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Valores teológicos y espirituales

Primera parte

 

Fidelidad creativa en el tiempo de la globalización

Una de las claves de lectura de nuestro tiempo es, sin duda, aquella introducida por McLuhan, cuando habla de la así llamada “aldea global”.

El planeta Internet y todo el sistema telemático permiten, cada vez más, el traslado de cada acontecimiento de la periferia al centro y, al mismo tiempo, del centro a cada punto de la periferia. Esto comporta la reducción de cada realidad periférica a una única realidad central, pero también la descomposición del centro en una miríada de puntos periféricos.

Mientras se afirma cada vez más una dirección unicentral, se multiplica en igual tiempo todo un policentrismo, con el consiguiente estallido de conflictos ya no gobernables. No se trata de demonizar el fenómeno y buscar en la palabra mágica “globalización” el chivo expiatorio, sobre el cual descargar todos los problemas que se presentan. Se trata, en cambio, de entender el fenómeno y diferenciar las respuestas, a partir del espacio que es nuestro como consagrados.

La vida consagrada, en efecto, recobra todo su valor profético solo en la medida en que redescubre la propia peculiaridad y renuncia, con alegría y paz, a todos aquellos espacios que no constituyen su proprium.

Los consagrados encuentran la fuente de la propia vida en el específico carisma autenticado por la Iglesia, que están llamados a leer e inculturar en los cambiados contextos históricos. Eso exige aquella fidelidad creativa de la que habla la Exhortación Apostólica Vita consecrata, allá donde hace resonar el llamamiento “a buscar la competencia en el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial”[1].

Analógicamente a la lectura de la Sagrada Escritura, también el carisma de un Instituto debe ser leído e interpretado con la ayuda del mismo Espíritu con el que ha sido escrito al principio de una historia[2]. Fuera de aquel Espíritu pueden darse varias parrillas de lectura, pero estas no dan la razón última de la existencia de un Instituto, y ya no garantizan su supervivencia según el proyecto de Dios.

En tal caso, el Instituto puede encontrar también un camino de supervivencia, nuevas formas de consentimiento y de éxito. Pero, esta luz nada tendría que ver con su alfa y su omega, únicos puntos en los que un Instituto encuentra las estrellas orientadoras en la noche que tiene que vivir.

Vuelve, a este punto, el discurso sobre la noche entendida en sentido teologal, como también, a la manera de un espejo, aquel sobre el día.

Siempre está al acecho la tentación de esquivar por caminos secundarios, a través de atajos e improvisaciones, la noche y el desierto que tenemos que cruzar, si queremos llegar a la plenitud de la luz única que ilumina el camino.

En la expresión “fidelidad creativa”, a la que los consagrados están llamados particularmente, en este tiempo caracterizado por profundas mutaciones contextuales, que configuran un auténtico viraje epocal, están contenidos el alfa y la omega, el principio y el fin de la vida consagrada.

Entre estos dos puntos luminosos se realiza el viaje durante el tiempo de la noche.

La fidelidad creativa, en efecto, contiene en sí el nacimiento y el desarrollo del carisma de los orígenes y recuerda dos dimensiones de la vida consagrada: la profética y la escatológica.

La dimensión profética

“La función de signo, que el Concilio Vaticano II reconoce a la vida consagrada, se manifiesta en el testimonio profético de la primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana. En virtud de esta primacía no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive”[3].

Se configuran aquí dos instancias con las que los consagrados están llamados a compararse. Se trata – para retomar algunas pistas de búsqueda delineadas por dos de los mayores teólogos del siglo pasado, Karl Rahner y Edward Schillebeeckx – de una visión que sea, al mismo tiempo, mística y de empeño social, política y económica. Empeño que exige absoluta y necesariamente una formación teologal y teológica, con los oídos atentos a la voz del pasado y a la gran tradición religiosa y humanística, que se debe empezar a transmitir ya desde el noviciado[4].

