Imprimir

 

Un camino pastoral en la parroquia de Ypacaraí

 

La pandemia ha trastornado las actividades de muchos sectores de la sociedad y, por supuesto, también de la Iglesia. Entre los varios problemas que muchas parroquias debieron enfrentar, hubo también aquel de cómo cubrir los gastos que, a pesar de las pocas actividades y de la reducción forzada de la presencia de los fieles, no se podían eludir. También en esta ocasión pudimos comprobar que el planteamiento adoptado desde el principio de nuestra presencia en Ypacaraí dio sus frutos.

La parroquia ha podido cubrir los gastos porque ha habido fieles que, incluso cuando han sido trágicamente afectados por el Covid en su ambiente familiar, han considerado a la Iglesia como su hogar, se han preguntado cómo podría sobrevivir en una época de grave crisis y se han hecho cargo de ella. También las personas denominadas manzaneras –hombres y mujeres que, antes de la pandemia, se encargaban de visitar en las diferentes manzanas (así se llaman las partes en las que se subdividen los barrios) a las familias que dan un sustentamiento económico gratuito a la Iglesia– han mantenido una relación con los que contribuían y, de diversas formas, han podido hacer llegar a la parroquia una ayuda, aunque reducida en ciertos momentos. Hay que tener presente que en Paraguay no existen leyes que garanticen financiaciones a la Iglesia católica por parte del Estado, como ocurre en otros países.

La colaboración de los fieles con la vida de la Iglesia tiene un fundamento teológico en la palabra de Dios y es mucho más que recaudar o dar dinero. Si, por un lado, es innegable que no se pueden realizar actividades eclesiales sin pagar la electricidad o sin un lugar limpio, decoroso y seguro, y que, si no se dispone del pan y del vino, no se puede celebrar ni siquiera la Eucaristía, por otro lado, hay que recordar que lo que cuenta en la Iglesia no es el dinero.

Además, hay que partir del hecho de que los fieles saben hacer vivir a su Iglesia cuando comprenden su valor y su sentido, y cuando pueden confiar en quienes administran los recursos eclesiales. Es por eso por lo que, incluso durante la pandemia, aquí en Ypacaraí los feligreses siguieron aportando con alegría, sea directamente o a través de las manzaneras, sea donando productos para los pobres o para la limpieza de las estructuras eclesiales, sea contribuyendo con las ofrendas durante la celebración eucarística, donde estas adquieren un valor divino y se unen al don de su mismo Cuerpo que el Señor nos hace.

Transparencia económica y buena gestión

Cuando llegamos a esta parroquia, constatamos que el no disponer de recursos empujaba a organizar continuamente la venta de alimentos tradicionales, la distribución de billetes de loterías, las cenas show, además de colectas ordinarias y extraordinarias para las necesidades de las capillas, de la parroquia, de la diócesis y de la Iglesia universal. Las familias estaban martilleadas por solicitudes que se añadían a las procedentes de las escuelas, de las comisiones vecinales, de las asociaciones culturales y deportivas, de los partidos políticos, etcétera. Los mismos agentes de pastoral se valoraban por los resultados económicos alcanzados. En este contexto, como en otros, la búsqueda de dinero frecuentemente puede correr el riesgo de volverse patológica y de hacer alcanzar un nivel de saturación tal hasta causar una más que justificada expulsión de los mercantes del templo o el rechazo de todo lo se proclama “cristiano”.

Si los fieles, de ovejitas se transforman en “vacas que ordeñar”, antes o después se cansarán de frecuentar el redil.

Y, a menudo, también se corre el riesgo de hacerse la ilusión, con estas actividades, de tener en la parroquia grupos numerosos que, sin embargo, en el fondo confunden a la Iglesia con una compañía alegre y la frecuentan solo en ocasiones “gastronómicas”.

Ante esta situación, intentamos recorrer otros caminos, que nos parecieron más evangélicamente fundados.

Para promover un cambio de mentalidad, y poder abolir las frecuentes iniciativas de recaudación de fondos, que transformaban a la Iglesia en una actividad comercial, convencidos de que este no es el método para el sustentamiento eclesial, el primer paso fue el de la transparencia económica. Los fieles tienen que poder controlar cada guaraní que entra en la caja de la parroquia, saber de dónde procede y adónde va. Por lo tanto, el balance se volvió público y el monto recaudado en la colecta de la Misa comunicado al término de la celebración. La transparencia fue acompañada de la renuncia a programar compras por encima de las posibilidades reales de entrada, del buen uso de las cosas, del ahorro de los recursos y, no por último, del cumplimiento escrupuloso de las leyes fiscales, laborales, etcétera.

