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La vida del Siervo de Dios Jean-Thierry Ebogo

 Primera parte

 

Viaje de la esperanza

Jean-Thierry mostró una gran madurez y una gran profundidad religiosa, atestiguadas por sus numerosas poesías Vie de Jean Thierry Ebogo 2 1es yreflexiones. Proponemos la poesía en la que hace donación de su pie al Señor (ver recuadro).

El año sucesivo a la amputación de su pie y de su pierna, en una fase de remisión de la enfermedad, la Congregación de los Carmelitas Descalzos se decidió a hacer continuar el itinerario del noviciado de Jean-Thierry en Italia, en la provincia de Milán, de la cual dependen el Escolasticado y la misión de Yaundé, y donde podía hacer exámenes médicos más exhaustivos.

En vísperas de la partida para Italia, los síntomas del dolor reaparecieron y se volvieron cada vez más violentos, mostrando muy pronto que la enfermedad había atenazado de nuevo la joven vida de Jean-Thierry.

Los controles repetidos y el diagnóstico realizados en el hospital de Legnano (Milán) sentenciaron un cáncer con metástasis óseas diseminadas.

Jean-Thierry fue sometido a tratamientos intensivos en un centro especializado de Turín, pero sin mejorías. Volvió a Legnano, ya para los cuidados paliativos.

Con los médicos, a quienes había pedido que le dijeran la verdad, comentó:

“Una vez que se haya dado un sentido a la enfermedad, ahora ya no es más sufrimiento, sino un camino hacia arriba, un camino hacia otro, un amigo que sufre como yo... que viene a mi encuentro hoy”[1].

Él testimonió su amor a Cristo, en el cual había encontrado a “Aquel” para quién vivir... y morir.

Su cuarto del hospital se transformó en un místico Carmelo con visitas de muchas personas, sobre todo de jóvenes y sacerdotes. También sus cohermanos lo sostuvieron. Los médicos y los enfermeros se quedaron impresionados por la paciencia y la fortaleza de este joven frente al sufrimiento. Un médico exclamó al provincial de los Carmelitas: “No es un enfermo cualquiera. ¡Este joven es un santo!”.

La fe de muchos, a menudo debilitada, se inflamó de nuevo en el corazón de quien entraba en contacto con él.

Los testimonios dados en Italia y sus mismos escritos manifiestan la profundidad y los frutos de la misión del sufrimiento de Jean-Thierry.

La Congregación de los Carmelitas en Camerún, a través del padre Giorgio Peruzzotti, su director espiritual, siguió diariamente las informaciones sobre la eficacia del tratamiento y rezó por él, esperando un milagro.

El padre Giorgio le escribió (y también lo afirmará el día de su entierro en Camerún) que esperaba que el Señor detuviera la mano de la enfermedad como detuvo la de Abraham sobre Isaac, pero que Dios quiso otra cosa...

Todos, en fin, se confiaron a la voluntad de Dios y constataron, cada día más, la serena aceptación que expresaba la fe profunda en Dios de Jean-Thierry, y su transformación en aquel Jesús que amaba con todo el corazón.

Él había escrito, al comienzo de su enfermedad:

“Cuando llegue al final, que el Cristo sea mío. En verdad, todo lo que hago, lo hago para ser Él.... Y que al final Él sea yo”[2].

Mientras que voluntarios y amigos se turnaban en su cuarto y rezaban con él, los Superiores Carmelitas pidieron a Roma la despensa, y a Jean-Thierry le fue concedida la autorización de hacerle pronunciar los votos perpetuos, en inminente peligro de muerte.

Así, en su cama del hospital, tomó el nombre de hermano Jean-Thierry del Niño Jesús y de la Pasión, encerrando en aquel nombre su joven vida y su vocación: desde el impulso de la infancia para transformarse en Jesús, hasta la participación en su Pasión en el sufrimiento.

Y afirmó que, si santa Teresa de Lisieux había prometido desde el Cielo una lluvia de rosas y de gracias, por su parte, él enviará un diluvio de vocaciones para el Carmelo y para toda África.

La profundidad espiritual y el deseo misionero alcanzaron, en esta afirmación de Jean-Thierry, su cumbre.

