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Cada 13 de septiembre, en Ypacaraí se celebra el aniversario de la fundación de la ciudad. Con ocasión de este acontecimiento, las máximas autoridades ciudadanas piden la celebración, en el templo parroquial de una Santa Misa de agradecimiento a Dios por el año pasado, y ponen bajo su protección el nuevo año de vida de la ciudad.

home CP 36 Para una sana laicidad

Este es un acontecimiento muy delicado, y hace falta moverse con gran equilibrio y respeto de sensibilidades y creencias distintas, porque, como nunca, están presentes en el templo parroquial no solo personas que tienen diferentes relaciones con la Iglesia, sino, sobre todo, personas agnósticas o pertenecientes a varias confesiones religiosas.

En este día, todos, sin acepción, deben ser tenidos presentes en su historicidad concreta y, al mismo tiempo, no es justo ni respetuoso hacer una amalgama, diría un potaje, en el cual, para satisfacer a todos, no decimos nada a nadie y apretamos a todos en un abrazo indiferenciado, que se concluye con no respetar el núcleo profundo de verdad, que llamamos conciencia, presente en cada hombre, aunque con diversas formas de expresión.

Esta es una de las rarísimas ocasiones en que prefiero siempre preparar por escrito la homilía que pronuncio, también por la razón de que después la entrego a las autoridades ciudadanas, como una invitación a continuar en una común reflexión.

Por lo tanto, es evidente que, para ser escuchados y no hablar con nosotros mismos, debemos encontrar un campo común de diálogo, y este campo no puede ser el de la fe, si no haríamos un discurso sin una base común y que podría aparecer, de cierta manera, hostil a algunas personas.

Por otro lado, no se me permite, sobre todo en el templo de Dios y en el contexto de la celebración eucarística, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, poner entre paréntesis, como en un estado de suspensión, mi fe católica y apostólica que es además la de gran parte del pueblo que está presente en este acontecimiento.

Este equilibrio al moverse entre realidades distintas, pero no separadas, la realidad civil (la realidad de la ciudad: la polis) y la eclesial, requiere la superación de dos visiones antitéticas.

Se trata, por un lado, de la visión que niega los valores culturales que derivan de la fe y relega esta a una esfera íntima, sin expresiones de relevancia social: dicha visión se llama laicismo; por otro lado, en cambio, se trata de la visión que podemos llamar clericalismo, donde los representantes de una fe invaden las diversas esferas de la vida social y dictan su ley a los ciudadanos y a las instituciones civiles.

Esta última es una visión que, por razones históricas que ahora no examinamos, ha sido dominante en todos los países coloniales de América Latina, en la cual, como se suele decir, “el rey y la Iglesia estaban unidos entre ellos”. Visión donde los privilegios de que gozaba la Iglesia eran pagados con el alto precio de su libertad.

Una expresión clásica que caracteriza esta visión es la locución guaraní pa’íma he’i, que significa: ya lo ha dicho el sacerdote.

Con estas palabras se cierra cualquier búsqueda de la verdad y de la mejor solución posible, imponiendo un principio dogmático que no deja lugar a un pensamiento crítico.

Pues bien, es evidente que el campo común en que las instituciones ciudadanas y la Iglesia pueden encontrarse y colaborar, en el respeto de las diferentes realidades y autónomas esferas de competencia, no es el que deriva de la luz de la fe, sino el que desciende de la luz de la razón.

Es esta la indicación que se deduce de la lectura de todos los documentos del Concilio Vaticano II (tan citados y muy poco conocidos…) y del Magisterio posconciliar.

En esta lectura global, encontramos la superación tanto de la visión clerical como de la laicista, y la afirmación del principio de una sana laicidad: distinción y autonomía, pero no separación radical, de las dos diferentes esferas.

Este principio volvemos a encontrarlo solemnemente afirmado en el Preámbulo de la Constitución del Paraguay, del 20 de junio de 1992, allá donde encontramos escrito:

“El pueblo paraguayo, por medio de sus legítimos representantes reunidos en Convención Nacional Constituyente, invocando a Dios, reconociendo la dignidad humana con el fin de asegurar la libertad, la igualdad y la justicia, reafirmando los principios de la democracia republicana, representativa, participativa y pluralista, ratificando la soberanía e independencia nacionales, e integrado a la comunidad internacional, sanciona y promulga esta Constitución”.

Como hijo de esa Iglesia Católica, que supo presentar su fe en Jesucristo desde los primeros siglos de su historia, sirviéndose de categorías filosóficas y, por lo tanto, de categorías tomadas de la elaboración humana desarrolladas a la luz de la razón y, al mismo tiempo, como Ciudadano Ilustre de la ciudad de Ypacaraí, que, como tal, encuentra en la Constitución de la República del Paraguay la fuente de su vivir, acogido con cariño en este querido país, como “bienvenido” y, a la vez, como “hermano” a pesar de ser “extranjero”, he concluido este “Cuaderno de Pastoral” presentando algunos rasgos espirituales de uno de los máximos representantes políticos italianos del siglo XX: Alcide De Gasperi.

En De Gasperi, encontramos personificadas las cuatro homilías que he presentado, porque en él, del cual se ha abierto el proceso de beatificación, se encuentran las paredes maestras de la sana laicidad, fuera de toda forma de clericalismo y bien ancladas en una profunda espiritualidad, típica de un verdadero enamorado de Dios, del pueblo de su país, de todo el mundo.

Espero que este “Cuaderno” despierte vocaciones a la política que la rescaten de cualquier forma de búsqueda de enriquecimiento personal y de orgullo parlanchín sin reales contenidos y, al mismo tiempo, la liberen de cualquier forma de clericalismo todavía tan imperante, donde, sin ningún respeto de las autonomías temporales, se maneja y se engaña pensando solucionar todos los problemas de la complexidad del gobierno de la ciudad terrena a golpes de citaciones bíblicas, más o menos descabelladas y extrapoladas de sus contextos, y por medio de maratones de varias oraciones y devociones, que recuerdan más a los profetas de Baal (cf. 1 Re 18, 20-40; cf. Mt 6, 7-8) que a los del Señor, Padre de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés… Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

Emilio Grasso

 

 

Emilio Grasso, Para una sana laicidad. Trabajar en un terreno común a la luz de la razón, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 36), San Lorenzo (Paraguay) 2019, 68 págs.

 

 

ÍNDICE

 

 

Introducción 3

I.   Soy ciudadano de Ypacaraí

     Hoy nazco una segunda vez en mi vida

7
Fuimos todos extranjeros
7
Bienvenido hermano extranjero
9
Buscar con el corazón 11
Hacerme todo para todos 13

II. La parroquia: la antigua fuente de la aldea

     Está allí. Si no vamos hoy, puede ser que vayamos mañana

16
 La antigua fuente de la aldea 17
 El problema ecológico 20
 Ir a contracorriente 22

III. ¡No os dejéis robar la esperanza!

Una reflexión sobre la relación entre Iglesia e instituciones ciudadanas

25
 La ciudad multicultural 25
 La política clientelar 30

IV. Llamados a construir la ciudad de los hombres

     Las bases de la convivencia humana a la luz de la razón

35
 Para una sana laicidad 35
 A la luz de la razón humana 40
 Fidelidad a la conciencia recta 42

V.  La  mansedumbre, virtud de los fuertes

     Reflexiones para una espiritualidad de los hombres políticos

45
Alcide De Gasperi: un ejemplo de vida espiritual 46
No renunciar a los propios principios 50
Mansedumbre y paciencia 51
VI. Conclusión 56

 

 

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