Es verdad, como nos amonesta el libro de Qohelet, que para cada cosa hay su tiempo (cf. Ec 3, 1-8), y que el hombre profundamente religioso tiene que ver su vida, con aquella trascendencia que la hace sumergir en el mundo de Dios.
Pero, es verdad también, como amonesta Jesús, que “el tiempo se ha cumplido” (Mc 1,15) y que el hombre está llamado a convertirse, sin esperar
más.
Es oportuno, entonces, acordarnos que el tiempo que se nos da es un don y que debemos vivirlo para acercarnos más a Dios, y no para alejarnos de Él por causa de nuestra acidia. Atrasar para mañana lo que podemos y tenemos que hacer hoy, la mayoría de las veces significa ya no hacer nada. Entonces somos “señores del tiempo”, convencidos de que podemos disponer de él a voluntad.
Uno de los personajes que, en el Evangelio, más recuerda este ser “señores del tiempo” es el rey Herodes, al que Jesús define “el zorro”.
Vemos, en efecto, que Herodes nunca tiene tiempo para ver a Jesús (cf. Lc 9, 9; 23, 8).
En el fondo, Herodes cree que toda la historia da la vuelta alrededor de él. Como rey de un reino que, sin embargo, ya no existe, cree estar por encima de todo y ser superior a todos, también a la ley de Moisés.
Juan Bautista lo había reprochado por vivir con Herodías, la esposa de su hermano. Herodes manda matar a Juan, cuando la mujer le pide su cabeza, para no faltar a su juramento, olvidando, sin embargo, que de lo que poseía podía donarlo todo, también la mitad de su reino, excepto la cabeza de aquel hombre que, en cambio, no le pertenecía en absoluto. Y los demás “señores del tiempo”, que son sus comensales, no dicen nada, porque comen y beben según sus antojos (cf. Mt 14, 1-12).
Él estaba rozado, como por un relámpago, por la compresión del misterio maravilloso de la persona de Jesús, pero el cuidado y los afanes de la vida, el placer de las riquezas y el deseo del poder hacen de él a uno que quiere cerrarse sobre su pequeño y mezquino mundo, permaneciendo sentado en aquel “sillón”, más pequeño que el de Pilato. Cuando logrará ver a Jesús, que Pilato le envía para que lo juzgue, será ya demasiado tarde.
Para poder encontrar verdaderamente a Jesús, como se había propuesto, Herodes habría debido percibir que “ya no había tiempo”; habría debido sentirse ahogado y salir de la prisión del propio egocentrismo.
Para poder encontrar a Jesús no hay sino un camino: el de la humildad. Nos lo muestra otro personaje del Evangelio, que es la antítesis del rey Herodes: Zaqueo.
Para poder ver a Jesús, Herodes habría debido bajarse y, por eso, nunca se decidía. Nicodemo lo hizo, pero a escondidas (cf. Jn 3, 1-2). Este rebajamiento es ya el comienzo de una conversión, que llevará a reconocer a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Herodes no quiere rebajarse y mendigar, porque está convencido de que lo posee todo. Rechaza la mano que se le tiende. Zaqueo, quien, al
contrario de Herodes, desea verdaderamente ver a Jesús, se sube a un árbol. Lo deja abajo todo: su miseria, su pecado. Se apresura a subir, porque no puede faltar a la cita de ver a Jesús. Jesús lo ve y lo llama. Acontece su conversión profunda (cf. Lc 19, 1-10). Jesús, con su presencia y su acogida (porque es Jesús el que acoge a Zaqueo antes de entrar en su casa), recuerda a Zaqueo que la ley de Dios, observada con el corazón y no solo como obediencia exterior y farisaica, es un bien irrenunciable que nos hace encontrar al Dios viviente, mientras que el pecado nos lleva lejos de Dios. Herodes, a pesar de que siente dentro de sí esta exigencia, puede vivir, sin embargo, también contra la ley.
Cuando uno vislumbra el amor y se deja agarrar por él, sube siempre, porque lo considera todo, aun la “mitad del reino”, como basura. También Herodes, entonces, estaba llamado a subir, porque el amor está siempre en lo alto.
Decía san Gregorio de Nissa:
“Quien se levanta, siempre tendrá la oportunidad de volver a levantarse. Al que se va al encuentro del Señor no le faltará nunca un horizonte más amplio, en el cual encontrar al Señor. Por eso, es necesario continuamente levantarse, ir y acercarse al Señor. Cada vez que Dios te dice: ‘Levántate y ven’, te da la posibilidad de subir hacia cosas mejores”[1].
Una vez convertido, Zaqueo ya no es “señor del tiempo”, como era antes, como es Herodes, sino que ha entrado en el “tiempo del Señor”.
Jesús apoda a Herodes “el zorro” (cf. Lc 13, 32). Como un zorro, Herodes es uno que nunca se deja agarrar. Jesús lo conoce bien y es por eso por lo que dice:
“Vayan a decir a ese zorro: ‘Hoy y mañana expulso demonios y realizo curaciones, y al tercer día llegaré a mi término. Pero tengo que seguir mi camino hoy, mañana y pasado mañana, porque no es correcto que un profeta sea asesinado fuera de Jerusalén’” (Lc 13, 32-33).
Jesús, que se ha declarado “Señor del sábado” (Mt 12, 8), mide su tiempo porque tiene que actuar. Para eso ha venido al mundo, para cumplir su misión de redención. Cristo no juega con el tiempo, sino que sabe que debe santificarlo con el ofrecimiento de sí mismo. Y es por eso por lo que toda la tensión de Jesús es la de ir hacia su “hora” (cf. Jn 12, 27; también 17, 1), tiempo pleno, que coincide con la glorificación del Padre.
En la cruz dirá: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30).
Cristo Rey del universo no tiene que ser entendido solo en la dimensión espacial, dimensión a la cual el Reino remite, sino también en la temporal, porque Cristo es el Señor que “era, es y ha de venir” (Ap 4, 8), y ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).
Cada cristiano, cada hombre, siguiendo el ejemplo de Jesús, está llamado a vivir en el tiempo no como Herodes, quien atrasa siempre el encuentro con el Señor, sino como Zaqueo, quien se apresura a subir al árbol para alcanzar a verlo, porque no sabe si aquella ocasión le será dada otra vez.
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[1] Gregorio di Nissa, In Cantica Canticorum, Omelia V; PG 44, 875-876, en M. Masini, La lectio divina. Teologia, spiritualità, metodo, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 1996, 113.
07/01/2021