La transparencia económica es fundamental porque detrás de cada ofrenda, incluso la más pequeña, siempre está el sacrificio de una persona: el dinero que se recibe, si no proviene de un robo, siempre es el fruto del trabajo de alguien que decidió darlo libremente y según su generosidad. La transparencia no permite que este se pegue a las manos de nadie, porque las ofrendas tienen un destino preciso que se debe respetar.

Durante la Misa se proclama que las ofrendas son el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, y no respetarlas, robarlas o permitir que otros las roben o las utilicen para fines distintos sin transparencia, significaría despreciar a quienes pusieron este dinero a disposición de la Iglesia para el culto a Dios, el anuncio del Evangelio y la ayuda a los pobres.

Dar las motivaciones de los gestos que cumplimos

Es sobre todo a la predicación y a la formación a las que se ha apuntado, para fundar teológicamente un discurso diferente sobre el aspecto económico de la vida eclesial. Esto, en efecto, forma parte integrante de la fe de cada cristiano y de lo que él vive cada domingo en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. En el ofertorio, cada miembro de la asamblea está llamado a llevar los dones al altar. La Ordenación General del Misal Romano, en efecto, especifica que además del pan y el vino, “se puede recibir dinero u otros dones para los pobres o para la Iglesia” (n.° 73), porque el lugar privilegiado de la financiación de la comunidad eclesial y de sus actividades, también caritativas, es la celebración eucarística. Esto no significa absolutamente convertir el templo en un mercado, sino hacer de manera que los cristianos sean conscientes del valor divino de su ofrenda y de su vida.

Preguntémonos ¿por qué sigue siendo válida la antigua ley, según la cual “nadie se presentará ante el Señor con las manos vacías”? (Dt 16, 16). Porque al presentar al altar nuestro don, fruto de nuestro trabajo, nuestro sacrificio se une al de Cristo que allí se ofrece. Nuestra misma vida se une a la suya, y mientras que nosotros damos un pan material, el Señor lo transforma y lo restituye a nosotros como pan celestial: en la Misa proclamamos que el pan que presentamos “será para nosotros pan de vida”, es decir, vida eterna.

Comiendo dignamente de este pan somos transformados en Cristo. Nos encontramos aquí en la fuente y en la cumbre de la vida cristiana, en el punto más alto, que no sería posible sin un poco de pan y algunas gotas de vino, así como no lo sería si no hubieran aquellas personas que, respondiendo a la llamada divina al sacerdocio, donan sus manos y su vida para la consagración del pan y del vino traídos por los hombres.

Si se comprende que esta ofrenda, puesta por cada uno sobre el altar, es la posibilidad para nosotros de participar de este misterio tan grande, no faltará el sostén de los cristianos a su Iglesia.

Además, esta contribución no se da una vez por todas, sino que debe representar el propio sacrificio de cada día, que, en particular, se ofrece cada “octavo día”, porque el cristiano –que, como decían los mártires de la Iglesia primitiva, no puede vivir sin el domingo– tiene hambre de este alimento celestial. Así estableció el Señor, quien ordenó a los israelitas en el desierto que recogieran cada día el maná que caía del cielo (cf. Ex 16, 1-36).

No se trata, pues, de llenar los graneros con grandes cosechas de una vez para siempre, sino de la fidelidad constante de la propia contribución personal, día por día, hasta el final. La ofrenda material indica la ofrenda de la propia vida: no es en absoluto una contribución para tranquilizar la propia conciencia y luego vivir como si Cristo y su Iglesia no existieran. Se contribuye porque la parroquia es algo nuestro, es como la propia casa, el lugar de nuestra salvación donde se puede escuchar la verdad que nos hace libres y plenamente realizados.

La Iglesia, madre e hija nuestra

En tantas ocasiones de encuentro con los fieles, y de modo virtual durante la pandemia, se ha recordado al pueblo de Dios que la Iglesia es nuestra madre y nuestra hija. Es madre porque nos da, como María, al Hijo de Dios, porque sin la Iglesia no conocemos a Jesús y sin Jesús no llegamos al Padre, perdemos la esperanza y la vida no tiene sentido. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia es también nuestra hija, la más débil y frágil, la más pequeña, la última, aquella de la que nos olvidamos, aunque sea allí donde recibimos al Salvador. Como nuestra hija, la Iglesia vive si cada uno de nosotros le da su sangre, su vida, su corazón, sus manos y sus pies para hacerla existir entre los hombres; ella tendrá un rostro bello si nosotros somos bellos; será rica en gracia si nosotros la haremos tal o será impresentable si será manchada por nuestros pecados. La Iglesia es obra de Dios, pero también de nuestras manos, nos necesita.