En un tiempo en el que hay una auténtica inflación de profetas, y cada uno se siente autorizado, no se sabe bien por quién, a vender sus profecías, es oportuno volver a recordar las características del verdadero rostro del profetismo, con el que los consagrados están llamados, de manera completamente especial, a enfrentarse.

Ravasi indica tres criterios objetivos[5]:

  1. El signo actuado, así formulado por Jeremías: “Un profeta que anuncia la paz no será reconocido como verdadero profeta, mandado por el Señor, mientras no se realice lo que él anunció” (Jer 28, 9).
  2. Analogía de la fe: el profeta no puede estar en contradicción con el mensaje global de la Revelación (cf. Dt 13, 2-4).
  3. La no burocratización del carisma. Si el profeta pierde su autonomía en la fidelidad a la palabra del Dios vivo en la historia, y se cristaliza en una estructura, dependiendo de las fórmulas fijas de la tradición y del poder político, ya no es portavoz de Dios, sino profesional servil (cf. 1Re 22, 5-12).

Vivir la función profética, por lo tanto, comportará para los consagrados:

  1. Vivir las cosas dichas, mostrando en la propia persona el rostro concreto de la palabra, y poniendo en el interior de la relación la encarnación de la palabra misma. Con la certeza de que el nuevo rostro de la vida consagrada será sobre todo el rostro de la relación[6].
  2. Asumir la totalidad del mensaje revelado sin mutilarlo o poner entre paréntesis las partes que puedan resultar incómodas al interlocutor. Desdichadamente, muchas veces se cortan y suprimen las partes del Evangelio que la mentalidad contemporánea, interpretada por nosotros, juzga incomprensibles. Se eliminan o edulcoran, así, el escándalo y la locura; se reduce la totalidad a píldoras fácilmente digeribles; se busca suministrar lo que se considera aceptable y se termina por quedar asimilados, en todo y por todo, a las modas del tiempo. Listos, luego, cuando las modas cambian, a arrancar páginas ya no asimilables y, a lo mejor, a volver a pegar aquellas no utilizadas antes. De esta manera, se cae, aunque partiendo de las mejores intenciones, en la que el entonces Card. Ratzinger llamaba “la ideología del diálogo”, que “se sustituye a la misión y a la urgencia de la llamada a la conversión”[7].
  3. El cumplimiento de las primeras dos condiciones transformará al consagrado en el amigo de Dios y de los pobres. Su presencia en el mundo no será de tipo consolatorio y alienante, intimista y deresponsabilizante. Por el contrario, será una presencia, como lo exige la Evangelii nuntiandi, preparada para “transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación”[8].

Los consagrados no deberán tener miedo a decir verdades también incómodas, verdades que están en contraste con la orientación de las instituciones políticas o religiosas, y que pueden poner en peligro la vida de quien las anuncia.

El anuncio, en efecto, hace irrumpir ya el Reino en la historia, y esta irrupción siempre comporta, de alguna manera, una muerte.

Emilio Grasso

(Continúa)

 

 

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[1] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Vita consecrata, 37. (De ahora en adelante: Vita consecrata)

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 12.

[3] Vita consecrata, 84.

[4] Cf. E. Grasso, Religiosos del mañana: místicos en la historia.

[5] Cf. G. Ravasi, Los Profetas, Ediciones Paulinas, Santafé de Bogotá 1992, 247-248.

[6] Cf. A. Cencini, Quali vocazioni per una Vita Consacrata rinnovata? Quale Vita Consacrata per vocazioni “nuove”?, en Unione Superiori Generali. 55° Conventus Semestralis, Le vocazioni alla Vita Consacrata nel contesto della società moderna e post-moderna, Ed. “il Calamo”, Roma 1999, 11.

[7] Dichiarazione “Dominus Iesus”. Conferenza stampa di presentazione del documento. L’intervento del Cardinale Joseph Ratzinger, en “L’Osservatore Romano” (6 settembre 2000) 9.

[8] Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, 19.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

22/02/2026

 

Categoría: Artículos