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Una reflexión sobre los últimos cincuenta años

Primera parte

 

El concepto de misión

En estos cincuenta años, ha cambiado también el discurso misionero. Entonces, cuando se hablaba de misión, uno se refería enseguida a las recolectas de los trajes usados o de los medicamentos. Hay gente que tiene todavía esta mentalidad, y piensa que las personas en las así llamadas “tierras de misión” están allí esperando lo que nosotros vamos a decir, a hacer o a llevar, mientras que ellos tienen una mentalidad propia, una cultura propia. A veces, la relación entre países ricos y países pobres pasa por algunos proyectos que nosotros queremos realizar, proyectos que, sin embargo, a las personas del lugar efectivamente no les sirven.

Frecuentemente, fueron impuestas exigencias no percibidas por las poblaciones locales. Así, después de los años 60 del siglo pasado, con la independencia de la mayor parte de los países africanos, ocurrió un colapso gradual, pero constante, de las políticas sanitarias, porque fue llevada una manera occidental de curarse, sin tener en cuenta la cultura, sin dar explicaciones, sin racionalidad. Y cuando los dispensarios ya no fueron administrados por las hermanas, sino que las reemplazó el personal local, todo se fue abajo. Hoy África y los países de Oriente Medio viven una situación desastrosa, como está probado por el flujo enorme de emigrantes que llega a Europa. Mueren por miles en el mar, mientras que ciertos problemas podrían ser resueltos en el lugar. Por eso, es importante destacar lo que afirma san Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio:

“La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por Él; la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios; el dominio sobre la naturaleza creada y puesta al servicio del hombre; el deber de trabajar para el desarrollo del hombre entero y de todos los hombres. Con el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida” (n.os 58-59).

Se trata de un cambio de enfoque, porque, si se predica a Cristo, se anuncia junto con el testimonio, con las obras, y se parte de una visión religiosa diferente. La visión de fondo acerca de Dios, que ha permanecido en la gran mayoría de quienes son cristianos en África, es la de un Dios que lo hace todo y de un hombre que no hace nada. Esto niega completamente el principio fundamental de nuestra fe: la Encarnación. Dios se hizo hombre, se unió al hombre en Cristo Jesús, por lo tanto, existe Dios y existe el hombre, existe la gracia y existe la fe del hombre como respuesta. Las dos cosas deben quedar unidas. Es importante la gracia, sin la cual no podemos hacer nada, pero es también verdad lo que dice san Agustín: “Dios, que te ha creado sin ti, no puede salvarte sin ti”[1]. Se necesita combatir una visión milagrera, que lo espera todo de lo alto o del otro. La Navidad es Dios que se hizo hombre, pero a fin de que el hombre se vuelva Dios. Somos llamados a la divinización.

Sin este enfoque religioso, se permanece en la vieja visión cultural y no se elimina lo que san Pablo VI llamó la ruptura, el divorcio entre Evangelio y cultura. Y, como profundizaba luego san Juan Pablo II, una fe que no se vuelve cultura es una fe que muere[2]. Si volvemos a partir de la fe, luego, de la fe depende una manera de comportarse, de actuar. Allá donde no se pone al centro la cuestión de la fe, y no se tiene el coraje de presentarla en todas sus implicaciones, no se llega a involucrar la cultura, ya que cualquier cultura depende de una visión religiosa.

 ¿Qué pastoral?

La pastoral era fácil cincuenta años atrás. Un buen párroco sabía lo que tenía que hacer. Él –por usar una terminología que entonces era habitual– debía volver a llamar al pecador al redil. Aquella era la generación hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, que experimentó también un fuerte compromiso religioso. Tal generación no tenía grandes problemas de fe, sino la problemática de cómo comunicarla. La generación precedente vivió la crisis del Modernismo, pero también con el Modernismo se trataba todavía de cómo transmitir la fe, problemática que estaba presente en toda la literatura de la que se alimentaron los sacerdotes de entonces.

Frente al derrumbamiento del fundamento, nos hemos hallado completamente desprevenidos. Con esto se ha derrumbado también la pastoral del mantenimiento. La consecuencia en el hoy es que incluso las obras de la caridad, el volver a llamar al amor al pobre –que, por supuesto, permanece un aspecto central, porque Jesús se encuentra en el pobre (cf. Mt 25, 31-46)– son discursos válidos solo para quien cree. En efecto, si uno no se interesa de Cristo Jesús, de ninguna manera se interesa del pobre. Puede haber un poco de filantropía o podemos ayudar al pobre, cuando nos dé la gana, para tener la conciencia tranquila o porque él nos molesta.

El corolario es que todos los valores, que se vuelven a recordar con referencia a problemas hoy muy debatidos como el aborto y la eutanasia, no tienen más fundamento, porque el fundamento ético se encuentra en la antropología, la cual, a su vez, se funda en una cristología. Si no hay una visión cristológica, no se sostienen ni los discursos sobre un fundamento natural.

En la época actual, se puede morir como aquel hombre que encontraron cadáver después de cinco años. Aquel hombre estaba solo, no contaba para nada, no tenía ningún valor, era un “desecho”. Si uno se pregunta solo “cuánto cuesta aquel hombre a la sociedad”, entonces salen los problemas de la eutanasia. Cuando se derrumba el fundamento, se desploman todos los valores.

Frente a esta nueva situación, no se puede realizar una pastoral que continúe en la ilusión de dar las respuestas. Se corre peligro de dar respuestas a preguntas que ya no se hacen más. Se necesita una pastoral de la motivación, del estar siempre listos “para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza” (1 Pe 3, 15), una pastoral que suscite la pregunta. Y a la pregunta suscitada, si tenemos fe, entonces le podemos dar el testimonio de una respuesta.

Es fundamental darse cuenta de que la crisis de nuestro tiempo consiste en el hecho de que ya no hay más la pregunta. El hombre se siente satisfecho de lo que la sociedad le ofrece. Hay, es verdad, tantas otras preguntas sociales, económicas, políticas etc., pero la Iglesia no puede reducirse a una ONG.

Actualmente, el problema no es más cómo comunicar la fe, puesto que esta ya no existe. Se trata, más bien, del anuncio de la fe, del kerigma, que no presupone más el dirigirse a un hombre que se identifica como cristiano, ni siquiera sociológicamente. Existen algunos así llamados valores, en la sociedad, que no tienen nada que ver con una cultura y una visión antropológica cristiana.

Hoy la crisis es una crisis de fe. Es urgente, entonces, no detenerse en las marginalidades, sino reconducir el discurso a las esencialidades, a la pregunta no sobre la Iglesia y tampoco sobre Cristo, sino sobre el problema teológico si Dios existe o no existe. Después viene el problema cristológico, luego, el eclesiológico y antropológico.

En la sociedad en que vivimos, es necesario saber hacer las preguntas sobre las realidades últimas, a fin de que esté la respuesta de la fe. Se necesita volver a ponerse frente a la propia conciencia, la cual es –como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, retomando la expresión del Cardenal Newman–, “el primero de todos los vicarios de Cristo”[3]. Cada hombre, en el silencio de su conciencia, frente a sí mismo da la propia respuesta. Solo si hay esta respuesta, entonces luego es posible construir sobre ella una pastoral.

(A cargo de Achille Romani)

 

 

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[1] Agustín, Sermo CLXIX, 11, 13.

[2] “Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”, Juan Pablo II, A los participantes en el Congreso Nacional del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural (16 de enero de 1982).

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 1778.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

29/09/2021

 

Categoría: Profundizaciones