Con ocasión de sus votos perpetuos, los amigos de Italia hicieron una colecta y permitieron así que la mamá de Jean-Thierry estuviera presente. Las fotografías que los muestran juntos reflejan el gozo radiante de aquel día. Fue, en cambio, desgarrador para ambos el regreso de la madre a Camerún, después de un mes, al caducar su permiso de residencia.

La mamá, Marie-Thérèse, desde el comienzo, había estado perturbada por la enfermedad de su hijo. Le había confiado a Jean-Thierry su temor de que el Señor hubiera rechazado el ofrecimiento que ella hizo en el momento de su nacimiento.

Nosotros tuvimos la ocasión de conocer a esta mujer fuerte el día del entierro de Jean-Thierry en Nkolbisson. Nos contó, con un rostro profundamente sereno, que el hijo en Italia le había repetido el mismo llamado que le había hecho ya al principio de su enfermedad:

“Mamá, hágase la voluntad de Dios… Mamá, ¿te acuerdas? Me ofreciste a Él desde que nací. Es como cuando se dona una cabrita; cuando se va a visitar al amigo, no se pregunta qué hizo con la cabrita: puede que la haya criado, puede que se la haya comido...; si le ofreces un pollo, no le dirás a tu amigo cómo debe cocinarlo... He aquí, yo soy como la cabrita de Dios... no debemos preguntar a Dios qué hizo con la cabrita que le regalaste en cuanto nací”.

Este fue el suave y firme llamado a la madre, en el lenguaje de su cultura, para que confiara en la voluntad de Dios.

Jean-Thierry falleció el 5 de enero de 2006, a los 24 años. En las últimas horas, mirando la imagen de Jesús en la pared, susurró sus últimas palabras a “mamá Anna” quien, junto con su esposo Luigi, lo cuidó hasta el final como a un hijo: “¡Qué hermoso es Jesús!... ¡Qué hermoso es…!”.

El luminoso testimonio de la chispa que se encendió en su corazón de niño y luego estalló[3], comienza ahora a recorrer el mundo entero.

Misión para toda la Iglesia

Después de las exequias en Italia, en Legnano, su cuerpo fue llevado de vuelta a Camerún, donde lo acogió una gran participación de fieles y de amigos del Carmelo. Recordamos aquel día y la intensa emoción religiosa, en la certeza de fe que el Carmelo, en Camerún, fue marcado para siempre por el paso del joven Jean-Thierry.

Él ahora descansa en el jardín del Escolasticado “Edith Stein” de Nkolbisson, en Yaundé, cerca de la Universidad Católica, encrucijada de los jóvenes en formación.

Su tumba, siempre adornada con flores, se convirtió en lugar de oración y de peregrinación. Los testimonios sobre su joven vida fueron recogidos, y el proceso de beatificación fue preparado y luego iniciado en Milán.

El Cardenal Angelo Scola, cerrando en Legnano la fase diocesana del proceso de beatificación, antes de que toda la documentación pasara al Vaticano, afirmó:

“Después de haber sido nosotros los que han llevado el Evangelio a tantos lugares del mundo, acogemos con alegría la venida de evangelizadores y testigos que llegan de estas tierras, como lo hizo Jean-Thierry, para que nuestra fe resucite y para aprender de nuevo a amar a quien está cerca de nosotros”[4].

Jean-Thierry será, tal vez, el primer santo de color de la diócesis de Milán; es, de todos modos, el signo profético de un tiempo nuevo de la misión de la Iglesia, que viene de las gentes y va a todas las direcciones.

Antonietta Cipollini

  

 

 
   

 

  

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[1] Testimoni di Cristo. Catechesi di Monsignor Don Ennio Apeciti...

[2] Fra Jean Thierry di Gesù Bambino e della Passione..., 65.

[3] Cf. Fra Jean Thierry di Gesù Bambino e della Passione..., 62.

[4] A. Scola, Chiusura della fase diocesana del processo “Super Virtutibus” per la beatificazione e canonizzazione del Servo di Dio, Fra Jean Thierry Ebogo, in www.jeanthierryebogo.org/

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

  

 

22/07/2025

 

Categoría: Perfiles misioneros y espirituales