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El Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable

Segunda parte

 

Rostro - mirada - máscara

La visión no se manifiesta cuando tratamos de superar con nuestras fuerzas (ascesis farisaica) la estatura que se nos ha asignado, y de cruzar umbrales inaccesibles para nosotros, sino cuando misteriosa e incomprensiblemente nuestra alma llega al plano del otro mundo, invisible, elevada hasta allá arriba por las mismas fuerzas celestes.

Esta visión es más objetiva que las objetividades terrenales, más sustancial y real que ellas.

Tres palabras claves explican mejor estos conceptos: rostro, mirada y máscara.

El rostro es lo que vemos en la experiencia diurna, lo que nos revela la realidad del mundo terrenal.

La mirada es la manifestación de la ontología.

Usando categorías bíblicas más familiares, podríamos decir que el rostro es la imagen y la mirada es la semejanza con Dios hecha presente en el rostro.

Cuando el rostro se transfigura en mirada, anuncia los misterios del mundo invisible, sin palabras, con su mismo aspecto.

La máscara o larva es la plena contraposición a la mirada. Es algo que tiene cierta semejanza con el rostro, que se presenta como rostro, que se hace pasar por rostro, y es tomado por tal, que, sin embargo, en su interior está vacío, sea en sentido material, físico, sea en cuanto a su sustancia metafísica.

Cuando el pecado se apodera de la persona, el rostro deja de ser la ventana desde la cual se vierte la luz de Dios; el rostro se separa de su principio creador, pierde vida y se endurece en una máscara dominada por la pasión.

Al contrario, la sublime ascensión espiritual enciende en el rostro una mirada luminosa, eliminando todas las tinieblas.

Hay un pasaje evangélico, al que hace referencia Florenskij, que llama particularmente la atención del misionólogo. Allá donde comenta Mt 5, 16: “Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos”. Comenta Florenskij:

“‘Vuestras buenas obras’ no quiere decir absolutamente ‘buenas obras’ en sentido filantrópico y moralista, quiere decir ‘obras hermosas’, revelaciones luminosas y armoniosas de la personalidad espiritual – sobre todo, un rostro luminoso, bello, de una belleza por la que se esparce al exterior la luz interior del hombre, y entonces, vencidos por la fuerza irresistible de esta luz, los hombres alaban al Padre celestial, cuya imagen en la tierra así ha resplandecido”[1].

¡Esto nos hace pensar! Estamos acostumbrados a leer la historia de la fundación de la Iglesia, de las Iglesias particulares, de los grandes movimientos religiosos, de tantas familias religiosas en una óptica especulativa. Sería interesante obrar una relectura en la óptica de una belleza que atrae y que hace correr en pos de ella.

Una belleza en la que el velo kenótico (anonadador) echado sobre ella no hace olvidar el salmo que canta: “Tú eres el más hermoso entre los hombres” (Sal 44, 3).

Nuestra mentalidad racional busca las motivaciones y las razones válidas de una elección. Una “mentalidad icónica” mira a la humanidad con una mirada luminosa y así crea una realidad nueva.

Una Iglesia no nace si nosotros somos “larvas”, y tampoco si nos quedamos en el plano del rostro. Una Iglesia nace de la mirada de aquellos que no son fantasmas de la tierra, todo lo contrario de abstractos, todo lo contrario de exangües, pero no se agotan en esta tierra, son ideas[2] vivas, ideas del mundo invisible.

En la vida de Antonio, en los orígenes del monaquismo, leemos cómo su mirada, la manifestación de su ser, ejercía una fascinación y creaba un nuevo mundo.

“Muchos, en efecto, solamente viendo su manera de vivir trataban de emularlo”[3].

“También los paganos y entre estos los que ellos llaman sacerdotes, venían a la iglesia, preguntando y diciendo: ‘Queremos ver al hombre de Dios’”[4].

“¡Cuántas muchachas ya novias, solo por haberlo visto al otro lado del río, quedaron vírgenes en Cristo!”[5].

“El rostro de Antonio estaba lleno de gracia. Había recibido del Salvador también este don singular: si estaba junto con muchos ermitaños, y alguno de ellos que no lo había visto nunca quería verlo, este enseguida se descuidaba de los demás y corría hacia él, atraído por su rostro y por su figura. Se distinguía de los demás no porque fuera más alto o más robusto, sino que hacían este efecto la seriedad de sus costumbres, la firmeza y la pureza de su alma. Ya que su alma era quieta, también su aspecto visible quedaba sin turbaciones, de modo que la alegría y el gozo del alma aparecían en su rostro, y los movimientos del cuerpo dejaban sentir y comprender la estabilidad del alma, como está escrito: ‘Cuando el corazón goza, el rostro está alegre. En cambio, cuando está triste, también el rostro está melancólico’”[6].

El iconostasio es la pantalla que distingue los dos mundos. El iconostasio es la visión. El iconostasio son los santos.

El iconostasio material no substituye el iconostasio de testigos vivientes y no hace sus veces, sino que es solamente una alusión a ellos, para que la atención de los orantes esté concentrada en ellos.

La pintura de iconos es la roca de las figuras celestiales, el baluarte de tablas ahumadas que rodea el santuario de una multitud viviente de testigos. Los iconos marcan materialmente estas penetrantes y memorables miradas, estas ideas suprasensibles y hacen casi públicas las visiones inaccesibles. Los testigos, por medio de estos testigos que son los pintores de iconos, nos ofrecen las imágenes de sus visiones. Los iconos, por medio de su forma artística, testimonian inmediata y gráficamente la realidad de estas formas.

“Entre todas las demostraciones filosóficas de la existencia de Dios, suena como la más persuasiva aquella de la que no se hace mención en los manuales; se puede formular con el silogismo: ‘Existe la Trinidad de Rublev, luego Dios existe’”[7].

Emilio Grasso

(Continúa)

 

 

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[1] P.A. Florenskij, Le porte…, 50.

[2] En griego “mirada” se dice “idea”. Cf. P. Florenskij, Le porte..., 44

[3] Vita di Antonio. A cargo de C. Mohrmann, Fondazione Valla-Mondadori, Milano 1974, 97.

[4] Vita di Antonio..., 137.

[5] Vita di Antonio..., 167.

[6] Vita di Antonio..., 133.

[7] P.A. Florenskij, Le porte..., 64.

 

 

 

02/10/2022

 

Categoría: Artículos