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“Sin memoria no hay futuro”. Es una frase que ha sido repetida en tantas ocasiones, en su mayoría trágicas, como en las conmemoraciones de las masacres, de las deportaciones, de los genocidios, para exhortar a no olvidar y no repetir hechos tan inhumanos.

En cada circunstancia, esta frase ha asumido un aspecto profético. También san Juan Pablo II, en un rezo del Ángelus de 1995, la ha hecho suya, confirmándose, así, un profeta de nuestro tiempo.

Un profeta o una profecía no pueden prescindir del pasado.

En la Biblia, los profetas no son visionarios que prevén, con extrema seguridad, lo que acontecerá mañana, como frecuentemente los imaginamos, sino que son hombres fundamentalmente orientados hacia el pasado. Hacen memoria de lo que Dios ha realizado por su pueblo y proyectan hacia el futuro sus interpretaciones.

Para nosotros los occidentales, condicionados por el psicoanálisis, cuando decimos “memoria” pensamos siempre en nosotros mismos, en lo profundo que hay en nosotros, frecuentemente “desviado” y que se debe sanar, en los errores cometidos, en el mundo insondable del inconsciente. El centro de la memoria es el hombre, es el “yo” personal, a menudo, abismo de sombras e imperfecciones.

Para el hombre bíblico, en cambio, la memoria es, ante todo, el recuerdo vivo y actualizado de las “maravillas realizadas por Dios”. Es Dios el que está en el centro, es su obrar en la historia lo que hace estremecer al hombre en el canto de gozo, hasta hacerle exclamar: “El amor del Señor por siempre cantaré” (Sal 89, 2).

“Memoria” es también acordarse de lo que uno es, de lo que uno ha hecho. Esto, sin embargo, crea historia solo en la medida en que el pecado o la santidad del hombre se zambullan en el gran amor de Dios, y el pecado es recordado para tratar de no repetirlo, mientras que la santidad es redimensionada para no caer en la vanagloria.

Una de las primeras veces en que la palabra “memoria” aparece en la Biblia, en cuanto memorial y no simple actividad mnemónica, es en el libro del Éxodo, con ocasión de la institución de la fiesta de la Pascua (cf. Ex 12, 14). El pueblo está llamado a recordar por siempre, haciendo un memorial de ella, el gran acontecimiento de la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta memoria será como una fiesta, de generación en generación. Se insertará en el tiempo sagrado, en el tiempo salvífico, y permitirá al pueblo renovarse de año en año.

Las mismas piedras del Río Jordán, donde los levitas pusieron los pies, llevando el Arca de la Alianza a la Tierra Prometida, se trasformarán en un “memorial” por siempre (cf. Jos 4, 7).

Y es así como el Israelita puede cantar al Señor: “Quiso que se recordaran sus milagros” (Sal 111, 4). Y todavía: “Recuerden las maravillas que realizó, sus prodigios, las sentencias que pronunció” (Sal 105, 5).

Después del regreso del destierro babilonio, el pueblo canta con maravilla el nuevo y más glorioso éxodo:

“Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, nos parecía estar soñando... Entonces entre los paganos se decía: ‘¡Qué grandes cosas ha hecho el Señor por ellos!’” (Sal 126, 1.2).

También la Ley dada a Moisés formará parte de los prodigios de Dios. Dice Moisés contemplándola: “¿Y qué nación hay tan grande que tenga normas y mandamientos tan justos como esta ley que yo te entrego hoy?” (Dt 4, 8). Esta tiene que ser memorizada, asimilada, siempre actualizada.

Según el libro del Deuteronomio, el primer acto del rey elegido por el Señor es el de escribir en un rollo, para uso personal, una copia de la Ley, bajo dictado de los sacerdotes levitas (cf. Dt 17, 18). Solo así será un buen rey según el corazón de Dios.

También Jesús, inaugurando su ministerio público, abre el rollo de la Escritura y lee, con algunas variantes, este pasaje del profeta Isaías (cf. Is 61, 1ss.):

“El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

En Jesús, esta Escritura se ha cumplido (cf. Lc 4, 21) y se transformará en la línea directriz de su programa de evangelización, proyectando así hacia el futuro toda la fuerza profética de aquella Palabra.

Al término de su vida, Jesús dona el “memorial” del amor, entregándose por siempre a sus discípulos. En la Última Cena, en el signo del pan y del vino, ofrece su Cuerpo y su Sangre; sus discípulos deben hacer memoria, volviéndose siempre atrás hacia la fuente del amor, pero tienen que vivir este memorial en el presente y proyectarlo hacia el futuro, según las mismas palabras de Jesús traídas por el relato de san Pablo: “Cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que venga” (1 Co 11, 26).

Será el Espíritu Santo, enviado por Jesús después de su resurrección, el que dará a los discípulos la memoria plena de todo lo que Jesús ha dicho (cf. Jn 14, 26). No será, tampoco aquí, una memoria pasiva, sino dinámica y propositiva, una memoria que empujará a los discípulos a hacer presente, con su testimonio, a Jesús en el mundo (cf. Jn 15, 26-27).

Al hombre le compete, sin embargo, hacer memoria también de su pecado, según la advertencia del Deuteronomio:

“Acuérdate y no olvides que por tu culpa se enojó el Señor en el desierto. Has sido rebelde al Señor desde el día en que saliste de Egipto hasta que llegaste aquí” (Dt 9, 7).

Nos recuerda el Salmo 51: “Mi pecado está siempre ante mí” (v. 5). Pero, este pecado no impide la alabanza: “Haz que sienta otra vez júbilo y gozo y que bailen los huesos que moliste” (v. 10) y será ocasión de enseñanza para una auténtica conversión: “Mostraré tu camino a los que pecan, a ti se volverán los descarriados” (v. 15).

Precisa mantener, pues, un justo equilibrio para no caer en extremismos despistadores. Si, por un lado, en la Biblia, la memoria atañe sobre todo al recuerdo vivo de las maravillas realizadas por Dios en favor de su pueblo, por otro, es también el recuerdo crucificador de cómo el hombre se opone al plan de Dios, de cómo su egoísmo se impone, su pecado se multiplica, su naturaleza se corrompe.

Con sabiduría y prudencia miremos, pues, hacia el fondo de nosotros mismos para redescubrir, en las aguas turbias del pecado personal, la imagen plasmada por Aquel que nos quiere como hijos. Luego, levantemos la mirada para contemplar lo que el Señor ha hecho en nosotros y por nosotros, sin perder nunca la esperanza, convencidos de que “Dios es más grande que nuestra conciencia” (1 Jn 3, 20).

Sandro Puliani

 

 

 

13/01/2021

 

Categoría: Profundizaciones