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A quien haya seguido la guerra civil en Siria no le habrá pasado desapercibido que los altos responsables eclesiásticos locales han tomado posiciones que contrastan con cuanto sugerían, en estos años, la prensa y los Gobiernos occidentales. Cuando se reclamaba, casi unánimemente, que Assad dimitiera, ellos apoyaban al Presidente siriano.

 

¿CÓMPLICES DE LA DICTADURA O VÍCTIMAS OLVIDADAS?

 

Y ahora, frente a las reluctancias de las potencias occidentales, reclaman una intervención de tropas de tierra para derrotar al Estado Islámico, además de expresar consuelo por la acción militar de Rusia.

Entre las muchas declaraciones de este tenor, vale la pena traer la del Patriarca de Antioquía de los Sirios, Ignace Youssif III Younan, publicada en “El Observador Romano” el pasado 7 de octubre: “Ha habido una lectura equivocada de la situación. No se puede exportar la democracia occidental a países donde no se tiene la clara separación entre religión y Estado, donde existe lo que nosotros llamamos ‘una hegemonía de la religión’. Cualquier cosa que se haga, no estaremos en condiciones de mejorar este tipo de democracia”. Según el Patriarca, el proyecto ambicioso y no realista del Occidente “se ha fundado en un análisis demasiado simplista de la historia y de la demografía del país. La situación en Siria resulta muy compleja, también porque en ella están numerosos grupos minoritarios que temen el totalitarismo islámico”. Y ha concluido: “Se las han tomado con nosotros en cuanto cristianos, y seguimos sufriendo por esto. Es muy triste que los países occidentales se preocupen de otros problemas antes que pensar en el peligro que corren los cristianos en Oriente Medio”.

Estas posiciones, comunes a los cristianos de Oriente, han provocado más de una incomprensión entre ellos y varias voces, también importantes, del catolicismo en Europa, que han reprochado a las Iglesias de Oriente una condescendencia con los dictadores, una falta de espíritu profético o inclusive una traición de los valores evangélicos.

Hay que decir, sin embargo, que no son pocos los que creen que la “primavera árabe” en Siria ha sido provocada por elementos extraños, procedentes de Qatar y Arabia Saudita, por razones ideológicas –Siria era un Estado laico, el único país musulmán que no definía en la Constitución el Islam como religión de Estado y que preveía siempre, en el balance anual, una voz para la construcción de nuevas iglesias– y por intereses económicos: en la costa siriana tenía que desembocar el gasoducto procedente de Qatar, y Assad no había concedido su visto bueno al proyecto.

Que los Assad sean dictadores despiadados con los opositores no cabe duda: ya en 1982 en Hama, Hafez, el padre de Bashar, hizo asesinar a millares de pertenecientes al movimiento de los Hermanos Musulmanes. Pero, sustituir a Bashar con sus opositores significaría solo añadir a la crueldad el oscurantismo religioso.

Una Iglesia extraña al modelo constantiniano

Para comprender la actitud de los cristianos locales, sería necesario hacer aquel ejercicio de imaginación que proponía, casi cuarenta años atrás, Jean Corbon, sacerdote melquita católico de Beirut y autor de un libro, L’Église des Arabes, que permanece una piedra miliar para comprender a la Iglesia en el Oriente Próximo: “Si Constantino no hubiera puesto fin a las persecuciones, si Teodosio no hubiera proclamado el cristianismo religión del Imperio, si ningún rey o príncipe de Europa, desde el Atlántico hasta los Urales, nunca hubiera estado cristiano, si el catolicismo, la ortodoxia o el protestantismo nunca hubieran estado religiones de Estado, si ningún Obispo nunca hubiera estado gobernador o jefe de un ejército, si el Papa no hubiera tenido nunca algunos Estados Pontificios, si nunca, en todo el mundo, un cristiano hubiera podido ser gobernador o presidente, precisamente por el motivo que era cristiano, si los cristianos de Europa y de América siempre hubieran estado sujetos a algunos impuestos discriminatorios por motivo de su bautismo, si no se hubiera visto nunca un ejército llamado cristiano ni algunas banderas adornadas con cruces o con imágenes de la Virgen, etc., entonces se comenzaría a comprender la condición diaria y milenaria de los cristianos en la civilización islámica”.

