Vivimos en un tiempo que puede ser interpretado a través de múltiples claves de lectura, pero una de las más significativas es la que lo describe como la época de una dictadura inconsciente y subrepticia, tan invasiva como invisible, que se insinúa silenciosamente en los pliegues de nuestra vida cotidiana y nos fascina: aquella de la pantalla.
No se trata de una dictadura tradicional, impuesta por poderes políticos o financieros, ni de una ideología formalmente declarada. Incluso se podría afirmar que es un sometimiento voluntario y aparentemente agradable. Es, más bien, un poder difundido, que actúa con discreción y seducción, ejercido a través de instrumentos que deberían seguir siendo simples medios al servicio del hombre: las pantallas, grandes y pequeñas.
Dondequiera que dirijamos la mirada, nos encontramos bajo la influencia de una pantalla: smartphone, tabletas, computadoras y televisores nos observan mientras los miramos, y nos involucran, por medio de imágenes y sonidos, en un torbellino de estímulos incesantes, especialmente para los jóvenes[1]. Estos no solo captan nuestra atención, sino que requieren tiempo, energía, mente y, a menudo, también nuestro corazón, y nos conducen hacia un mundo ficticio, que a veces se confunde con la realidad, a través de una dependencia sutil pero real.
Nos encontramos en la situación de no poder prescindir más de ellos, y el peligro de extraviarnos ha aumentado con la llegada de la inteligencia artificial, utilizada también como amigo o amiga del corazón en quien confiar, en quien buscar compañía y consuelo sin sentirnos juzgados[2].
Esta realidad no solo concierne al progreso tecnológico en cuanto tal, sino que incide profundamente sobre nuestra forma de vida, orienta las elecciones cotidianas y las prioridades existenciales, hasta modificar nuestras relaciones y la percepción de nosotros mismos; también reduce drásticamente nuestra capacidad de atención[3].
El mayor peligro reside en la transformación del ser humano en un objeto, constantemente proyectado hacia el exterior, arrastrado por una avalancha de estímulos, imágenes y mensajes que no dejan espacio al silencio, a la reflexión y al recogimiento interior. Una condición que puede parecer plena, pero que en realidad resulta vacía, porque carece de profundidad y de verdad. Y, si estamos completamente dirigidos hacia el exterior, nos ilusionamos con encontrar en los miles de cosas que el mundo nos propone el remedio para el vacío y la sensación de carencia que acompañan al hombre. Buscamos continuamente, buscamos mal, y cuanto menos encontramos lo que buscamos, tanto más esta búsqueda nos deja inquietos[4].
El hombre, privado de la dimensión interior, del “retorno a uno mismo”, corre el riesgo de perderse en los mil riachuelos de lo visible. Si no encuentra el camino hacia su propio corazón, hacia esa interioridad donde reside el fundamento de su libertad, acaba perdiendo también el sentido de su propio ser. En una época dominada por el ruido y la conexión continua, solo en el silencio es posible escuchar aquella voz sutil que nos habita y nos orienta. Es en el silencio del corazón donde Dios habla[5].
Como afirmó recientemente el Santo Padre León XIV, en un discurso dirigido a profesores de escuelas católicas y a algunos jóvenes, el Señor ha creado a cada uno de nosotros con una finalidad y, sobre todo, con una misión, que solo podemos descubrir a través de una escucha profunda de nuestro corazón[6].
El corazón del hombre ha sido creado para acoger a Dios, y toda otra experiencia, por muy intensa o aparentemente gratificante que sea, siempre es fugaz y queda insuficiente si no conduce a esa Presencia que da sentido y dirección a la vida[7].
En definitiva, muchos buscan en el flujo ininterrumpido de la información, en la emoción virtual o en la aprobación instantánea, una respuesta al vacío que los habita, pero nada de todo esto puede satisfacer realmente la sed de sentido y de autenticidad que vive en el alma humana[8].
La verdadera pregunta, entonces, no es: “¿Cuánto tiempo paso frente a la pantalla?”, sino: “¿Cuánto tiempo paso frente a mí mismo? ¿Cuánto tiempo concedo a Dios para hablarme, y a mí para escucharlo?”.
Franca De Simone
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[1] Cf. M. Recalcati, I giovani e la dipendenza dalla videocrazia (4 giugno 2025), en www.repubblica.it/commenti/2025/06/04/news/giovani_dipendenza_videocrazia_social_smartphone-424646592/
[2] Cf. F. Bianchetti, Se l’IA fa anche la psicologa: 1 giovane su 6 la usa ogni giorno per chiedere consigli sul benessere mentale (8 maggio 2025), en www.skuola.net/news/inchiesta/intelligenza-artificiale-come-psicologo-giovani-pazienti-utenti-.html
[3] Cf. Ohio State University Medical Center, Survey identifies top factors Americans blame for declining focus and attention (30 june 2025), en https://medicalxpress.com/news/2025-06-survey-factors-americans-blame-declining.html
[4] Cf. Meister Eckhart, La via del distacco. A cura di M. Vannini, Lorenzo de’ Medici Press, Firenze 2017, 81.
[5] Cf. E. Grasso, Fe y Escucha. El arte de escuchar, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 12), San Lorenzo (Paraguay) 2005.
[6] Cf. León XIV, Discurso a los profesores de escuelas católicas de Irlanda, Inglaterra, Gales y Escocia; y a los jóvenes de la diócesis de Copenhague (5 de julio de 2025), en www.vatican.va
[7] Cf. Agustín, Confesiones, I, 1, 1.
[8] Cf. V. Mancuso, La vita autentica, Raffaello Cortina, Milano 2009.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
25/08/2025