La estadía de Sandro en Ypacaraí
Recientemente, en los pasados meses de enero y febrero, pasé un período “misionero” en Ypacaraí, en Paraguay. Hace ya varios años que lo hago, permitiendo a Michele regresar a Europa para un período de descanso.
Ahora estoy en Sassuolo, y hago esta reflexión porque siento que debo dar cuenta de mi trabajo a quien confió en mí y en la Comunidad Redemptor hominis, y quiso participar activamente en “nuestra misión”.
Sigue todavía vivo en mí, en efecto, el entusiasmo con el que las parroquias de Rometta, de la Consolata, de San Michele y de Pigneto, es decir, de la zona sur de la Unidad Pastoral “Sassuolo”, me acompañaron concretamente, y a todos los niveles, en este viaje.
Durante mi estadía en Ypacaraí, aseguré el curso normal de la vida parroquial, sobre todo en lo que se refiere a la liturgia y a los sacramentos.
En particular, según un calendario dictado por la secretaria que gestiona las actividades de la parroquia, constituida por un centro y veinticuatro compañías que se organizan, cada una, en torno a una capilla, me dediqué a la visita de los enfermos, llegando a más de cien personas aquejadas de diferentes enfermedades.
Alegría y gratitud
Fui también a compañías lejanas, adentrándome en lugares que me recordaron la selva africana, donde viví por muchos años y donde llegaba, a pie, a lugares inaccesibles.
Hago presente que, en aquel período, en Ypacaraí, la temperatura llegaba a superar también los 40°.
Casi todos los días salía para visitar a estos enfermos, y me acompañaba un coordinador o una coordinadora de la capilla. Les llevé la Eucaristía y, a algunos, les administré el sacramento de la Unción de los Enfermos, signos de consuelo y de esperanza. Varias personas se expresaban principalmente en guaraní, el idioma local, pero con la ayuda de quienes me acompañaban, siempre nos entendimos.
“¡Gracias!” es la palabra que salió de la boca de todos. En su pobreza, acogieron mi visita con alegría y gratitud.
Reencontré a personas a las que había visitado ya el año pasado y que se quedaron más aún contentas de verme. Rezamos juntos, en el silencio del bosque, más cerca de Dios que de los hombres. Y yo también estuve contento de volver a verlas y de hacer nuevos conocimientos.
Un elemento importante, que se debe subrayar, es la función de los coordinadores. Como escribía Michele en el artículo De Paraguay a Italia y vuelta, el compromiso de muchos laicos en Ypacaraí hace reflexionar. En las distintas capillas, los coordinadores desempeñan un papel esencial: manteniendo el contacto con el centro, aseguran que se puedan realizar algunas actividades básicas de la vida cristiana, como la oración común, la catequesis en el territorio, la preparación de las liturgias, el acompañamiento de los pobres a través de la Cáritas y el cuidado de la manutención de la capilla.
Además, están los laicos, hombres y mujeres, quienes guían los momentos de oración común, con liturgias de la palabra y distribución de la Comunión, y, en caso de necesidad, presiden también la celebración de los entierros. Los fieles aprecian su compromiso, su testimonio y su dedicación.
“Estaba enfermo y me visitasteis”
Tengo que decir que desde el 2010, después de volver de Camerún, primero a Cadiroggio/Villalunga, donde fui párroco, y luego a la Unidad Pastoral de Sassuolo, donde estoy comprometido como colaborador pastoral, siempre he dedicado los sábados, y sigo haciéndolo, sistemáticamente, a la visita a los enfermos.
Lo que hago semanalmente en Italia, en Paraguay lo hago de manera continuada: al no tener responsabilidades en parroquia, se puede aprovechar mi presencia para alcanzar a todas aquellas personas que sufren en el cuerpo o en el espíritu y llevar a ellas el consuelo de la fe y el apoyo de la Eucaristía.
El de la visita a los enfermos es uno de los temas centrales del Evangelio, y me parece un deber, por tanto, profundizar en algunos de sus aspectos.
Como tuvo la oportunidad de subrayar Enzo Bianchi, la compasión de Jesús nunca es conmiseración, sino auténtica capacidad de dejarse herir por el sufrimiento del otro, rechazo radical de la indiferencia hacia el mal.
