La noche del Sábado Santo
La noche santa en que celebramos la Resurrección del Señor es la noche de la luz, porque nuestro Señor es la
luz que ilumina las tinieblas del corazón y de la inteligencia de cada hombre. Por eso, la liturgia de esta noche proclama:
“Que se disipen las tinieblas de la inteligencia y del corazón”[1].
La luz, simbolizada por el Cirio Pascual, ilumina los pasos de los hombres; el pueblo que marchaba en las tinieblas ha visto una gran luz, que indica el sendero que se debe seguir. Si vivimos en la luz de esta Palabra del Señor, también nosotros podemos conocer el camino.
En nuestra vida, son fundamentales el conocimiento de la Palabra del Señor y el amor a ella: la Palabra hecha carne, crucificada y resucitada, para que tengamos la vida, y la vida eterna.
Los hombres, cuando viven en la oscuridad, no pueden saber lo que deben hacer; si no acogen la luz del Señor, permanecen en las tinieblas, que envuelven su corazón y su inteligencia.
Todo empieza por la escucha de la Palabra del Señor, que requiere condiciones interiores, es decir, un corazón libre, pobre, humilde, y también exteriores, o sea, la eliminación de todo lo que impide que la voz del Señor nos alcance.
Luz del corazón y de la inteligencia
La Palabra del Señor ilumina no solo el corazón, sino también la inteligencia. Es necesario analizar ambos aspectos. No es solo el corazón el que necesita ser iluminado. A veces, se exhorta a “ser buenos”, pero no podemos saber verdaderamente qué es la bondad, si la inteligencia no está iluminada por el Señor. Sin tal inteligencia, la bondad quedaría ciega, no sabría a qué aplicarse. Del mismo modo, la inteligencia y el conocimiento, sin un corazón renovado, permanecerían mudos, es decir, serían incapaces de realizar lo que se ha entendido.
Por tanto, siempre debemos unir la pastoral del corazón, de la voluntad, del compromiso, a la pastoral de la inteligencia, que permite una penetración de la realidad iluminada por el Verbo hecho carne, el Logos, la inteligencia, la sabiduría y la razón de Dios, presentes también en nosotros, en nuestra inteligencia.
Así como ofendemos a Dios cuando actuamos contra la bondad, de la misma manera, lo ofendemos cuando
despreciamos la inteligencia. No es suficiente que seamos buenos, si no somos al mismo tiempo inteligentes, es decir, capaces de comprender e interpretar la realidad según la razón de Dios, quien lo ha creado todo y lo ha salvado y redimido todo. Se trata de volver a encontrar los motivos de la esperanza y de la fe. La fe, en efecto, no va contra la inteligencia, sino que la supera, la ilumina y la purifica.
Las tinieblas son disipadas por la gracia redentora de Cristo. El Señor se ha encarnado, ha hablado, ha emitido un juicio sobre la realidad, ha iluminado a los hombres; pero esta luz no ha sido aceptada, porque acogerla significa que se debe cambiar la vida y pagar el precio del cambio. Demasiadas veces, la palabra “cambio” se convierte en un eslogan vacío que engaña y defrauda al pueblo, exactamente porque no se acepta pagar el precio que comporta.
El Señor, que es la Verdad hecha carne, muestra que hay siempre un precio que pagar, para que su luz se convierta en nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra manera de actuar con un nuevo espíritu.
Extracto, revisado y adaptado, de E. Grasso, Lo crucificaron por miedo a la verdad.
El itinerario de la Semana Santa, Centro de Estudios Redemptor hominis
(Cuadernos de Pastoral 30), San Lorenzo (Paraguay) 2013, 40-42.
(Continúa)
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[1] Aquí se hace referencia a la frase que, en la edición típica argentina del Misal Romano, adoptado por las Conferencias Episcopales de Bolivia, Paraguay y Uruguay, acompaña el encendido del Cirio Pascual en el Rito del Lucernario: “Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón”.
16/04/2022