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 Vivir la Pasión el Domingo de Ramos

 Primera parte

 

Nuestras actitudes más cotidianas están puestas en tela de juicio, frente a los relatos de la Pasión del Señor. Meditando sobre ellos, encontramos una invitación a una reflexión personal sobre la opción fundamental de nuestra existencia.

La tranquilidad de la mentira

El proyecto para el hombre, nacido de la iniciativa de Dios, se puede aceptar o rechazar, pero no es posible cambiarlo ni adaptarlo a nuestros deseos, porque nace de la verdad. Dios, que es la Verdad, sabe lo que es justo, verdadero y bueno para nosotros. El hombre, al contrario, no logra distinguir entre el bien y el mal, y a menudo, incluso creyendo cumplir el bien para sí, se autodestruye. El bien aparente no es sustancial, ni real, ni auténtico. Lo que es “bien para mí” solo el Señor puede indicármelo; por eso, tiene sentido escucharlo y seguir su voluntad.

Pero ¿cuál es la actitud humana que llevó a la muerte de Jesús? ¿Por qué y por quién Jesús fue crucificado?

Para contestar a esta pregunta, hay que distinguir la forma histórica concreta que han tomado los padecimientos y la muerte de Jesús de lo que es el designio salvador de Dios, claramente explicado por san Pedro en su Primera Carta con estas palabras:

“Pues Cristo murió una vez por el pecado y para llevarnos a Dios, siendo esta la muerte del justo por los injustos. Murió en su carne, y luego resucitó por el Espíritu” (1 Pe 3, 18).

Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. He 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber ‘recibido’ (1 Co 15, 3) que ‘Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras’ (1 Co 15, 3; cf. también He 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y He 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45)”[1].

Además:

“El designio salvador de Dios se ha cumplido de ‘una vez por todas’ (Heb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo. La Iglesia permanece fiel a ‘la interpretación de todas las Escrituras’ dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su Pascua: ‘¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’ (Lc 24, 26-27.44-45). Los padecimientos de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido ‘reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas’ (Mc 8, 31), que lo ‘entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle’ (Mt 20, 19)”[2].

Puesto que este es el designio eterno de salvación, en cuanto a la forma histórica concreta de los padecimientos de Jesús y a las causas que los determinaron, se destaca la cobardía de los individuos y de la muchedumbre.

Cristo fue muerto por el miedo. Él fue crucificado, porque los hombres no pueden soportar el peso de la verdad, y tienen que eliminar a su testigo, a Jesús mismo. En efecto, en Jerusalén, cesaron de aclamarlo exactamente cuando se percataron de que no se trataba del mesías de tipo político que soluciona todos los problemas materiales de ellos, sino del que proclama la verdad, que revela el corazón del hombre.

Aún hoy, el que tiene miedo a la verdad está crucificando a Jesús, quien es la Verdad hecha carne, la Verdad que nos hace libres, poniendo al descubierto nuestro corazón.

A menudo, mentimos por temor de que alguien descubra quiénes somos realmente, porque tenemos miedo a nosotros mismos, a mirar en lo profundo de nuestro corazón. El hombre prefiere vivir en la mentira, en la tranquilidad que deriva del engaño, del no tener conciencia de la situación. Prefiere no conocer la verdad sobre sí mismo, sobre la familia, sobre la sociedad, sobre lo que hizo o piensa hacer. El miedo de los hombres que no aman la verdad mata al Señor, porque donde hay miedo no hay amor:

“En el amor no hay temor. El amor perfecto echa fuera el temor” (1 Jn 4, 18).

Jesús nos llama a relaciones auténticas con Él y con los demás, rechazando la mentira, la falsedad, el engaño…

No hay que tener miedo de abrir el corazón a la verdad, a la racionalidad, a la inteligencia, porque la verdad nunca puede estar en contra de Dios y de la fe auténtica. Se trata, entonces, de buscar la verdad, de estudiar, de prepararse, de encontrarse en la verdad y no en la repetición de esquemas.

Extracto, revisado y adaptado, de E. Grasso, Lo crucificaron por miedo a la verdad.
El itinerario de la Semana Santa
, Centro de Estudios Redemptor hominis
(Cuadernos de Pastoral 30), San Lorenzo (Paraguay) 2013, 18-22.

(Continúa)

 

 

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[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 601.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 571-572.

 

 

 

12/04/2022

 

Categoría: Artículos