Los jóvenes y la pregunta vocacional
En un contexto social como el del Paraguay, que conoce problemas de pobreza, de una formación escolar precaria, del desempleo juvenil y de una falta de válidas perspectivas del porvenir, el tiempo de la juventud es un tiempo “fuerte”, propicio para tomar aquellas decisiones fundamentales que determinan toda la vida. Los jóvenes deben comprender la importancia de considerar con responsabilidad el kairós –el tiempo propicio– de su situación[1].
La pregunta vocacional
En este tiempo, estamos llamados particularmente a descubrir nuestra vocación, la llamada del Señor que indica a cada uno un camino, sobre el cual orientar las elecciones de su existencia. En efecto, solo respondiendo a ella se puede encontrar la propia auténtica realización.
Tal llamada puede ser rechazada o podemos no ser conscientes de ella, porque nos dejamos vivir superficialmente, sin profundizar, en nuestro corazón, en las razones que permiten descubrirla. Y si no somos capaces de escuchar la voz de nuestra conciencia iluminada por la palabra del Señor, la vida se reducirá fácilmente a una repetición monótona de gestos anónimos, que acaban por cansar y desilusionar, y en los cuales nos escapa el sentido verdadero de la existencia.
A menudo, es esta condición la que lleva a los jóvenes a multiplicar sus experiencias, a cambiar continuamente su manera de vivir; sin embargo, el cambio, permaneciendo en la misma inmutable lógica, reproduce las mismas desilusiones, provocando una tristeza que se perpetúa sin ninguna novedad.
Los jóvenes buscan escapar del aburrimiento de la vida yendo a la búsqueda de nuevas sensaciones, tal vez, en las discotecas, en las grandes aglomeraciones, a veces, en los túneles de la droga o en el ejercicio de una sexualidad sin control y sin responsabilidad, cambiando continuamente a la pareja, pensando encontrar nuevas emociones, que acaban por llevar a la misma monotonía. ¡Extraño circulo vicioso!
No se halla el gozo y la novedad de la vida si no se encuentra al autor mismo de la vida. Las personas que no ponen en Dios el fundamento de su existencia, viven sin novedad, porque esta se encuentra solo en la Palabra creadora del Señor, allá donde aceptamos llevarla a cumplimiento.
No tener miedo de soñar
San Juan Pablo II, dirigiéndose a los jóvenes de América Latina, les habló, con gran impulso, de la vida como la realización de un sueño de juventud[2], volviendo a tomar una expresión utilizada por otro Papa, san Juan XXIII, quien, llegado al pontificado en edad avanzada, no tuvo miedo de abrir de par en par las puertas de la Iglesia al mundo y las puertas del mundo a la Iglesia, trazando un camino que los sucesores han
seguido recorriendo.
Para que la vida pueda ser la realización de un sueño de juventud, es necesario, sin embargo, que los jóvenes tengan en su corazón este “sueño”, grande y maravilloso, para el cual vale la pena gastar la única existencia de la que disponemos.
Los jóvenes deben tener el coraje de abrir el corazón y la mente a lo infinito, a los extremos confines de la tierra; el horizonte de la vida, en efecto, no es solo la escuela que se frecuenta, la parroquia donde se vive o la diócesis a la que se pertenece, sino que es todo el mundo que nos interpela, y no solo el de hoy, sino el de ayer y de mañana.
Dios nos ha dado un corazón grande, capaz de realizaciones que pueden dar un sentido auténtico a nuestra vida, y los jóvenes tienen que atreverse a actuarlas.
Es muy triste ver, a veces, cómo se “quema” la propia existencia en pocos minutos, con elecciones equivocadas que marcan irremediablemente el porvenir. Cuando una muchacha de 14-15 años hace sus experiencias sexuales, dándose al primero que se le acerca, sin discernimiento ni dignidad, ya ha “bajado” su horizonte y muchas elecciones le serán impedidas para siempre. Esto podemos constatarlo cotidianamente: aquella muchacha tiene hijos a quienes debe cuidar y mantener, mientras que el padre ya desapareció; ella debe asumir las consecuencias de aquel acto, interrumpiendo, en la mayoría de las veces, sus estudios y poniendo una carga sobre la propia familia, que debe afrontar esta situación.
