Fue muy intenso el viaje de Liz María, paraguaya de nuestra Comunidad Redemptor hominis, quien trabaja en Bélgica y en los Países
Bajos en las diócesis de Hasselt y Roermond, y a quien muchos de nuestros lectores conocen por haber contado ella misma su historia publicada en este sitio web[1].
La invitamos a visitarnos durante los meses de julio y agosto en Ypacaraí, donde trabajó durante varios años y donde tuvo la oportunidad de volver a ver a muchos amigos y de conocer a otros nuevos; pudo participar también en la tradicional fiesta de San Juan, que para nuestra parroquia es siempre un gran evento.
Dado que Liz salió de Ypacaraí en 2016 para Bélgica, muchos de los jóvenes que actualmente frecuentan nuestra parroquia no la conocían.
Aprovechando las vacaciones de invierno, organizamos varios encuentros con diferentes grupos de la catequesis quienes escucharon la experiencia de Liz María, su historia, que podría ser la de muchos chicos y chicas paraguayos, pero sobre todo el descubrimiento de su vocación y la experiencia de una misión que ahora está realizando en el corazón de Europa.
Los grupos de las tres etapas de la catequesis de la Confirmación, chicos de 14, 15 y 16 años, la escucharon con atención y luego le hicieron algunas preguntas.
De la historia de Liz, un aspecto que impresiona y en el cual muchos jóvenes se identifican es el de haber sido abandonada por su madre y haber sido adoptada por una familia sencilla y buena.
Es una realidad muy extendida aquí en Paraguay la de mujeres y muchachas quienes se quedan embarazadas “por error”, por así decirlo; como la de muchachitas de 13-15 años, todavía niñas ellas mismas, totalmente desprevenidas para ser madres y abandonadas regularmente por el chico, padre del futuro bebé.
El bebé que nacerá, inevitablemente, termina siendo dejado en manos de los abuelos o de otros familiares o, en muchos casos, será acogido generosamente como hijo por alguna familia.
Escuchar a Liz, quien cuenta libremente su historia de adopción, es algo que impactó a los jóvenes, quienes conocen directa o indirectamente esta realidad.
Despertó interés sobre todo cuando los invitó a no centrarse en el hecho de haber sido adoptados, de no saber quiénes son sus padres biológicos, sino, sin juzgar a quienes los abandonaron, a ir más allá, a agradecer a quienes se ocuparon de ellos y a tratar de construir su
propia vida sin repetir los mismos errores de quienes los abandonaron.
Liz les habló de cómo, en la parroquia de la zona del interior de Paraguay donde nació, encontró la posibilidad de salir de esa realidad cerrada y difícil, donde las oportunidades de construir una vida diferente eran pocas.
Los jóvenes apreciaron el coraje y la tenacidad de Liz, quien, de muchachita, se puso a estudiar para obtener un buen resultado en el Bachillerato y luego, guiada por los misioneros de la Comunidad Redemptor hominis, se comprometió en la parroquia como catequista, como miembro del coro, para la ayuda a los más pobres, actividades que daban cada vez más sentido a su vida, y lentamente descubrió su vocación misionera, que la llevó primero a Ypacaraí y hoy a Bélgica, lejos de su país.
En el fondo, como fue para ella, así para muchos jóvenes, la pregunta sigue siendo la misma: “¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué quiero hacer con ella?”.
En Paraguay, las dificultades son muchas para un joven que no tiene grandes recursos económicos, que vive en el interior del país y proviene de una familia humilde y pobre. Pero lo que ocurrió a Liz, nacida en el interior de Paraguay, ¿por qué no puede ocurrir también a muchos otros jóvenes?
Por eso, cuando le hicieron la pregunta sobre qué les diría a los jóvenes, puesto que conocía la situación en la que viven muchos de ellos en Paraguay, Liz les invitó a no perder el tiempo tras tantas pequeñas cosas superficiales, tras tantas ilusiones que la sociedad ofrece, pero que no son esperanzas, a no perder el tiempo inclinados sobre el celular para chatear con monosílabos estúpidos e infantiles, o con emojis que cada vez más sustituyen a la palabra escrita y hablada.
Les dijo que estudiaran, que se prepararan. Ella misma, de muchacha, no entendía bien el sentido del estudio y en la escuela no se destacaba, pero, cuando comprendió que tenía que prepararse para poder hacer la elección que le gustaba y hacia la cual se sentía cada vez más atraída, comenzó a estudiar, sobre todo a leer, hasta sacar buenas calificaciones, incluso en matemáticas, y graduarse como la mejor de la clase.