A final de este ejercicio, puede surgir la sospecha que los reproches hechos a los cristianos de Oriente por sus hermanos de Occidente, en nombre de la fidelidad al Evangelio, escondan una forma de eurocentrismo, que lleva a juzgar las relaciones Iglesia-Estado según el paradigma histórico de la Europa Occidental. Así, quien tema a una Iglesia marcada por las componendas con el poder, atribuirá a los cristianos de Oriente aquellas faltas que cree individuar en la propia Iglesia, perdiendo de vista, sin embargo, la radical diferencia de situaciones, además de perder el sentido de las proporciones.

Continuando sus reflexiones, Jean Corbon escribía: “Cuando una ley, y por encima religiosa, impida por siglos a algunas comunidades humanas de formar parte de la sociedad, ¿cuál será el resultado? O el de los santos, que siempre sarán un pequeño número, o el de las minorías “fervientes” y diezmadas, en las cuales el sentido evangélico tendrá que luchar incesantemente contra las reacciones de un subconsciente traumatizado”.

Ciertamente, el cristiano tiene la vocación al martirio, pero nadie, en la Iglesia, puede imponerlo por decreto.

La trampa del irenismo

Una de las quejas del Patriarca Younan es que los cristianos de Oriente se sienten abandonados por Europa. Acerca de las razones de este abandono, Jean François Colosimo, profundo conocedor del Oriente cristiano, ha escrito páginas alumbrantes, en un reciente libro titulado La Malédiction des chrétiens de Orient. Según su parecer, Europa ha elegido recorrer el camino de un irenismo artificial, ignorando los conflictos pasados y presentes, en la convicción de que esta actitud pueda servir a la paz futura. Así, por ejemplo, multiplica las iniciativas para reconstruir un pasado que nunca ha existido, idealizando el califato de Córdoba o el Imperio Otomano como modelos de tolerancia, cuando, en cambio, más prosaicamente, el oportunismo político había obligado a la minoría musulmana en el poder a enfrentarse con la mayoría no musulmana.

La convivencia, hoy muy ensalzada, tenía limitaciones muy serias, no solo jurídicas –la coexistencia no fue nunca igualdad–, sino también psicológicas: acerca de esto, es emblemática la historia de dos de los más grandes perseguidores de cristianos, el fatimí al-Hakîm en Egipto, del siglo XI, y el Sultán otomano Abdülhamid II, a finales del siglo XIX, ambos hijos de madre cristiana.

El primero se caracterizó, además de que por las masacres, por la destrucción del Santo Sepulcro, provocando así aquella oleada de indignación que desembocó en la proclamación de la Primera Cruzada. Su madre, María, era hermana del Patriarca griego-ortodoxo de Jerusalén.

El segundo era hijo de una armenia, Verjine, la favorita, y las matanzas de armenios con que se manchó y que le dieron el título de “Sultán rojo” –doscientos mil asesinados, cien mil convertidos a la fuerza, cien mil mujeres raptadas y vendidas en los harems y en los burdeles, preludio al genocidio ocurrido menos de veinte años más tarde– eran, para él, el modo para prevenir los golpes de Estado de cuantos veían en él a un usurpador “en razón de su bastardía religiosa; una prueba más, si fuera necesaria, que el idílico batiburrillo cordobés u otomano –escribe Colosimo– consideraba el mestizaje no solo un límite, sino un horror”.

A este propósito, ya algunos años atrás Rémi Brague, profesor de filosofía medieval en La Sorbona, además de ser licenciado del premio Ratzinger, había constatado “el reflujo de las utopías de la coexistencia”, es decir, una multiplicación de publicaciones, congresos, películas y otros instrumentos de la cultura popular que presentan la imagen –en realidad bastante legendaria– de un pasado de diálogo, encuentro y mestizaje entre cristianos y musulmanes, en el área del Mediterráneo.

Brague observaba que, si cultivamos la ilusión de que el pasado ofrece algunos ejemplos, gracias a los cuales podemos encontrar las soluciones de nuestros problemas, debemos darnos cuenta de que todas las sociedades que han estado multiculturales han cesado fatalmente de serlo, que se trate de la Sicilia árabe o de Andalucía, del Imperio Otomano o de la Argelia colonial, para llegar a la Bosnia de los años 90. Y concluía: “El diálogo de las civilizaciones, o cualquier nombre que se les dé, no nace del pasado, sino del futuro. No es un hecho de memoria, sino de voluntad. No tenemos modelos. Esta constatación nos podría permitir mirar a la cara los problemas actuales”.

Y este futuro de diálogo no se construirá, sin mirar a la cara el sufrimiento de los cristianos de Oriente.

Michele Chiappo

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

03/12/2015

 

Categoría: Islam y Cristianismo