La edad de la juventud requiere, por tanto, un comportamiento que tenga presente que los actos cumplidos y las elecciones hechas, más o menos conscientemente, determinarán el propio futuro, en la mayoría de los casos sin posibilidad de volver atrás.
No malvender la propia conciencia
Si los jóvenes, durante el tiempo que se les da (y, a menudo, a costa de sacrificios de los padres), rehúsan asumir sus responsabilidades, por ejemplo, de comprometerse en los estudios y dedican tiempo y atención a cosas sin valor, cuando llegará el momento, la vida no perdonará. ¡Cuántos jóvenes, que no se prepararon, acaban por vender, por poco dinero, su inteligencia y su conciencia a quien está listo para comprarlas a bajo
precio!
No podemos vender nuestra conciencia: esta nos pertenece. Dios habla a nuestra conciencia pidiendo que lo acojamos con libertad; no quiere imponernos sus propuestas. El Señor no nos “compra”; murió y derramó su sangre para emanciparnos y hacernos conquistar la libertad.
Por esto, el sueño que tiene que animar la vida de un joven debe ser grande, noble, algo por el cual valga la pena gastar su existencia. Como aquel de amar al propio país, comprometiéndose para que pueda desarrollarse, a fin de que no se tenga que respirar siempre aire contaminado o consumir agua insalubre. Y todavía el de dejar a las generaciones futuras importantes realizaciones, marcando el porvenir con el signo de una presencia que supo transmitir una herencia de pensamiento, de amor, de empeño responsable.
Es muy importante que los jóvenes desarrollen una capacidad de pensar, para no dejarse engañar por falsos eslóganes; la edad de la juventud es propicia para profundizar, estudiar, compararse con la historia, rechazar todo tipo de mitología sin fundamento, desarrollando un pensamiento crítico frente a la realidad, al mundo y a sus valores.
La conquista de la libertad
En el fondo, muchos jóvenes continúan tristemente su vida monótona, porque no quieren pagar el precio necesario para vivir la verdadera libertad, para dar “respuesta” a la apelación vocacional, que frecuentemente ni perciben, sumergidos en una existencia superficial y anónima.
La libertad pertenece al hombre, pero es también fruto de su conquista. Frecuentemente, creemos ser libres, pero, en cambio, somos esclavos de tantas cosas: de las modas, de los comportamientos, de lo que vemos en los diarios, en la televisión, de los eslóganes del momento. Y si no sabemos reflexionar, razonar, aplicar nuestra inteligencia, para que dirija nuestra libertad, acabamos por ser dependientes y esclavos de todo.
La libertad debe ser conquistada siempre de nuevo por cada persona y por cada generación, y las decisiones nunca son tomadas simplemente por otros para nosotros.
Por esto, junto con la capacidad de soñar y de abrir el corazón, es necesario unir un compromiso para realizar y hacer volver concretas las propias aspiraciones; esto requiere sacrificios, un combate, una fatiga, sin los cuales la realización del sueño no sería una verdadera conquista, sino algo ofrecido barato y sustraído con la misma facilidad.
La Iglesia ve en la juventud una gran fuerza innovadora. Los jóvenes, con sus sueños, su pasión, su entusiasmo, sus luchas, pueden ser la fuerza que renueva a la sociedad y a la misma comunidad eclesial. Ellos son también el símbolo de la Iglesia, llamada a una renovación constante. Si la fe, de hecho, permanece para todas las generaciones siempre idéntica, cambia el lenguaje con el cual se comunica, porque cambian los tiempos que requieren una actualización permanente.
La Iglesia no se cansa de invitar a los jóvenes a descubrir su vocación y a vivirla con valentía, como expresión del sueño que habrán sabido transformar en realidad.
(A cargo de Silvia Recchi)
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[1] Texto escrito por Silvia Recchi a partir de una homilía del padre Emilio Grasso, dirigida a los jóvenes de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí.
[2] Cf. Juan Pablo II, En el encuentro con los jóvenes en el estadio olímpico “Atahualpa” (30 de enero de 1985).
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
01/04/2025