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Existe una expresión muy hermosa y cargada de amor, introducida en el lenguaje eclesial y que ha constituido o constituye el compromiso cotidiano, a veces también hasta la muerte, de muchos y auténticos seguidores del Señor.

“Ser la voz de los que no tienen voz” se ha convertido en un programa pastoral al que muchos se refieren, y que encontramos presente en diferentes Cartas y Planes pastorales.

Pero también esta expresión, a la larga, puede volverse peligrosa y crear nuevas formas de dependencia, con las cuales a los antiguos dueños de quienes fueron expropiados de su casa, siendo “el lenguaje la casa del ser”[1], se les sustituye a nuevos dueños de la que, por derecho evangélico, es la casa del hombre.

En este nuevo “Cuaderno de Pastoral”, hacemos mención solo de algunos temas fundamentales de antropología cristiana, que merecerían un ahondamiento mucho más amplio y más detallado.

El eje portante de este “Cuaderno” se encuentra en la constitución dialógica del ser humano, es decir, en la capacidad del hombre de ser, como decía uno de los máximos teólogos del siglo XX, Karl Rahner, “oyente de la palabra”, para luego poder ser partner activo de esta palabra misma.

A la palabra que lo llama e interroga su libertad, el hombre es llamado a darle respuesta. Y es en este diálogo, que se desarrolla entre la Gracia de Dios y la Libertad del hombre, donde el sujeto humano se constituye como ser responsable.

En un capítulo de la novela Los hermanos Karamazov, un capítulo de una belleza inestimable que constituye uno de los vértices de la literatura universal, Dostoiewski enfrenta el problema del libre albedrío[2] como una invitación a la autenticidad de la fe, que es imposible sin la libertad del hombre.

Aunque grandes filósofos del siglo XX hayan hablado de la “tragedia de la responsabilidad del hombre”, por ninguna forma de falso amor podemos dispensar al hombre que encontramos de la asunción de su responsabilidad.

La libertad del hombre quiere poder decir también el fracaso de Dios y la muerte del hombre.

Pero Dios no nos ha creado como computadoras programadas y no ha querido sustraernos, aunque nosotros se lo pidiéramos, a nuestra libertad y responsabilidad de oyentes de la palabra.

Es una invitación a abandonar el lenguaje estereotipado de nuestros celulares, el proponer de nuevo este diálogo entre quien quiere el bien del hombre (el Gran Inquisidor), pero sin la participación del hombre en la adquisición de este bien, y Cristo Jesús que prefiere incluso ser crucificado, mas ser amado por hombres libres.

Esta libertad es el don más grande que hemos recibido, pero muchas veces al hombre le gustaría eludir el riesgo y la fatiga del ejercicio de la libertad.

Nada expresa esta fatiga de la libertad mejor que La Leyenda del Gran Inquisidor de Dostoiewski, en el libro Los hermanos Karamazov:

“No hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad que, por desgracia, se adquiere con el nacimiento. Mas para disponer de la libertad de los hombres hay que darles la tranquilidad de conciencia. … En vez de apoderarte de la libertad humana –es el reproche que le hace a Cristo el Gran Inquisidor–, la extendiste. ¿Olvidaste que el hombre prefiere la paz e incluso la muerte a la libertad para discernir el bien y el mal? No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso. En vez de principios sólidos que tranquilizaran para siempre la conciencia humana, ofreciste nociones vagas, extrañas, enigmáticas, algo que superaba las posibilidades de los hombres. Procediste, pues, como si no quisieras a los seres humanos, Tú que viniste a dar la vida por ellos. Aumentaste la libertad humana en vez de confiscarla, y así impusiste para siempre a los espíritus el terror de esta libertad. Deseabas que se te amara libremente, que los hombres te siguieran por su propia voluntad, fascinados. En vez de someterse a las duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no previste que al fin rechazaría, e incluso pondría en duda, tu imagen y tu verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad de escoger”[3].

Emilio Grasso

 

 

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[1] M. Heidegger, Carta sobre el Humanismo.

[2] Los términos “albedrío” y “arbitrio” se usan de forma equivalente.

[3] F. Dostoiewski, Los hermanos Karamazov.

 

 

Emilio Grasso, Entre la Gracia de Dios y la Libertad del hombre. El sentido de la responsabilidad, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 35), San Lorenzo (Paraguay) 2019, 56 págs.

 

 

ÍNDICE

 

 

Introducción 3
I. I care 7
Visión estructuralista de la vida 8
La libertad de disponer de sí mismo 11
La omnipotencia de Dios en nuestras manos 13
II. El principio de la responsabilidad 17
Significado de la palabra responsabilidad 17
El principio de responsabilidad presupone el diálogo 22
La libertad de elección 24
III. La verdad los hará libres 28
El encuentro con la Palabra 28
La libertad de los hijos de Dios 32
IV. La educación en la responsabilidad 36
El papel de los padres 36
Libertad y responsabilidad como condiciones de cada pacto 40
Preocuparse de remover las aguas 43
IV. Conclusión 44

 

 

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