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La paz, donada en germen por Jesús, para hacerla crecer juntos

 

Podemos comprender el valor de la Navidad solo en relación con la Pascua del Señor: Encarnación y Redención van indisociablemente juntas.

En efecto, la Navidad es Dios quien se hace hombre, por obra del Espíritu Santo, en una joven de Nazaret, para una misión que cumplirá en su Pascua.

La Navidad es también un sueño: de paz y de alegría. Al hacerse hombre, el Hijo de Dios invitó a los hombres a realizar ese sueño.

El misterio celebrado

Es aquel que celebramos en la liturgia, en la que y por la que recibimos la verdadera esencia de la Navidad y de la Pascua.

La liturgia del nacimiento del Señor nos invita a ir más allá de la noche de Belén y nos hace sumergir en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Desplegándose en el Año Litúrgico, nos invita a escucharlo mientras habla a las multitudes, a contemplar su abajarse sobre el sufrimiento de los hombres, a apreciar su coraje de poner al hombre en el centro de su vida, desafiando cualquier ley. Invita también a nosotros a buscar a los pobres que él buscó, sobre todo a los que “caminan en las tinieblas” y tienen extrema necesidad de una luz que ilumine su vida.

La Navidad es adoración, una palabra ya en desuso incluso en nuestras iglesias, a pesar de estar tan cargada de significado, porque nos hace salir de nosotros mismos, de todo lo que nos hace volver ricos y, por tanto, no aptos para el Reino de Dios.

Navidad es también escucha de la palabra de Dios proclamada en la liturgia, con la lectura del Evangelio en el que volvemos a escuchar la marcha frenética de todas las partes para llegar a Belén, que por un momento se convirtió en caput mundi: desde el emperador, por el censo, hasta José quien desciende con María desde Galilea, sin olvidar a otro grupo, el de los Magos, que ya se desplaza desde un país muy lejano.

Parece que todos convergen hacia Belén. En realidad, solo dos recién casados corren hacia esa tierra bendita, hacia el sueño de dar al mundo alegría y paz.

El Dios de la paz y de la alegría

Estos dos elementos, que surgen de la contemplación de un misterio que se reveló a una humanidad incrédula y sufriente, unen la Navidad a la Pascua.

En el Evangelio según san Lucas, la alegría y la paz fueron anunciadas a los pastores, invitados a ir a Belén. Son también el fruto de la Resurrección. En efecto, en el Evangelio según san Juan, cuando Jesús visitó a los discípulos la noche de Pascua, estando en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con vosotros! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20, 19-20).

En la noche de Belén, la paz y la alegría se manifestaron en la pobreza del niño Jesús acostado en un pesebre; en la noche de Pascua se manifestaron en las manos y el costado de Jesús resucitado, cuando donó la paz a sus discípulos, mostrándoles los signos de su muerte (cf. Jn 20, 20).

Ese sueño se puede realizar en la historia. Es un don de lo Alto, pero, como en vasos de barro, es confiado a los hombres para que lo realicen.

Esto para significar que, solo en la pobreza y con los signos de la conformación a Cristo, sus discípulos pueden llevar la paz y la alegría a todos los hombres, y hacer de nuestra Tierra “aquel jardín” donde todos pueden vivir como hermanos.

Tierras atormentadas

En los conflictos en tantas partes del mundo, algunos en las portadas, otros no tenidos en cuenta por diversas razones, ese sueño está sofocado por verdaderas pesadillas: los atentados que se multiplican, los misiles que silban en el aire, las bombas que caen parecen decir a los hombres que no sueñen más.

Sin embargo, Jesús dio la vida, no para una ilusión estéril, sino precisamente para ese sueño: corresponde a los hombres construir la paz, transmitir la alegría, cultivar el amor fraterno.

En la tierra por la cual Jesús pasó y dio a los hombres la posibilidad de vivir como hermanos, la paz y la alegría están atrincheradas detrás de la hostilidad de dos pueblos, por un lado, los palestinos y, por otro lado, los israelíes, agudizada en los últimos setenta años y estallada, por la enésima vez, en estos últimos tiempos con los muertos en una parte y en la otra.