Dado que hablaba a grupos de jóvenes de la catequesis y que frecuentan la parroquia, añadió que se dejaran ayudar por las personas de la parroquia, que participaran en los encuentros para los jóvenes, que se comprometieran en un servicio. Sobre todo después de la Confirmación, cuando un joven piensa que ya terminó su relación con la Iglesia, los invitó a no abandonar la parroquia, más bien a participar en la vida de la misma.
Es en la parroquia donde Liz experimentó la belleza de la relación con Jesús y de cómo podía hacer algo para los demás y ser útil a muchas personas. Allá descubrió su vocación, pudo discernir en sí misma cómo el Señor la llamaba a comprometerse cada vez más en su viña, a través de la Comunidad Redemptor hominis.
El Papa León XIV, en la Audiencia general del pasado 4 de junio, dijo especialmente a los jóvenes:
“Que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?”.
Así le ocurrió a Liz, y ella respondió con entusiasmo y, sin tardar un instante, se arremangó.
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Queridísimos amigos:
En Bélgica, donde regresé, conté de los encuentros que tuve en la parroquia de Ypacaraí, que para mí fueron momentos muy hermosos y enriquecedores.
Las reflexiones que hicimos juntos sobre el sentido de la vida, sobre el compromiso con la Iglesia y la cotidianidad de la existencia nos interpelaron a ser, cada vez más, parte de la Iglesia, a construirla con responsabilidad y caridad evangélica.
En esta carta que les envío, quería profundizar en una pregunta que me hicieron algunos jóvenes de entre ustedes: “Si pudieras volver atrás y tuvieras la oportunidad de elegir de nuevo, ¿volverías a hacer la misma elección?”.
Respondí que ciertamente volvería a recorrer el mismo camino, a hacer la misma elección que me ha llevado a estar con ustedes y, hoy, también a escribirles desde Bélgica.
Mi elección vocacional y el haber descubierto la llamada del Señor fueron para mí como comenzar una nueva vida.
Sabemos que cada uno de nosotros, como cristiano, está llamado a descubrir su vocación, como está escrito en el libro del Apocalipsis, a identificar su “piedra blanca” y, en fidelidad a ella, a llegar a ser santo.
La fidelidad es un punto muy importante en la vocación personal, significa un compromiso para toda la vida que, sin embargo, hay que cultivar, tener presente y hacer vivir en las acciones y en los pensamientos cotidianos.
Quizás, tal vez por falta del silencio interior o porque se corre demasiado tras las modas del momento, se vive superficialmente, perdiendo el tiempo que se nos da, y Dios siempre se queda en el último lugar. A menudo se recurre a Él solo en el momento de la necesidad, sofocando así esa llamada que Él nos dirige a cada uno de nosotros, que puede ser una misión diferente para cada uno, pero que, si se identifica y se sigue con responsabilidad y fidelidad, será la que dará el sentido profundo a nuestra vida.
No venimos al mundo para nada, y no importa si somos pobres, si fuimos abandonados de pequeños, si vivimos en un país o en otro, cada uno de nosotros viene al mundo para una misión que el Señor nos ha confiado con el don de la vida, y quiere que se cumpla a través de nuestra persona. Si nos negamos a cumplirla, nunca seremos felices y realizados.
A este respecto, quería compartir con ustedes esta hermosa reflexión del Papa León XIV:
“El Señor nos ha llamado a todos a una misión cuya etapa final solo Él conoce, pero a lo largo de nuestra vida nos la ha revelado de manera pedagógica, poco a poco, una etapa tras otra. Pero no nos ha ahorrado dificultades, y no lo hará, y de vez en cuando llevaremos verdaderas cruces a lo largo del camino. Pero solo una cosa es necesaria: ser siempre fieles a la llamada, fieles a nuestra vocación, y el Señor hará verdaderos prodigios en nuestra vida y en las personas que encontremos”.
Como ya les decía personalmente en Ypacaraí, es importante estar atentos, despiertos, activos, preparados y ser desde ahora fieles a los compromisos que podamos asumir, para reconocer, cuando llegue el momento, a Dios que nos llama.
Hasta la próxima
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[1] “Si quieres, puedes escribir una página diferente de la historia…”
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
04/09/2025