El 7 de julio de 2009 salió una Exhortación de los Obispos del Paraguay, ante el avance del contagio de la influenza A H1N1.

Para evitar el contagio, los Obispos se limitan a repetir las recomendaciones del Ministerio de Salud Pública. Al final, añaden que seguir estas recomendaciones "es un ejercicio de responsabilidad y manifestación de solidaridad íntegra con respecto a la salud y a la vida de las personas".

Estas recomendaciones son importantes: nuestro Dios es el Dios de la vida y no de la muerte, y el cuidado del cuerpo es algo que no puede ser ignorado en el anuncio del mensaje evangélico. Nuestra religión la podemos definir también la religión del cuerpo: la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, es, para nosotros los católicos, el cuerpo de Cristo. La Iglesia – según la clásica afirmación de Bossuet – es Jesucristo que se expande y se comunica, es Jesucristo en su totalidad, Jesucristo hombre perfecto, Jesucristo en su plenitud. María es la tierra de Dios, la Mujer que, entregándose completamente a la Palabra de Dios, le permitió hacerse carne en su cuerpo virginal.

La medida de nuestra fe es el amor al cuerpo de los hombres, como proclama el Evangelio según san Mateo en el discurso de Jesús sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46).

Por eso, me ha parecido importante que los Obispos del Paraguay hayan recomendado estas medidas de estricta higiene.

A este punto, nace la pregunta: ¿Por qué hablo de una ocasión perdida?

¿No conocen la idiosincrasia paraguaya?

Firmando el documento en cuestión, los Obispos del Paraguay debían tener presente la tan decantada idiosincrasia paraguaya.

En el Diccionario de Uso del español de América y España de la Editorial Vox, bajo la palabra idiosincrasia leemos:

"Modo de ser que es característico de una persona o cosa y la distingue de las demás: ejemplo, la idiosincrasia de los pueblos del Caribe es muy distinta a la de los del norte de Europa".

Probablemente, el Ministerio de Salud Pública ha repetido mecánicamente algo redactado por la Organización Mundial de la Salud; algo que vale para Bélgica como para el Paraguay.

No se ha tenido presente algo muy importante en la idiosincrasia paraguaya: la práctica del mate y/o del tereré, en su historia, sentido antropológico-cultural y significado en nuestro tiempo.

¿Cómo se puede evangelizar a un pueblo si no se conoce su idiosincrasia?

Ahora bien, en el Paraguay, como en otros países de América Latina, está muy difundido el tan común uso compartido del mate utilizando la bombilla. Esto implica inevitablemente el intercambio de saliva entre todos los participantes.

Este efecto se produce prácticamente siempre y no podemos hacer nada para impedirlo.

Además, la obstrucción parcial de la bombilla – muy frecuente – aumenta el repulsivo y para nada recomendable intercambio involuntario de fluidos, y la espantosa costumbre de muchas personas de "limpiar" el pico de la bombilla con los dedos.

Es por eso por lo que, un día antes de la publicación de la Exhortación de los Obispos del Paraguay, en Argentina, el Instituto Nacional de Yerba Mate (INYM), sumándose a la campaña nacional de prevención de la influenza A H1N1 (gripe porcina), ha insistido en "comenzar a tomar mate en forma individual e higienizar el mate y la bombilla".

A propósito de esto, se dan disposiciones concretas: "Calentar bien el agua que se va a utilizar (unos 72 grados centígrados), mantener bien limpio el equipo de mate (lavar principalmente la bombilla con abundante agua) y beber en forma individual".

Quienes no conocen los elementos fundamentales de la transmisión de ciertas enfermedades por medio de la saliva (y no solo la influenza A H1N1 se transmite a través de la saliva), sería mejor que estudien el problema o se callen. Como decía Ludwig Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus: "De lo que no se puede hablar, hay que callar".

Pero con aquel "puede", Wittgenstein se refiere a realidades metafísicas, no a la bombilla y a la transmisión de varias enfermedades. Del bacilo de Koch, por ejemplo, diría Wittgenstein que se puede y se debe hablar.

Anunciar el Evangelio, sin miedo

Además, existe otro problema que la Exhortación de los Obispos del Paraguay plantea.

Es el de la relación entre la idiosincrasia de un pueblo y el mensaje evangélico.

Pablo VI lo planteó en su fundamental Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, allá donde escribe:

"Transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación" (n.º 19).

Si se quiere evangelizar a un pueblo – y evangelizar quiere decir hablar a todo el hombre en su unidad integral y no a un espíritu desencarnado y sin cultura –, se debe tener el coraje de romper el círculo vicioso de una cultura que trasmite muerte (de A H1N1 se puede morir y sobre todo mueren los más pobres e indefensos) y no comunica la vida.

Nuestro Dios – es oportuno repetirlo – es el Dios de la vida y no de la muerte.

Si tenemos miedo de hablar y de decir la palabra de amor en la verdad de Dios, traicionamos a Dios y a los más pobres.

Existe el problema de una emergencia educativa con el cual debemos enfrentarnos. Y si esto molesta al muchachito que se siente ofendido en sus costumbres de muerte, es bueno que el muchachito tenga el coraje de renunciar a su profesión, ganando su sueldo de otra manera.

Para hablar con credibilidad debemos empezar por nosotros mismos. Decía Pablo VI:

"El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio" (Evangelii nuntiandi, 41).

El hombre moderno y posmoderno, sobre todo los niños y los jóvenes, más que escuchar ven y, si ven, imitan. Las palabras, cualquier palabra, sin el hecho son ciegas. Como es mudo el hecho, sin la palabra.

Yo sé (¡y cuántas veces lo he experimentado personalmente!) que este discurso molesta. El problema, sin embargo, no es si molesta o no. El problema es otro: ¿Es o no es la verdad? Y el Logos, razón creadora e interpretativa de toda la realidad, está presente también en la bombilla del tereré y en la saliva de los pobres.

Si no sabemos partir de las cosas más simples y pequeñas, todo nuestro discurso entra en un callejón sin salida que conduce al fracaso.

Y de este fracaso cada uno deberá responder frente a Dios, en el día del juicio final.

No es el consenso y el aplauso del mundo lo que debemos seguir, sino la Verdad del Logos.

Emilio Grasso

 

 

 

06/08/09