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Recuerdo de Ferruccio

 

Un entierro siempre es doloroso, pero hoy hay algunas circunstancias que parecen aumentar la pena.

Mi papá, Ferruccio, falleció solo, en una habitación de hospital, sin la presencia de una persona amada a su lado.

Todos sabemos cómo la tragedia del Covid ha perturbado, para muchos, las etapas finales de la vida e incluso los rituales que acompañan a la muerte. Cuando no mata directamente, te condena a la soledad en el momento extremo, como en el caso de mi padre.

Y es también a causa del Covid que hoy hay un océano de distancia entre su ataúd y yo, con la sensación de impotencia que crean los aeropuertos cerrados.

Por las mismas razones, no están allí los hermanos, las cuñadas y los sobrinos de Ferruccio, de Udine y de Padua, a quienes él quería mucho.

Todo esto habla de soledad y aumenta la sensación de angustia que se siente en este momento.

¿Pero es cierto que Ferruccio murió solo?

Encontraron en sus manos una medallita de la Virgen que había recibido al atardecer del día anterior, y que había estrechado toda la noche. Es asombroso ver cómo, a pesar de su agitación y debilidad, aquella medallita ha permanecido muy firme en sus manos.

Mi madre no estaba allí para tenerlo de la mano: y esto es un gran tormento para ella. No solo para ella, en verdad.

Sin embargo, esa medallita es como el símbolo de un apretón más poderoso y más dulce que todos los que nosotros hubiéramos podido ofrecerle.

Incluso en la soledad, en la desolación de la agonía, cuando los momentos de lucidez se alternan con las crisis de pánico, nunca estamos solos.

Y justo cuando parece que estamos más solos que nunca, es entonces cuando nos toma de la mano Quien nos ha estado esperando toda la vida.

Esas últimas horas en el hospital, para Ferruccio, no deben leerse como una fatalidad o como un accidente.

Eran una cita, una cita con Quien lo ama más de lo que nosotros lo hemos amado o podemos amarlo.

Una cita preparada por Quien le ha dado la vida y lo ha estado acompañando en todos estos años.

Ferruccio tuvo una larga vida, y también feliz, al menos en lo que se nos permite serlo en esta tierra en la que solo estamos de paso.

¡Cuántas cosas ha vivido! Casi cruzó un siglo. No hablaba mucho de la guerra, que había vivido en su adolescencia, pero la mirada y los gestos que acompañaban a los relatos eran elocuentes. Por la casa del abuelo pasaban tanto los resistentes partisanos de inspiración católica y monárquica como los de inspiración comunista.

Llegó preparado, Ferruccio, a esta cita. Habíamos hablado de ello juntos varias veces, sobre todo a medida que se acumulaban los años.

Y prepararse no significa hablar de muerte, sino de vida, porque el encuentro es con el Dios de la vida.

Como dice el Libro de la Sabiduría:

“Dios no hizo la muerte,
y no le gusta que se pierdan los vivos.
El creó todas las cosas para que existan” (Sab 1, 13-14).

Hablando con Ferruccio de vida, cuando cumplió 90 años, le había preguntado qué era lo que más le había gustado hacer. No lo que había sido lo más importante de su vida, la elección que volvería a hacer, la experiencia más hermosa: para estas preguntas su vida ya era un libro abierto. Yo tenía curiosidad por saber, entre las muchas actividades y pasiones que él había tenido –también había sido cinturón negro de judo–, exactamente qué le había gustado hacer.

Su respuesta me había sorprendido, aunque no había sorprendido a mi madre. Me revelaba un aspecto desconocido de él, como cuando una vez, acompañándolo en una visita a nuestros parientes en Udine, descubrí que en su valle era recordado, por los de cierta edad, como aquel joven que había hecho propaganda, casa por casa, a favor de la República en el referéndum de 1946, con la esperanza puesta en un mundo más justo e igualitario.

Me había respondido: montar a caballo. Yo sabía que él había aprendido desde niño, pero él, en cambio, me había hablado de las horas que había pasado en el hipódromo en Florencia, todos los días, durante años, como joven oficial de los Carabineros, probando y volviendo a probar recorridos y obstáculos; de la satisfacción que se siente cuando el caballo, por fin, hace con elegancia el movimiento que el jinete quiere.

No un paseo salvaje y desenfrenado, por lo tanto, una embriaguez suscitada por la fuerza, sino mucho más. En ese intentar y volver a intentar, en esa aplicación, en esa constancia serena, hay mucho de Ferruccio.

Es la constancia de cincuenta y nueve años de casamiento. Es la constancia de sus amistades: tenía amigos queridos, Ferruccio.

Es la constancia con la cual, con su discreción, me ha apoyado siempre –nunca me ha obstaculizado–, primero en mi elección de entrar en la Comunidad Redemptor hominis y luego en mi vida de misionero, a miles de kilómetros de él.

La constancia con la cual, ya anciano, subía las escaleras de nuestro Centro Misionero, situado entonces en la quinta planta del edificio del Oratorio Don Bosco, para entregar las ofrendas para nuestras misiones que le habían sido encomendadas.

Y todo esto es, para mí, una lección que debo cuidar y defender, y sobre la cual tengo que vigilar.

Ahora, Ferruccio ha saltado el último obstáculo, sin testigos, ni espectadores, ni aplausos. Seguramente lo ha hecho con elegancia, después de toda una vida de ejercicios y repeticiones.

Y saber a Quién ha encontrado más allá del último obstáculo nos hace abrir las manos para no retenerlo y dejarlo ir.

La imagen de un viejo que agoniza, solo, en una habitación de hospital, debe, por lo tanto, dar paso a otra imagen, tomada del libro del Apocalipsis, que describe mejor la condición y el futuro de Ferruccio:

“Vi el cielo abierto y apareció un caballo blanco. El que lo monta se llama ‘Ferruccio’, hombre Fiel y Veraz. Es el que juzga y lucha con justicia” (cf. Ap 19, 11).

 

Michele Chiappo

 

 

 

26/01/2021

 

Categoría: Profundizaciones