Hay que tener cuidado de una mentalidad que lleva a decir que “quien sirve al que sufre, lo hace solo porque en él sirve a Cristo”. Se corre el riesgo, de este modo, de pasar por alto al que sufre y de hacer algo por él solo porque en él se ama a Cristo. El pensamiento que nos salva, observa Enzo Bianchi, es creer firmemente que es Cristo quien nos visita en el enfermo, precisamente porque es él quien tomó sobre sí, de una vez y para siempre, todos nuestros sufrimientos y nuestras enfermedades. Es él, el sanador herido, el crucificado resucitado, quien puede enseñarnos a amar y a aceptar ser amados incluso en la hora de nuestra máxima debilidad.
Acompañado de muchos amigos de las parroquias en las que ejerzo mi ministerio pastoral, esta vez fui a las personas enfermas también con ellos: no es, pues, una acción individual, sino eclesial, en el verdadero sentido del término; “teologal” y no una simple acción filantrópica.
La esperanza no defrauda
La exhortación del Papa Francisco, en el Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de este año, que sirve de título y recuerda el tema del año jubilar, fue clara: “La esperanza no defrauda y nos hace fuertes en la tribulación”.
Nunca, como en esta última visita, experimenté intensamente esta estupenda realidad.
El Papa Francisco recordaba que, cuando Jesús envió a la misión a sus discípulos, los exhortó a anunciar a los que sufren: “Está cerca de ustedes el reino de Dios”. Es decir, pidió a los discípulos que ayudaran a captar, incluso en la enfermedad, por dolorosa y difícil de entender que sea, una oportunidad de encuentro con el Señor. No solo se encuentra a Cristo en el enfermo, sino que también el enfermo encuentra a Cristo en sí mismo, sufriente, y en el discípulo que va a visitarlo.
El rostro de tantas personas
Lo que me dio la prueba de esto fue la alegría que se generó en aquellas pobres personas. Celestina, de la compañía de San Isidro, bastante fuera del centro poblado, se acordó de mí y me abrazó como si nos conociéramos desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Sin embargo, es una persona que tiene que hacer la diálisis periódicamente. Su sonrisa siempre me acompaña.
Cómo olvidar a Paulo, de 93 años, con su andador, bajo el gran árbol de mango. Él también me reconoció y estuvo contento de que lo hubiera visitado en su casa perdida en el bosque. “Dios no se olvida de nosotros”, me dijo, y en ese “nosotros” me vi también a mí y puse a todos los de las parroquias de Sassuolo que me acompañaron en este viaje.
En otra compañía conocí a los cónyuges Eusebio e Isabela: ancianos, ella es ciega. Ambos llenos de fuerza, estaban contentísimos por haber recibido el Cuerpo de Cristo. Les gustó contarme que estaban casados desde hacía muchos años. En medio de tantas dificultades, su fe nunca decayó.
Y Marisol, una muchacha de 14 años que está en una silla de ruedas y que solo sonríe por una mirada y que, por haber conseguido pequeñas mejoras, espera hacer progresos más evidentes y poder levantarse y estar de pie.
Es imposible enumerar a todas las personas que visité en sus casas, pero habría muchas cosas que decir, por las tantas que encontré.
Me gusta terminar recordando la celebración hecha en la capilla Virgen de los Remedios el 11 de febrero, con motivo de la memoria de Nuestra Señora de Lourdes, celebrada como fiesta patronal, y de la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo: confiamos nuestros enfermos a la Madre de Dios. Ella nos recuerda que debemos cuidar de ellos, como hizo su Hijo, y no hacer que se sientan solos. El Evangelio nos hizo escuchar de nuevo su intervención en las bodas de Caná: por medio de Cristo, cada uno puede celebrar el banquete festivo con Dios, ser admitido en la Alianza, sentirse hijo y ser liberado del pecado y del mal.
Junto con los enfermos, saludo a todas las personas de la parroquia de Ypacaraí, algunas de las cuales son verdaderos monumentos de fidelidad y dedicación.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
22/05/2025