Como en cada situación, siguiendo al sabio Manzoni, la razón y el error nunca se dividen con un corte tan neto que cada bando tenga solo la una o el otro. Nos atrevemos a levantar nuestra voz contra todas aquellas injusticias que fueron cometidas en estos años en aquella tierra que ya vio demasiada sangre, y sangre inocente, y que generaron una escalation de violencia sin precedentes.

Nos tomamos la libertad de levantar nuestra voz para que los hombres puedan transformar los sentimientos de odio y rencor en los de paz y alegría.

El sueño de la paz

Lo hacemos con un canto compuesto por Emilio Grasso, titulado “Palestina”, que resuena como una invocación. Y que, también en su dimensión familiar, puede interpelar el corazón de quienes la escuchan y, a través de nuestro sitio web, llegar también al corazón de tantos amigos nuestros.

En ese canto, Emilio habla al corazón de los que parecen no tener más el corazón. Compuesto en 1982, vuelve a evocar la historia reciente de dos pueblos atormentados y muestra, aún hoy, toda su actualidad.

Sufres en tu carne / sin la tierra, sin el cielo que amas” es el íncipit del canto. Primero se dirige al pueblo palestino, llamándolo pueblo de gran pasión que vive entre las bombas de quienes quieren aniquilarlo. Este pueblo le da la fuerza para luchar por la paz, “porque llevas dentro de ti / esa pasión que da la fuerza para esperar”.

Luego, interpela a Israel recordándole cuánto sufrió, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, con la Shoah. En particular, no debe tener sentimientos de venganza, para no volver como quien quería aniquilarlo; por eso, le dice con el corazón en la mano: “Ahora te toca a ti / levantar la rama de olivo para crear... / Crea una realidad / que no sea la de quien te hizo sufrir / crea una realidad / donde habrá un lugar para el árabe”.

Finalmente, también él, soñador como Jesús, habla a los dos pueblos juntos, convencido, por el optimismo de esa virtud teologal que lo distingue, de que puedan escucharlo, incluso a distancia, por la fuerza misma de una oración, que termina con estas significativas palabras de la tercera y última estrofa: “Pueblos, ahora coraje / a la promesa deben volver / Pueblos, la gran hazaña es lo que un día hizo uno de sus hijos / levantó los brazos y dijo: / de esta tierra nueva vida surgirá / Pueblos, ahora coraje / al Padre de ustedes deben volver”.

Para demostrar cuánta esperanza se quiere transmitir, se repite la última parte de esta estrofa final, y el canto pide el compromiso de todos.

Construir la paz en el propio corazón

Los conflictos nacen en el corazón del hombre, en la pequeña porción de su mundo sin sueños, donde los demás no deben entrar.

La paz y la alegría se realizan en lo íntimo del propio corazón y se repercuten a nivel global. Por supuesto, si se teoriza, como en el conflicto entre israelíes y palestinos, que “si existen esos otros allí, nosotros no existimos, por lo tanto...”, todos los intentos de construir algo bueno que tenemos en el corazón se desvanecen, volviendo inútil, de esta manera, la Navidad del Señor.

En ciertos casos, la religión, más que cualquier otra creencia, divide en lugar de unir. En nombre de ella, se llega incluso a masacrar y a derramar sangre inocente. Ese principio superior, llamado Dios, que debería hermanar, en cambio, hace volver aún más enemigos.

En la Navidad, el Hijo de Dios se hizo hombre precisamente para anular, con su humanidad, esa separación y hacer volver de los dos un solo pueblo (cf. Ef 2). En la Pascua, en Él, en aquellas manos con las marcas de los clavos y en aquel costado traspasado en la cruz, puede nacer la verdadera paz entre los hombres: de Él, hombre como ellos; en Él quien, con su sacrificio, reconduce a todos al único Padre.

La paz, perdida en el jardín del Edén, renace en otro jardín: el del sepulcro dejado vacío.

La paz y la alegría, para el discípulo de Cristo, más que un sueño son una aspiración y una promesa por la que luchar, para la redención del hombre del mal. Por eso, la Navidad está inseparablemente unida a la Pascua.

Sandro Puliani

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

Para escuchar el canto "Palestina", pulse aquí.

 

 

25/12/2023

 

Categoría: Profundizaciones