufrimiento y también repentinamente. Al ingresar en nuestra familia, nos separa de una persona querida cortando todos sus proyectos de vida.

En ese momento, la mayoría de las veces no hay una preparación adecuada para acoger a la muerte, y tampoco para encontrarse con el Señor. Es en aquel instante, cuando el hombre se interroga y no encuentra una respuesta apropiada, en que cualquier discurso humano se vuelve difícil e incluso inútil.

Cuando entra en una casa, la muerte plantea un serio interrogante sobre el único problema auténtico: “¿Cristo Jesús ha resucitado o no?”. Frente a esta pregunta, estamos llamados a dar una respuesta con nuestra vida, y no con una profesión de fe hecha solo con las palabras.Sunny autumn landscape with golden maple trees in the park

En efecto, no son los discursos los que testimonian si creemos o no, sino nuestra manera de vivir.

Si hay una separación y una fractura entre los momentos que dedicamos a los actos de culto en el templo y nuestra vida diaria, esto quiere decir que renegamos en la práctica lo que profesamos con los labios.

La muerte de cualquier persona interpela a cada uno, para que responda en su interior, en el secreto de su corazón, si cree o no. Es una llamada fuerte para despertar nuestra fe y con ella el sentido del amor, no solo entre nosotros, sino por los que nos han precedido en el Reino de Dios, hacia el cual todos estamos encaminados.

“‘Ningún hombre es una isla, entero en sí mismo’, escribía el poeta teólogo John Donne (siglo XVII) en una poesía suya que se hizo muy famosa. Donne quería subrayar que cada persona es parte de la entera humanidad. Y cerraba la poesía con estos versos: ‘Cada muerte de hombre me disminuye, porque yo formo parte de la Humanidad. Y así nunca hagas pedir por quién dobla la campana: esta dobla por ti’”[3].

La muerte, pues, nos interroga no para conducir una vida de temor, huyendo de los problemas existenciales, sino para ser hombres libres, sin miedo a enfrentarse con la realidad en su concreción. De esta manera, se llega a la verdad que nos hace libres: “… entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32).

La ambigüedad de la muerte

La muerte tiene en sí misma una ambigüedad. En efecto, por un lado, es lo peor que pueda pasar en la vida del hombre: es terrible y horrible. Aparentemente, es el fracaso final de todo lo que hemos esperado, soñado, construido y amado.

“Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen. El hombre no solo es atormentado por el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la extinción perpetua. Juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte”[4].

Por eso, es difícil construir, pensar en el futuro, cuando sabemos que el último horizonte es la muerte, y cada día que pasa nos acerca más a ella. Podemos escapar de la justicia de los hombres, de tantas dificultades con pequeños engaños, pero no de la muerte.

El hombre es verdaderamente tal cuando tiene la capacidad de ver toda la realidad; de no esconderse frente a ella y vivir en este horizonte.

Todos tenemos, más o menos, la mentalidad de que la muerte concierne siempre a otras personas. Así pensaban, en efecto, algunos filósofos antiguos. Para ellos, la muerte no era nada doloroso ni temible, puesto que es un estado de una persona que ya ni siquiera existe. Cuando llega, el hombre ya ha muerto y no siente nada y después de ella el cuerpo y el alma se disuelven, por lo tanto, es una realidad que no afecta al individuo.

Si en este momento hablo, vivo, me muevo, me relaciono, quiere decir que la muerte no está presente; es la muerte de otro, no es la mía. Cuando llega la mía yo no estoy, no hablo, no hago nada y, por eso, es como si la muerte no existiese. Pero estos razonamientos son nada más que un juego de palabras, porque la muerte existe, entra en nuestra vida y la cambia realmente.

Este juego de palabras que intentan domesticar a la muerte y reducirla a palabra vacía de contenido, distinguiendo entre la muerte existente para el hombre abstracto y la inexistente para el hombre concreto, se vuelve a encontrar en el célebre relato de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich.

