El misterio de la Madre Roberta

 

Desde hace varios años, aunque ahora cada vez más raramente, cuando me quedo en Roma a la vuelta del Paraguay –donde ejerzo el ministerio pastoral como sacerdote fidei donum de mi diócesis de origen, la diócesis de Roma– estoy acogido como huésped en la “Casa Quo vadis” de las Hermanas Franciscanas Misioneras del Corazón Inmaculado de María.

Allí conocí a tres hermanas: la hermana Shereen, la hermana Silvia y la hermana Carmen, pero fue especialmente con la hermana Shereen con la que tuve la oportunidad de un intercambio más intenso de conversaciones.

Varias veces, me quedé impresionado por cómo la hermana Shereen hablaba de su anterior Superiora General: la Madre Roberta, cuyo nombre de nacimiento es María Teresa Malgrati.

Conocí a la Madre Roberta de forma casi ocasional, cuando se trasladó a la “Casa Quo vadis”, y mantuve con ella algunos breves coloquios, que por cierto no fueron coloquios profundizados.

Sin embargo, percibí su gran sensibilidad y delicadeza cuando un día volví con un brazo enyesado (y al día siguiente tenía que salir para Madrid), por haber caído tropezando accidentalmente mientras caminaba por una vereda romana, vereda que se parecía más a una rebanada del famoso queso Emmental, lo que, de niño, llamaba el “queso con los agujeros”, que a un camino para peatones.

Por lo tanto, no soy en absoluto una persona que pueda hablar, con conocimiento de causa, de la Madre Roberta.

Entonces, se me podría preguntar por qué acepté escribir en memoria de la Madre Roberta.

El mío es un discurso muy sencillo y es analógico al proceso de comunicación de la fe.

Yo llegué a la fe, como paso de una fe sociológica (cristiano porque nací en un ambiente de cultura cristiana) a una fe personal (independientemente del ambiente, la mía es una adhesión que involucra a mi yo, único, irrepetible, inalienable), no por un razonamiento o porque experimenté algo milagroso, sino porque conocí a una persona que con su amor y su fe me contagió.

Escribe el teólogo jesuita P. Domenico Grasso:

“El razonamiento puede convencer, pero no provocar la fe. Esta es debida a un paso de amor entre Dios y el hombre, paso que la razón no puede producir. ... El amor pasa de Dios al hombre por un fenómeno de contagio. ... Pero, para que este se realice, el hombre no tiene que poner obstáculos, debe dejarse conquistar”.

Y me dejé conquistar.

Este fenómeno de contagio lo reconocí en la hermana Shereen.

Por cómo hablaba de la Madre Roberta, por cómo la acompañó en la fase terminal de su enfermedad, por cómo sufrió su muerte, y diría también por cómo me contagió, la hermana Shereen hizo que la Madre Roberta entrara en mi vida.

Si la hubiera conocido de forma más profunda y directa, estoy seguro de que no habría percibido lo que me atrevo a llamar “el misterio de la Madre Roberta”.

Para mí, en el amor de la hermana Shereen por la Madre Roberta se realizó ese “paso de amor entre Dios y el hombre, paso que la razón no puede producir”, del que escribía el P. Domenico Grasso.

El amor de la hermana Shereen a la Madre Roberta constituye –en mi opinión– lo que se puede llamar “un lugar teológico”, sobre el cual las Hermanas Franciscanas Misioneras pueden reflexionar para vivificar su carisma, a la vez franciscano y misionero, carisma que hace crecer a la Iglesia.

Porque –como repite a menudo el Papa Francisco, siguiendo las huellas del Papa Benedicto XVI– “la Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción, es decir, crece por el testimonio dado a los demás por la fuerza del Espíritu Santo” (Ángelus, 30 de septiembre de 2018).

Emilio Grasso

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

01/09/2021