El silencio de Dios en la cruz el Viernes Santo
La liturgia del Viernes Santo nos permite profundizar en el tema de la verdad. En la Pasión según san Juan, hay un pasaje que explica cómo Jesús es condenado sin motivo. Al soldado que le da una bofetada, Jesús
le pregunta:
“Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?” (Jn 18, 23).
Jesús no reacciona con la violencia, sino que introduce el discurso de la lógica, de la racionalidad, del porqué, de las respuestas precisas, de la verdad. Invita a encontrar las motivaciones, los fundamentos reales sobre los cuales, luego, se pueden hacer las propias elecciones.
Es la revelación de la verdad, pero también la destrucción de los mitos basados en tradiciones sin sentido y lugares comunes, no sometidos a la verificación de la racionalidad. No se pueden fundar las elecciones en motivaciones tales como: “La gente dice”, “Así hacen todos”, “Lo que fue siempre será”. Cambiar los presupuestos del razonamiento y preguntarse el por qué profundo de las cosas significa derrotar la resignación, y construir la vida sobre lo que es racional, justo y verdadero. Nadie –y esto vale de manera especial para los jóvenes– está condenado a repetir el pasado o a encerrarse en él o a instalarse en una visión nihilista de la vida, sino que cada uno debe vivir su propia historia, aprendiendo a decidir y aplicando los principios de la razón, sin la cual el hombre se reduce a un animal.
Pero ¿cuál es la actitud interior que conduce a la verdad? También Pilato tenía el deseo de conocer la verdad cuando preguntó: “¿Y qué es la verdad?” (Jn 18, 38). Sin embargo, Jesús le contestó con un silencio muy elocuente, puesto que ya le había explicado que había venido a dar testimonio de la verdad, añadiendo que quien ama de veras la verdad escucha su voz. Frente al que no quiere entender, no ama la verdad, no hay otra posibilidad sino el silencio. Jesús acababa de revelarle el secreto de su misión, pero Pilato quedó encallado en una lógica de poder. Esta lógica no libera al hombre.
El no decir la verdad significa ponerse contra Dios: “Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37), dice Cristo a Pilato.
La Palabra espera la respuesta del hombre
Con la solemne celebración del Viernes Santo se entra en el gran silencio. Este es el día del silencio de Dios. La Palabra de Dios se calla, Cristo muere, ya no habla. La muerte, de hecho, está caracterizada exactamente por la ausencia de la Palabra.
Constatamos esto también en la vida de todos los días: cuando falta la palabra, las relaciones entre las
personas mueren, porque la palabra es el fundamento de la vida de los hombres, y la única posibilidad que tenemos para salir de nosotros mismos, encontrar a los demás y, por medio de ellos, encontrar a Dios.
En la cruz, Cristo se calla y muere, para que el hombre pueda hablar y tomar libremente su decisión. Es el momento en que tenemos que contestar a Dios, en el silencio y en la soledad, decidiendo en qué campo queremos jugar nuestra vida, en el del bien o en el del mal. Por eso, el Señor, en su bondad, dona al hombre un tiempo para volver a escuchar, en el silencio profundo de su propia conciencia, a la Palabra de verdad, que da vida y hace libres. En este sentido, la muerte de Jesús es el acto más grande de respeto de Dios hacia la libertad de los hombres, es el momento de su mayor delicadeza para con nosotros.
La Palabra, pues, es la vida del hombre. Todo existe por el Verbo, por la Palabra:
“En el principio era el Verbo (la Palabra), y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba ante Dios en el principio. Por Él se hizo todo, y nada llegó a ser sin Él” (Jn 1, 1-3).
La palabra humana auténtica no puede ser un ruido cualquiera (flatus vocis), sino que tiene que dar la posibilidad de comunicar la propia interioridad a los demás. Donde falta una palabra verdadera, correspondiente a la realidad, está ausente la vida. Esto se descubre allá donde los hombres, incluso estando uno junto al otro, son incapaces de comunicarse en lo profundo; quien no sabe expresar sus propios sentimientos, es capaz solo de actos violentos o sin sentido. La violencia, a menudo, nace exactamente del no saber expresar lo que hay en el corazón.
El gran silencio de Dios en la cruz es una interpelación: Dios se calla para que el hombre hable. Es un silencio que invita a contestar a Dios, y así a tener acceso a una palabra verdadera, pasando del aislamiento a la comunión. La comunicación auténtica entre los hombres se transforma, entonces, en un reflejo de la Trinidad, que es comunidad de tres Personas siempre en relación compenetrante entre ellas.
Si amamos la verdad, no podemos no seguir al Señor, quien habla a nuestra conciencia. En el silencio se puede escuchar la voz de la conciencia, que es el primero entre todos los vicarios de Cristo[1].
Hoy, a menudo –y lo constatamos sobre todo entre los jóvenes–, huimos del silencio y nos ponemos en condiciones de llenar de ruido cada momento de nuestra vida. Necesitamos tener siempre un auricular puesto en nuestras orejas, que nos impida escuchar la voz silenciosa, y al mismo tiempo hablante, de la conciencia que nos conduce a la verdad, a Cristo. Tenemos miedo de no poder ya quedar indiferentes, de no poder ya ser personas que tienen ojos y no ven, orejas y no oyen, boca y no hablan, como los ídolos que se oponen al Dios verdadero, quien, al contrario, tiene ojos para ver, orejas para escuchar, manos para tocar, corazón para amar, boca para hablar y garganta para gritar contra toda mentira e injusticia (cf. Sal 115).
En lugar de llenarse de ruido, hay que educar en el amor al silencio, en la escucha de la voz de Dios quien
habla en la conciencia, en ser honestos consigo mismos, para serlo también con los demás.
Salir de la indiferencia para convertirse en la Palabra
La Palabra de Dios, la Verdad, nos hace salir de la indiferencia, de la insignificancia, de la simple repetición de “lo que hacen todos”. Jesús ha roto la ley de la sangre, de la pertenencia a una raza, a un grupo cerrado de personas, que nos condenan a repetir siempre el mismo tipo de vida. Por eso, Él ha sido crucificado, porque era la Palabra de Verdad que rompe todo tipo de cadenas; una Palabra que, sin embargo, no puede morir, porque es el Amor que libera y, por lo tanto, resucita.
La muerte de Jesús llama a todos a una decisión; es un tiempo de silencio en el cual Dios se calla para que el hombre, en el silencio absoluto y en plena libertad, pueda tomar una decisión: ser la Palabra o entrar en el mutismo de los animales; estar de parte de la vida o vivir en la insignificancia, en la repetición y en la imitación de la mayoría, sin querer escuchar, decidir y actuar autónomamente y por el bien.
Vivir el Viernes Santo junto a Jesús significa, entonces, ya no tener miedo de abrir las puertas del corazón a Él, siguiendo a la Verdad, que viene a comunicarnos la vida eterna.
Extracto, revisado y adaptado, de E. Grasso, Lo crucificaron por miedo a la verdad.
El itinerario de la Semana Santa, Centro de Estudios Redemptor hominis
(Cuadernos de Pastoral 30), San Lorenzo (Paraguay) 2013, 34-39.
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[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1778.
15/04/2022