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Una parroquia en la pandemia

 

Cuando, en marzo del año pasado, debido al bloqueo total en todo el Paraguay, también nuestra parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (habitualmente caracterizada por una amplia participación en las celebraciones litúrgicas y en la catequesis) suspendió todas las actividades, habría podido predominar, en nosotros del equipo pastoral, ese desconcierto que acompaña el surgir de una repentina sensación de inutilidad: y ahora ¿qué hacemos? Una pregunta que, además ‒aparte de la pandemia‒, se presenta, a menudo, a las personas que, en medio de una vida muy dinámica, vuelven, de repente, a tener que enfrentarse con adversidades de varia índole o también, más sencillamente, solo con la llegada de la edad de la jubilación.

Sin embargo, desde el principio, nuestra actitud ha sido diferente: incluso el tiempo de la pandemia es un tiempo de Dios. No se debía esperar su fin para volver a vivir como cristianos: se trataba de vivir el presente. Y, si los bancos de la iglesia estaban ya vacíos, esto tenía que llevarnos a redescubrir que no son nuestras actividades las que salvan, sino Jesús crucificado. Cuando Jesús está en la cruz, ya no puede predicar, visitar a la gente, hacer milagros. Permanece en la inmovilidad absoluta, sin embargo, en ese momento realiza la acción más importante de su vida, de valor eterno y definitivo.

Era necesario asegurar la presencia de Dios en medio de personas a menudo perdidas, en un tiempo de soledad y de miedo angustioso, en que era fácil caer en las trampas de un fideísmo según el cual “en la iglesia uno no se enferma” y “quien cree de verdad se sana”; de un milagrerismo que cree poder resolverlo todo con algunas oraciones; de un fanatismo religioso teñido de reflejos apocalípticos; de la desconfianza hacia la ciencia.

La inmovilidad forzada, ante todo, llevó a redescubrir el valor de la oración auténtica, en particular, de la que se hace los unos por los otros, como recuerdo e intercesión. Estar en la iglesia para los que ya no podían entrar en ella, y pasaban para detenerse por un momento en el atrio de la iglesia, apareció aún más claramente como el opus Dei, la obra de Dios, o sea, dejar que Dios trabajara con sus métodos, y considerar la oración como un trabajo, el más importante: una verdadera “obra” de misericordia, que, como cada trabajo, requiere dedicación, perseverancia y metodicidad. En busca de esa unidad que ya no podíamos experimentar separados unos de otros, nos dirigimos a la fuente de la unidad: Dios. La vida del hombre, y más aún la vida del cristiano, es verdadera solo cuando es relación con Dios, fuente y cumbre de la relación con los demás.

Esta nueva situación ha favorecido, así, una relación más espiritual con todos, porque la comunión se arraiga ante todo en la oración.

Hemos buscado nuevas formas para mantener el contacto con los feligreses, partiendo del principio de que son las relaciones de persona a persona y el intercambio de corazón a corazón el método eficaz de la difusión de la vida evangélica.

Esta convicción ha guiado las actividades en los distintos ámbitos que nos hemos repartido. Los contactos han sido mantenidos incesantemente con muchísimas personas que, en tantos casos, por iniciativa propia, se han dirigido a la parroquia con la certeza de encontrar allí una palabra que representara una luz. Muchos, que por diversas circunstancias de la vida se habían alejado, han vuelto a acercarse. Consolar a quienes tenían un familiar en el hospital, a menudo en cuidados intensivos, o lo habían perdido, ha representado una tarea constante y exigente.

Muy importante, desde el inicio de la pandemia, ha sido el envío semanal de las “Homilías en tiempos del Coronavirus” de Emilio. De las innumerables reacciones que nos han llegado, hemos constatado haber logrado llegar a muchas más personas de las que normalmente frecuentaban la parroquia antes de la pandemia, incluso, llegando mucho más allá del mismo territorio parroquial y diocesano. El diálogo que se ha desarrollado a partir de sus reacciones ha permitido una interacción de doble sentido, ya que ellas han podido enviar textos, comentarios, preguntas, y ayudar también a nosotros a entrar mejor en sus vidas.

Las relaciones con las autoridades de la ciudad se han reforzado, tanto en el plano de la pólis, más allá de la coalición de los partidos, como a nivel de las autoridades sanitarias, y, en un tiempo de aumento de la pobreza, hemos intensificado la acción, discreta y respetuosa, de la Cáritas hacia los más necesitados.

Aunque la emergencia continúa y solo pocas decenas de personas pueden entrar en la iglesia ‒el Paraguay se encuentra, en las últimas semanas, entre los países con el mayor índice de mortalidad por COVID-19‒, quizá nunca como ahora tanta gente se ha sentido íntimamente unida a la parroquia, y el trabajo no ha faltado.

La cruz siempre es fecunda, y la misma muerte de ciertas expresiones de vida pastoral nos ha devuelto a una parroquia más viva que antes. Con esta confianza en el futuro de nuestras vidas y de la Iglesia, continuamos nuestro compromiso.

Michele Chiappo

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

28/07/2021

 

Categoría: Vida de la parroquia de Ypacaraí (Paraguay)