Escribe Tolstoi:

“Iván Ilich sabía que se estaba muriendo y por eso se desesperaba. En el fondo de su alma lo sabía, pero en lugar de hacerse a la idea, no la admitía de modo alguno. El silogismo que había aprendido en la lógica de Kiezewetter: ‘Cayo es hombre, todos los hombres son mortales, por lo tanto, Cayo es mortal’ solo le parecía legítimo en lo que atañía a Cayo. Pero nada tenía que ver con él. Que Cayo –ser humano en abstracto– fuese mortal le parecía justo. Pero él no era Cayo, ni un hombre abstracto. Era un hombre concreto. Él, a quien su padre y su madre llamaban Vania, también Mitia y Volodia, sus juguetes, el cochero, la niñera. Más tarde había sido Vania para Katenka, con todas las alegrías y tristezas, los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Cayo sabía del olor a cuero de la pelota a rayas que tenía Vania? ¿Cayo besaba como él la mano de su madre? Para Cayo el rozar de la tela del vestido materno ¿sonaba igual? ¿Había rechazado la comida de la facultad? ¿Se había enamorado como él? ¿Presidía como él una sesión? ‘Cayo es, en efecto, mortal, y es justo que muera, pero yo, Vania Iván Ilich, con todos mis sentimientos y mis ideas… es otra cosa. Es imposible que deba morir. Sería demasiado horrible’”[5].

El autor que ha analizado, de la manera especulativa más exitosa, el intento actual de borrar la confrontación personal con la muerte es el filósofo alemán Martin Heidegger. Para Heidegger, la muerte es entendida como algo indeterminado que, un día u otro, ciertamente acabará por ocurrir, que, sin embargo, mientras tanto, no está presente todavía y, por eso, no nos amenaza. El “se muere” difunde la convicción de que la muerte concierne al Se anónimo: ya que se alude siempre a cada uno de los demás y a nosotros en la forma del Se anónimo (habladuría, expresión típica de la existencia inauténtica, impersonal, que enfrenta superficialmente problemáticas graves e inevitables), se sobrentiende: a su vez no soy yo. En efecto, el Se es el nadie[6].Small statue of Saint Francis looking at shadows on fence

Para los que creen, la muerte tiene un aspecto terrible, pero al mismo tiempo presenta su belleza, porque es el encuentro con Jesús, que llega junto con ella. Por este motivo, san Francisco solía hablar de la “hermana muerte”, porque ella nos permite encontrar al Señor.

“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal”[7].

La muerte espiritual

La verdadera muerte no es la muerte del cuerpo, sino la del alma, la del espíritu, es decir, vivir sin fe, sin amor, ignorando el sentido de la vida y pensando poder construir todo lo que se quiere, ilusionándose con que la vida nunca se acabará. Esta es la auténtica tristeza y el fracaso de una vida sin sentido.

La verdadera muerte acontece cuando no reconocemos a Dios como la única realidad fundante de nuestra existencia, y lo excluimos de nuestro horizonte vital.

Si no tenemos por lo menos una migaja de fe, la vida carece de sentido. De esto se sigue que arruina totalmente su existencia quien vive sin la fe, don de Dios y respuesta del hombre, que llama a ver la realidad más allá de su manifestación concreta. Por eso, cuando hay un entierro, la Iglesia no habla de la muerte, sino que proclama la vida, subrayando que los difuntos están en la presencia de Dios mirándolo cara a cara y, por lo tanto, conocen la realidad más que nosotros. De esta manera, la Iglesia, que existe para proclamar y anunciar la vida de Jesús, da sentido auténtico a la existencia de los hombres.

Emilio Grasso, El Esposo llega de repente. Reflexiones sobre la visión cristiana de la muerte,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 18),
San Lorenzo (Paraguay) 2018, 12-20.

 

 
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[1] Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes en el estadio de Pacaembu, São Paulo (10 de mayo de 2007).

[2] D. Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio.

[3] V. Paglia, Sorella morte. La dignità del vivere e del morire.

[4] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 18.

[5] L. Tolstoi, La muerte de Iván Ilich.

[6] Cf. G. Cucci, La morte, cifra dell’esistere umano. Un approccio filosofico, en “La Civiltà Cattolica” n.º 4016.

[7] Francisco de Asís, Cántico de las criaturas.

 
 
 
02/11/2026