Los cristianos –lo han comprendido bien las manzaneras que siguen, cuando la situación sanitaria lo permite, saliendo al encuentro de la gente con sus pies, a veces viejos y cansados– deben ser como María, que fue a visitar a Isabel (cf. Lc 1, 39-56). No salió de casa sola, sino que llevó en su seno al Hijo de Dios. Para llevarlo a los demás, también los cristianos deben tener a Jesús en su corazón, por eso, la primera cosa importante es siempre la conversión personal, el ser fieles, pacientes, misericordiosos como Aquel que anunciamos.

Una diferente praxis pastoral

Hay que destacar que, al fundamentar racional y evangélicamente el discurso sobre la financiación de las actividades eclesiales, la Iglesia es más libre, no se liga económicamente a ningún amo o grupo de poder, porque su sustentamiento es posible gracias a muchos aportes voluntarios, en su mayoría de modestas cifras. Por eso, en nuestra parroquia no se pide expresamente dinero dirigiéndose a las personas más ricas o a las grandes empresas, para no perder la libertad de palabra con nadie, para no hacer distinción de personas.

Cada uno es libre de dar lo que quiera, pero nadie puede comprar con el dinero o el poder el silencio de la Iglesia. Ella habla del mismo modo a los pobres y a los ricos, y proclama la palabra de Dios sin aceptar componendas, porque no pertenece a un sector de la sociedad, sino que es la Iglesia de todo el pueblo. El amor y la misericordia de Dios son para todos.

En la parroquia de Ypacaraí no hay necesidad de organizar, sin parar, loterías o colectas especiales para finalidades particulares, o de hacer competencia a los varios copetines de la zona con la venta de alimentos. También las cuotas para el sostén a la diócesis o para las necesidades de la Iglesia universal se consideran un gasto ordinario y se sustraen de lo que se acumula día a día o de domingo a domingo.

Aunque Ypacaraí no está entre las parroquias más grandes de la diócesis, no hace faltar su contribución constante a la misma, porque sabe bien que sin Obispo no hay Iglesia, y el deber de cada cristiano de ayudarlo para los gastos necesarios está inscrito entre sus tareas ordinarias. Al contrario, organizar actividades especiales para este fin, solo cuando sea necesario, significaría hacer decaer la relación con la diócesis al nivel de una respuesta que dar a una “calamidad” imprevista.

Poco a poco, las varias voces de gastos se han insertado en el balance, de manera que los fieles se acostumbren a enfrentar las diferentes necesidades de la parroquia, como aquellas para las actividades de catequesis, el sector de la liturgia, el mantenimiento de las instalaciones, etcétera.

Tampoco el aspecto caritativo se considera como un gesto extraordinario, del cual uno se acuerda solo si está solicitado. Este discurso es importante para la acción social, reconocida y visible en la ciudad, que el grupo Cáritas de la parroquia cumple entre las personas más pobres de Ypacaraí, acción que no se detuvo durante la pandemia, teniendo que enfrentar nuevas necesidades.

También en este sector hemos visto cómo las personas han seguido donando a la Cáritas alimentos no perecederos, en ocasiones de aniversarios o acontecimientos familiares, en las celebraciones eucarísticas para la culminación de la catequesis virtual, en la clausura del año escolar, a veces como agradecimiento al Señor por haberse curado de una enfermedad, o como gesto de gratitud a la parroquia por el acompañamiento espiritual recibido de ella en este tiempo difícil. Para algunos, donar alimentos a la Cáritas se ha convertido en un compromiso constante.

Todo esto porque se ha predicado que los pobres son el tesoro más precioso de la Iglesia, así como los llamaba el mártir San Lorenzo (patrón de nuestra diócesis), y porque se ayuda a los verdaderamente carenciados. Jesús se identificó con los necesitados, y los puso en el centro del juicio universal, pero no con los que quieren burlarse de la bondad de los demás.

Cuando san Pablo enseña que “el que no quiera trabajar, que tampoco coma” (cf. 2 Tes 3, 6-12), nos pide que tengamos cuidado con los que no quieren comprometerse y se presentan solo para aprovechar la situación, porque secundar estas actitudes significaría traicionar la confianza de los que se privaron de algo –a menudo precisamente del “óbolo de la viuda”– para dárselo a los que realmente lo necesitan. En efecto, hay que defender, sea a los verdaderos pobres, sea a los que donan con generosidad.

Para concluir esta reflexión sobre la financiación eclesial en la parroquia de Ypacaraí, queremos destacar que la Iglesia tiene una razón de ser porque es la Esposa de Cristo y transmite la palabra de Dios.

Como subrayó el Papa Francisco,

“la Iglesia no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y quieren compartir esta experiencia de profunda alegría”.

La Iglesia, por tanto, no puede seguir modelos que no le pertenecen. Solo Cristo y, por consecuencia, los pobres son sus referencias.

Mariangela Mammi

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

25/02/2022

 

Categoría: Vida de la parroquia de Ypacaraí (Paraguay)