El Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable

Tercera parte

 

El cristianismo es espiritual, pero no invisible

Esta teología del icono induce al misionólogo a reflexionar más profundamente sobre el misterio de Cristo y de la Iglesia, en orden al testimonio-anuncio de este mismo misterio. Se tendría que explorar totalmente el discurso sobre la misión, a la luz de la “mirada que se muestra”.

Escribía Teófanes el Recluso:

“El cristianismo es espiritual en su aspecto superior porque su esencia es la gracia; pero no es invisible. Así los verdaderos cristianos son espirituales... Sin embargo, ellos no son sin carne; aunque espirituales y de la manera más alta, ellos no pueden no actuar corporalmente”[1].

El camino del icono nos remite al principio de la encarnación, encarnación que ha llegado hasta lo profundo de la materia. Para Juan Damasceno,

“la materia no es el margen extremo y más bajo de la lejanía de Dios, como en el neoplatonismo. No es lo más lejano del espíritu y, por eso, lo más falto de salvación. Se debe decir, más bien, que la entera economía de la salvación se encuentra siempre mediada por el elemento material. Así, la materia no es un obstáculo en el camino hacia Dios, sino que se vuelve lugar de la mediación de la salvación, en virtud de su inclusión en el misterio de Cristo”[2].

Este camino nos pone en alerta para que no nos reduzcamos a “monos de Dios”, realidad aparente a la que le faltan la fuerza y el ser[3].

Si es verdad que el camino del icono debe hacernos “pasar del tipo al Prototipo y de este alArquetipo”[4], queda igualmente verdad que este es el camino a través del cual los hombres pueden llegar a la Trinidad.

Podemos concluir diciendo que en cada misión tendría que llegar la Trinidad de Rublev, para que los hombres puedan decir: “Dios existe”. Pero ¿cómo hacerla llegar?

El ponerse la pregunta es ya volver a caer en la mentalidad eficientista y utilitarista. Es olvidarse de que Rublev pudo pintar el icono de la Trinidad solo porque se movió en la luz de san Sergio de Radonez, quien “en la memoria del puebloNoi non amiamo shutterstock 1896942394 ruso permanece el protector celestial, el consolador y la expresión misma del misterio trinitario, de su Luz y de su Unidad”[5].

La Trinidad de Rublev llegará a cada país lejano, si llegará el hombre que anunciará con su mirada:

“Que ningún hombre, ninguna criatura

nada en el cielo y sobre la tierra

te adore nunca:

que nadie te conozca o te admire,

que nadie te sirva, te ame.

Alumbrado por el Espíritu,

bautizado en el fuego,

quienquiera que tú seas: monje, virgen, sacerdote,

tú eres trono de Dios,

eres la morada, eres el instrumento,

eres la luz de la Divinidad.

Tú eres Dios.

Eres Dios... Dios... Dios...

Dios en el Padre, Dios en el Hijo;

Dios en el Espíritu Santo;

eres Dios... Dios... Dios...”[6]

Emilio Grasso

 

 

“Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al ‘camino de la belleza’. Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es solo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de fomentar un relativismo estético, que pueda oscurecer el lazo inseparable entre verdad, bondad y belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello, el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Entonces se vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis esté inserta en la transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo ‘lenguaje parabólico’. Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros”.

(Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 167)

 

 

“La via pulchritudinis, el camino de la belleza, es una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios. ¿Qué es la belleza, que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del resplandor del Verbo eterno hecho carne? Afirma san Agustín: ‘Pregunta a la belleza de la tierra, pregunta a la belleza del mar, pregunta a la belleza del aire dilatado y difuso, pregunta a la belleza del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con su fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor, modera la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire; a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y a los invisibles, que los gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: ‘Contempla nuestra belleza’. Su belleza es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la Belleza inmutable?”.

(Benedicto XVI, Audiencia general, 18 de noviembre de 2009)

 

 

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[1] Cit. en T. Špidlík, La Spiritualité de l’Orient Chrétien. Manuel systématique, Pontificium Institutum Orientalium Studiorum (Orientalia Christiana Analecta 206), Roma 1978, 114.

[2] Cit. en C. Schönborn, L’icona di Cristo. Fondamenti teologici, Paoline, Cinisello Balsamo (MI) 1988, 173.

[3] Cf. P.A. Florenskij, Le porte..., 47.

[4] T. Špidlík, L’icône..., 552.

[5] P.N. Evdokímov, Teologia della bellezza..., 232.

[6] Cantico di S. Sergio di Radonez, en D. Barsotti, La Legge è l’Amore, Morcelliana, Brescia 1973, 201-202.

 

 

07/10/2022