Imprimir

 

 

 

En la Vigilia Pascual, la luz no es solo uno de los temas que la bordan con un color particular, sino que es su verdadera esencia: es la luz la que indica todo el camino que nos hacen recorrer las diferentes lecturas, y que llevan todas al anuncio de Cristo resucitado.

La luz es la luz de Cristo.

Para comprender bien este misterio, me ha parecido oportuno hacer una comparación entre la liturgia de la Vigilia Pascual y una liturgia pagana que se celebraba muchos siglos atrás en Roma. Las diferencias nos dan la oportunidad de apreciar aún más la obra de Jesús, sobre todo hoy, en un mundo en el que, incluso sin aquellas liturgias que se celebraban en tiempos pasados, en tiempos consagrados a los dioses oficiales de una nación, algunos hombres de poder se sienten semidioses, creyendo en su grandeza solo porque logran hacer iluminar las primeras páginas de los periódicos.

Cristo nos reúne como hombres libres

La liturgia a la que me refiero es la que se celebraba el 21 de abril en Roma, aniversario de la fundación de la ciudad.

Esta liturgia se refería al emperador romano y se llevaba a cabo en el gran templo del Panteón.

El Panteón fue ideado para rendir homenaje al emperador con un espectáculo único, quizás el primer efecto especial de la historia.

En efecto, cada 21 de abril al mediodía, el sol entra en el oculus del Panteón con una inclinación tal hasta crear un haz de luz que centra perfectamente el enorme portal de la entrada. En esa hora exacta, cuando el imperador cruzaba el umbral del templo, todo su cuerpo quedaba sumergido en la luz. El pueblo, fuera, observaba este fenómeno; luego el emperador desaparecía en el templo, marcando así una separación, en todos los ámbitos, con sus súbditos.

En la Vigilia Pascual, en cambio, celebramos la conjunción entre quienes están abismalmente separados: Dios y el hombre.

Cristo reúne a todos los hombres, llamándolos hermanos. Él mismo se presentó como la luz del mundo, sin necesidad de otra luz para ser iluminado. Y más que ser iluminado, es Él quien ilumina, porque Él es la “luz del mundo”.

El símbolo del “cirio pascual”

Simbolizado por el cirio pascual, aparentemente una simple vela, el Señor entra en el templo, su iglesia, proclamando que Él es la luz de los hombres. Tres veces resuena la aclamación: “¡La luz de Cristo!”. La primera vez, el sacerdote enciende su vela; la segunda, la enciende todo el pueblo; a la tercera proclamación, ante el altar, todos los fieles se reúnen en el interior del templo.

Esta es la diferencia entre las dos liturgias: Cristo no deja a nadie fuera. Los que son considerados súbditos, Jesús los considera miembros de su cuerpo: no pueden estar fuera.

En nuestra vida, hacemos la experiencia de la luz y del sentirnos parte de ese cuerpo, cuando cada uno de nosotros no se siente más súbdito, sino hijo y hermano.

El padre Giuseppe Dossetti decía que la Resurrección es liberación para todos, pero esto no basta, porque esa Resurrección, para producir todos sus efectos salvíficos en todos y cada uno de los cristianos, debe ser creída.

En cuanto a nosotros, somos súbditos cuando no queremos escuchar y, soberbiamente, no nos dejamos tocar por la luz.

Pero Cristo se ha levantado con toda su potencia y, como dice la Escritura, “puso su cara dura como piedra” (cf. Is 50, 7), lo que significa llevar a cabo lo prometido, sin retroceder ni un milímetro.

Cristo y su cuerpo

Y los demás, para Él, son hermanos, su cuerpo precioso, y no súbditos, porque su potencia no sustituye lo que cada uno está llamado a hacer, sino que pone su cara aún más dura para que, a riesgo incluso de perderlo todo y a todos, cada uno haga ese paso que solo él puede y debe hacer, y que constituye su ser salvado verdaderamente.

En la meditación matutina en Santa Marta, el 3 de septiembre de 2013, el Papa Francisco dijo que la luz que nos ofrece el mundo es una luz artificial. Tal vez más fuerte que la de Jesús, pero fuerte como un fuego artificial, como un flash de fotografía. La luz de Jesús, por el contrario, es una luz mansa, es una luz tranquila, es una luz de paz. Es así: se ofrece y da paz, no da espectáculo, sino que es una luz que penetra en el corazón.

Sandro Puliani

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

17/04/2025

 

Categoría: Profundizaciones