A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Este tiempo en que estamos viviendo se caracteriza fuertemente por una gran confusión de palabras y de fake news (noticias falsas), que nos crean grandes dificultades en la posibilidad de tomar decisiones personales y responsables.
Nunca como ahora, debemos tener el coraje de proclamar que solo la palabra de Dios, la Verdad, nos hace salir de la indiferencia, de la insignificancia, de la simple repetición de “lo que hacen todos”.
Jesús ha roto la ley de la sangre, de la pertenencia a una raza, a un grupo cerrado de personas, que nos condena a repetir siempre el mismo tipo de vida. Por eso, Él ha sido crucificado, porque era la Palabra de Verdad que rompe todo tipo de cadenas; la Palabra que, sin embargo, no puede morir, porque es el Amor que libera y, por lo tanto, resucita.
La muerte de Jesús llama a todos a tomar una decisión; es un tiempo de silencio en el cual Dios se calla para que el hombre, en el silencio absoluto y en plena libertad, pueda tomar una decisión: luchar por la Palabra o entrar en el mutismo de los animales; estar de parte de la vida o vivir en la insignificancia, en la repetición y en la imitación de la mayoría, sin querer escuchar, decidir y actuar autónomamente y por el bien.
Es por medio de la Palabra que todo ha sido creado, como nos recuerda el libro de la Sabiduría: “Dios de nuestros padres, Señor de misericordia, por tu Palabra hiciste todas las cosas” (Sab 9, 1). Es por medio de su Palabra que Dios “domó al océano y plantó en él islas” (Sir 43, 23); por medio del Hijo “cuya Palabra poderosa mantiene el universo” (Heb 1, 3).
Esta Palabra estaba ante Dios, en el principio. Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. Lo que fue hecho tenía vida en Ella, y para los hombres la vida era luz (cf. Jn 1, 2-4). Por nosotros los hombres y por nuestra salvación esta misma Palabra “se hizo carne, puso su tienda entre nosotros” (Jn 1, 14).
Los obispos latinoamericanos han afirmado, en el Documento de Santo Domingo, que
“en el gesto de comunicación del Padre, a través del Verbo hecho carne, la Palabra se hace liberadora y redentora para toda la humanidad en la predicación y en la acción de Jesús. Este acto de amor por el que Dios se revela, asociado a la respuesta de fe de la humanidad, engendra un diálogo profundo. Cristo así es el modelo del comunicador, en Él, Dios, el totalmente Otro, sale al encuentro nuestro y espera nuestra respuesta
libre” (n.º 279).
Cuando la Palabra es proclamada, cuando se presenta a nosotros como palabra de Dios “viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, las articulaciones y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos” (Heb 4, 12); cuando la Palabra se presenta a nosotros con toda su potencia fascinadora de una Verdad, frente a la cual “todo queda desnudo y al descubierto” (Heb 4, 13), entonces no podemos escondernos más. En efecto, ante Ella “están las obras de cada uno, y nada escapa a su mirada” (Sir 39, 19). Frente a esta Palabra estamos llamados a ejercer nuestra elección. El primer efecto de esta Palabra es que ya no nos permite escondernos más, vivir a nivel de las cosas, sino que provoca en nosotros una respuesta. Que sea un sí o un no, la Palabra no nos permite vivir a nivel de las cosas, sin la libertad de autodeterminarnos.
Ya estamos llamados a tomar posición: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11, 23).
En efecto,
“como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la Palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué” (Is 55, 10-11).
Nos ayuda, en este punto, el pensamiento de un gran teólogo y exegeta luterano alemán del siglo pasado: Rudolf Bultmann.
Escribe Bultmann que, para Jesús, el valor del hombre no está determinado por una cualidad humana cualquiera o por la
capacidad de su vida psíquica, sino únicamente por cómo el hombre se decide en el hic et nunc (aquí y ahora) de su existencia.
Jesús, por lo tanto, ve al hombre como uno que está en su hic et nunc, en la decisión, con la posibilidad de decidirse por medio de su libre acción. Solamente lo que el hombre cumple ahora le da su valor.
Esto subraya la necesidad de educar en el coraje de la decisión.
“El coraje mismo consiste en una decisión, un acto resuelto que vence las resistencias que inducirían a la inacción. Cada decisión comporta una dificultad porque hace una opción, excluye algunas posibilidades escogiendo una sola entre tantas, pero en el acto valiente emerge con fuerza la potencia del ‘sí’ que es pronunciado, mejor dicho, vivido, y es tan luminoso hasta oscurecer los muchos ‘no’ creados por la decisión misma. El coraje, que los antiguos latinos llamaban fortitudo, la virtud de la fortaleza, es fuerza respecto a sí mismo, fuerza que combate y supera la cobardía y la vileza que nos amenazan y nos aconsejan permanecer en el cerrado de nuestras seguridades, que nos proveen de tantas razonables coartadas para no actuar. La decisión valiente es ejercicio de libertad. Y se vuelve también coraje para oponerse, para decir que no, evitando las tentaciones de complacer a los demás y de adular a quien es más fuerte y potente que nosotros. Así el coraje se transforma en capacidad crítica, actitud de quien no se hace dependiente de los demás y subordinado a ellos, sino que se atreve consigo mismo. El coraje es fuerza y voluntad de escoger en la noche, es decir, en medio de las dificultades, pero tiene la fuerza de una iluminación, de un fiat lux, de un faro que indica el camino que recorrer para una humanidad más verdadera” (L. Manicardi, Spiritualità e politica).
Roguemos al Señor –por intercesión de aquella joven israelita que tuvo el coraje de la decisión, cuando respondió al anuncio del Ángel con las palabras: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho” (Lc 1, 38)– para que podamos ser capaces también nosotros de responder como Ella, cuando la palabra de Dios nos llamará a tomar nuestra decisión.

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Con ocasión de la fiesta patronal de la capilla San Isidro Labrador, envío mis saludos y mi agradecimiento –por todo el trabajo que, con pasión y amor, están haciendo desde hace muchos años– a los coordinadores don Isidro Candia Argüello y doña Nilsa Beatriz Leiva de Candia.
Ruego por ellos y por todos los queridos fieles de esta capilla, invocando la protección de san Isidro Labrador, en esta guerra en la que están combatiendo con coraje y sufrimiento, contra el común enemigo, el feo y cobarde COVID-19.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.

15/05/2021

libre” (n.º 279).